El trabajo era duro, pero ya estaban acostumbrados. No se quejaban del dolor de espalda y las articulaciones, como hacían los mineros más viejos. Transpiraban energía por los cuatro costados, y en sus días libres también se dedicaban a actividades igual de agotadoras, como jugar a rugby, cavar parterres o incluso boxear a puño limpio en el granero que había detrás del pub Two Crowns.
Billy no había olvidado su iniciación tres años antes y, de hecho, aún bullía de indignación cada vez que recordaba aquel día. Había jurado entonces que jamás maltrataría a los chicos nuevos. Ese mismo día, sin ir más lejos, le había advertido al pequeño Bert Morgan: «No te extrañe si los hombres te gastan alguna jugarreta. Puede que te dejen a oscuras durante una hora o alguna tontería parecida. A las mentes obtusas solo se les ocurren mezquindades». Los mineros mayores de la jaula lo fulminaron con la mirada, pero él se la sostuvo: sabía que tenía razón, y ellos también.
En aquella ocasión, tras la novatada sufrida por Billy, su madre se había puesto aún más furiosa que él.
– Dime – le dijo al padre del chico, de pie en medio de la sala de estar con los brazos en jarras y los ojos negros enfebrecidos ante la injusticia -, ¿cómo se sirve a la voluntad de Dios torturando a unos chiquillos?
– Tú no lo entiendes. Eres una mujer – le había contestado, una respuesta nada propia de él.
Billy pensaba que el mundo en general, y la mina de Aberowen en particular, serían mejores lugares si todos los hombres llevasen una vida temerosa de Dios. Tommy, cuyo padre era ateo y discípulo de Karl Marx, creía que el sistema capitalista no tardaría en destruirse a sí mismo, con algo de ayuda de una clase obrera revolucionaria. Los dos chicos siempre acababan discutiendo acaloradamente, pero seguían siendo muy amigos.
– No es propio de ti trabajar un domingo – dijo Tommy.
Era verdad. En la mina se estaban haciendo turnos extraordinarios para poder hacer frente a la demanda de carbón pero, por deferencia a la religión, la compañía Celtic Minerals había convertido en optativos los turnos dominicales. Sin embargo, Billy estaba trabajando pese a su devoción al día de descanso religioso.
– Creo que el Señor quiere que tenga una bicicleta – dijo.
Tommy se echó a reír, pero Billy no bromeaba. La Iglesia de Bethesda había abierto un templo hermano en una aldea a dieciséis kilómetros de distancia, y Billy era uno de los miembros de la congregación de Aberowen que se había ofrecido voluntario para atravesar la montaña cada dos domingos para impulsar el nuevo templo. Si tuviese una bicicleta, podría ir también las noches de entre semana y ayudar a organizar clases de Biblia o asambleas de oración. Había discutido aquel plan con los miembros del consejo del templo y todos habían acordado de manera unánime que el Señor aprobaría que Billy trabajase el día de descanso dominical durante unas pocas semanas.
Billy estaba a punto de explicarle aquello a su amigo cuando el suelo empezó a temblar, se oyó un estrépito ensordecedor, como si fuese el fin del mundo, y un viento huracanado le arrancó la botella de té de las manos.
Fue como si se le parara el corazón. Recordó de pronto que estaba a un kilómetro bajo tierra, con millones de toneladas de roca y estratos minerales encima de su cabeza, sostenidas tan solo por unos pocos puntales de madera.
– ¿Se puede saber qué cuernos ha sido eso? – preguntó Tommy con voz asustada.
Billy se levantó de un salto, temblando de miedo. Alzó la lámpara y miró a uno y otro lado de la galería. No vio ninguna llama, ni desprendimientos de tierra, ni siquiera más polvo del habitual. Cuando cesaron las reverberaciones, no se oía ningún ruido.
– Ha sido una explosión – dijo con voz trémula.
Era la pesadilla de todo minero, su mayor miedo. Cualquier desprendimiento de una roca podía provocar la súbita emisión de grisú, o incluso un minero que estuviese golpeando con el pico la grieta de un filón. Si nadie percibía las señales de advertencia, o sencillamente, si la concentración se incrementaba con demasiada rapidez, el gas inflamable podía prender fuego con la chispa de la pezuña de un poni, o con el timbre eléctrico de una jaula, o por culpa de algún minero estúpido que, infringiendo el reglamento de seguridad, decidiese encender su pipa.
– Pero ¿dónde? – inquirió Tommy.
– Debe de ser abajo, en el nivel principal… por eso nos hemos librado.
– Que Dios nos asista.
– Lo hará – dijo Billy, y el terror que sentía empezó a ceder -. Sobre todo si nos ayudamos a nosotros mismos. – No había ni rastro de los dos mineros para los que los muchachos habían estado trabajando, quienes se habían ido a disfrutar de su tiempo de descanso a la sección de Goodwood. Ahora les correspondía a Billy y a Tommy tomar sus propias decisiones -. Será mejor que vayamos al pozo.
Se vistieron, se engancharon las lámparas a los cinturones y corrieron al pozo ascendente, llamado Píramo. El embarcador de turno, a cargo del funcionamiento de la jaula, era Dai Chuletas.
– ¡La jaula no sube! – exclamó, presa del pánico -. ¡Estoy llamándola y llamándola sin parar!
El miedo de aquel hombre era contagioso, y Billy tuvo que hacer un gran esfuerzo por dominar su propio pánico. Al cabo de un momento, preguntó:
– ¿Qué hay del teléfono? – El operario se comunicaba con su compañero en la superficie a través de las señales de un timbre eléctrico, pero hacía poco tiempo que habían instalado aparatos de teléfono en ambos niveles, conectados con el despacho del capataz de la mina, Maldwyn Morgan.
– No contestan – dijo Dai.
– Volveré a intentarlo. – El teléfono estaba acoplado a la pared que había junto a la jaula. Billy lo descolgó y accionó la manivela -. ¡Vamos, vamos!
Respondió una voz temblorosa.
– ¿Diga? – Era Arthur Llewellyn, el secretario del capataz.
– ¡Manchas, soy Billy Williams! – gritó Billy al aparato -. ¿Dónde está el señor Morgan?
– No está aquí. ¿Qué ha sido ese estruendo?
– ¡Una explosión en la mina, idiota! ¿Dónde está el jefe?
– Se ha ido a Merthyr – contestó el Manchas lastimeramente.
– Pero ¿por qué se ha ido…? Bueno, no importa, olvídalo. Te diré lo que tienes que hacer. ¿Me estás escuchando?
– Sí. – Ahora la voz sonaba más fuerte.
– En primer lugar, envía a alguien a la iglesia metodista y dile a Dai el Llorica que reúna a su cuadrilla de rescate.
– De acuerdo.
– Luego telefonea al hospital y diles que envíen una ambulancia a la bocamina.
– ¿Hay alguien herido?
– Seguro que sí, con una explosión como esa… Tercero, que todos los hombres vayan al cobertizo de limpieza del carbón para sacar mangueras para el fuego.
– ¿Fuego?
– El polvo estará en llamas. Cuarto, llama a la comisaría de policía y dile a Geraint que ha habido una explosión. Él telefoneará a Cardiff. – A Billy no se le ocurría nada más -. ¿De acuerdo?
– De acuerdo, Billy.
Billy colgó el aparato. No estaba seguro de lo eficaces que serían sus instrucciones, pero hablar con Llewellyn le había servido para serenarse y poder pensar con claridad.
– Habrá heridos en el nivel principal – le dijo a Dai Chuletas -. Tenemos que bajar ahí.
– No podemos – repuso Dai -. La jaula no está aquí.
– Hay una escalera en la pared del pozo, ¿no?
– ¡Pero si son doscientos metros!
– Bueno, es que si fuese un cobardica no me habría hecho minero, ¿no crees? – Hablaba con valentía, aunque en el fondo estaba asustado.
La escalera del pozo no se usaba casi nunca, por lo que podía estar en muy malas condiciones. Un resbalón o un travesaño roto podía hacer que cayese al vacío y se matase.