– Lo único que puedo decir es que desearía hacerla feliz a usted.
Ella lo miró con severidad.
– Tu primo Robert no llegó a casarse. A ninguno nos sorprende, en su caso. Confío en que no se trate de un problema de esa naturaleza…
Walter se sintió azorado por la alusión a la homosexualidad de Robert.
– ¡Oh, madre, por favor! Sé perfectamente a qué se refiere, y yo no soy como Robert en ese aspecto, de modo que tranquilícese.
Ella apartó la mirada.
– Siento haberlo mencionado. Pero ¿de qué se trata, entonces? ¡Tienes treinta años!
– No es fácil encontrar a la mujer adecuada.
– No exageres.
– Estoy buscando a alguien como usted.
– Y ahora me tomas el pelo… – le espetó, enojada.
Walter oyó una voz masculina fuera del salón. Instantes después, su padre, uniformado, entró frotándose las manos.
– Sigue nevando – dijo. Besó a su esposa y saludó con la cabeza a Walter -. ¿Ha ido bien la fiesta? Me ha sido imposible venir. Toda la tarde de reuniones…
– Ha sido fantástica – contestó Walter -. Madre ha hecho aparecer unos aperitivos deliciosos de la nada, y el Perrier-Jouët, soberbio.
– ¿De qué cosecha era?
– De 1899.
– Deberías haber sacado el de 1892.
– No queda mucho.
– Ah.
– He mantenido una conversación interesante con Gus Dewar.
– Lo recuerdo… El chico norteamericano cuyo padre es una figura muy cercana al presidente Wilson.
– Ahora el hijo lo es incluso más. Gus está trabajando en la Casa Blanca.
– ¿Y qué ha dicho?
La madre se puso en pie.
– Os dejo que habléis – dijo.
Los dos se levantaron.
– Por favor, piensa en lo que te he dicho, Walter, querido – le pidió mientras salía.
Momentos después, el mayordomo entró con una bandeja en la que llevaba una generosa copa de un coñac de color marrón dorado. Otto cogió la copa.
– ¿Te apetece una? – preguntó a Walter.
– No, gracias. He bebido mucho champán.
Otto se tomó el coñac y estiró las piernas hacia el hogar.
– Así que el joven Dewar ha venido… ¿con alguna clase de mensaje?
– Es absolutamente confidencial.
– Por supuesto.
Walter no conseguía sentir mucho afecto por su padre. Sus desavenencias eran demasiado viscerales, y la intransigencia de Otto era excesivamente férrea. Era un hombre estrecho de miras, anticuado y que no atendía a la razón, y persistía en estos defectos con una especie de alegre obstinación que a Walter le resultaba repulsiva. La consecuencia de su estupidez, y de la estupidez de su generación en todos los países europeos, era la matanza del Somme. Walter no podía perdonar eso.
Con todo, se dirigió a él con voz templada y actitud cordial. Quería que aquella conversación fuese lo más amistosa y razonable posible.
– El presidente de Estados Unidos no quiere verse arrastrado a la guerra – empezó a explicarle.
– Bien.
– De hecho, le gustaría que propusiéramos la paz.
– ¡Ja! – Fue un grito escarnecedor -. ¡La vía fácil para vencernos! ¡Qué cara dura tiene ese hombre!
Walter se sintió consternado con su inmediato desdén, pero insistió, escogiendo sus palabras con cuidado.
– Nuestros enemigos sostienen que fueron el militarismo y la agresividad alemanas lo que provocó esta guerra, pero obviamente no es así.
– Ciertamente, no – convino Otto -. Nos vimos amenazados por la movilización rusa en nuestra frontera oriental y la de Francia en la occidental. El Plan Schlieffen fue la única solución posible. – Como era habitual, Otto hablaba como si Walter aún tuviera doce años.
Walter replicó pacientemente:
– Exacto. Recuerdo que dijo que para nosotros era una guerra defensiva, una respuesta a una amenaza intolerable. Tuvimos que protegernos.
Si Otto se sorprendió al oír a Walter repitiendo los tópicos para justificar la guerra, no dio muestra de ello.
– Correcto – dijo.
– Y es lo que hemos hecho – añadió Walter, jugando su baza -. Ahora hemos logrado nuestros propósitos.
Su padre estaba perplejo.
– ¿A qué te refieres?
– Hemos zanjado la amenaza. El ejército ruso está destruido, y el régimen del zar se tambalea al borde del colapso. Hemos conquistado Bélgica, invadido Francia, y combatido a los franceses y a sus aliados británicos hasta quedar en este punto muerto. Hemos hecho lo que nos propusimos hacer. Hemos protegido Alemania.
– Un triunfo.
– Entonces, ¿qué más queremos?
– ¡La victoria absoluta!
Walter se inclinó hacia delante, mirando fijamente a su padre.
– ¿Por qué?
– ¡Nuestros enemigos deben pagar por sus agresiones! ¡Debe haber reparaciones, quizá ajustes de fronteras, concesiones coloniales!
– Esos no eran nuestros objetivos iniciales.
Otto no cedía ni un ápice de su postura.
– No, pero ahora que hemos invertido tanto esfuerzo y dinero, y las vidas de tantos alemanes jóvenes y brillantes, debemos recibir algo a cambio.
Era un argumento endeble, pero Walter sabía que no era conveniente intentar hacer cambiar de opinión a su padre. Aun así, había insistido en que los objetivos bélicos de Alemania se habían alcanzado. En ese momento decidió cambiar de tercio:
– ¿Está seguro de que la victoria absoluta es factible?
– ¡Sí!
– En febrero lanzamos un asalto a gran escala contra el bastión francés de Verdún. Fracasamos. Los rusos nos atacaron en el este, y los británicos invirtieron todos sus recursos en la ofensiva del río Somme. Ninguno de esos tremendos esfuerzos por parte de ambos bandos ha conseguido poner fin al punto muerto – dijo, y aguardó la respuesta.
A regañadientes, Otto contestó:
– De momento, no.
– De hecho, nuestro propio alto mando lo ha reconocido. Desde agosto, cuando Von Falkenhayn fue destituido y Ludendorff fue nombrado jefe del Estado Mayor, cambiamos de táctica, del ataque a la defensa en profundidad. ¿Cómo cree que la defensa en profundidad nos llevará a la victoria absoluta?
– ¡Guerra submarina sin restricciones! – contestó Otto -. Los aliados se mantienen gracias a los suministros procedentes de Estados Unidos, mientras que nuestros puertos están bloqueados por la Royal Navy. Tenemos que cortar ese cordón umbilical; entonces se rendirán.
Walter no había querido llegar a eso, pero ya que había comenzado tenía que seguir. Apretando las mandíbulas y, con la voz templada, dijo:
– Eso sin duda arrastraría a Estados Unidos a la guerra.
– ¿Sabes cuántos hombres componen el ejército de Estados Unidos? – replicó su padre.
– Solo unos cien mil, pero…
– Correcto. ¡Ni siquiera son capaces de pacificar México! No suponen una amenaza para nosotros.
Otto nunca había ido a Estados Unidos. Pocos hombres de su generación lo habían hecho. Sencillamente, no sabían de lo que hablaban.
– Estados Unidos es un país grande y rico – dijo Walter, que, pese a bullir de frustración, mantenía un tono coloquial para tratar de seguir fingiendo una discusión amistosa -. Puede aumentar sus tropas.
– Pero no de inmediato. Tardará al menos un año en hacerlo. Para entonces, los británicos y los franceses se habrán rendido.
Walter asintió.
– Ya hemos tenido esta discusión, padre – dijo con voz conciliadora -. Al igual que todos los expertos en estrategia militar. Ambos bandos tienen sus argumentos.
Difícilmente podía Otto negar eso, de modo que se limitó a emitir un gruñido reprobatorio.
– En cualquier caso, no está en mis manos decidir la respuesta de Alemania al acercamiento informal de Washington – afirmó Walter.
Otto captó la indirecta.
– Ni en las mías, por descontado.
– Wilson dice que si Alemania escribe formalmente a los aliados proponiendo conversaciones de paz, respaldará públicamente la propuesta. Supongo que es nuestro deber transmitir este mensaje a nuestro soberano.
– Por supuesto – convino Otto -. El káiser deberá decidir.