Maud correspondía a los sentimientos de Walter, pero estaban en minoría. Para gran parte de la alta sociedad londinense, la ópera no era más que otra oportunidad para lucir ropa y joyas. Sin embargo, incluso esa gente guardó silencio hacia el final del primer acto, cuando Don Giovanni amenazó con matar a Leporello, y la percusión y los bajos dobles atronaron en el teatro. Entonces, con su característica indiferencia, Don Giovanni liberó a Leporello y se fue alegremente, desafiando a todo el mundo a que lo detuviera; y bajó el telón.
Walter se puso en pie de inmediato, miró hacia el palco y saludó con la mano. Fitz le devolvió el saludo.
– Ese es Von Ulrich – le dijo a Bing -. Todos esos alemanes están muy ufanos porque han dejado en ridículo a los estadounidenses en México.
Bing era un crápula pícaro y con el pelo rizado, pariente lejano de la familia real. Sabía poco de cuestiones internacionales y sus principales intereses eran jugar y beber en las mejores capitales europeas. Frunció el entrecejo y preguntó, desconcertado:
– ¿Y a los alemanes qué les importa México?
– Buena pregunta – dijo Fitz -. Si creen que pueden conseguir colonias en Sudamérica, se engañan… Estados Unidos jamás lo permitirá.
Maud salió del palco y bajó por la imponente escalinata, asintiendo y sonriendo a los conocidos. Sabía algo que también sabía la mitad de la gente que había allí: la sociedad londinense era un círculo sorprendentemente pequeño. En el rellano, enmoquetado de rojo, encontró un grupo de personas que rodeaban la figura pulcra y delgada de David Lloyd George, el canciller del Exchequer.
– Buenas noches, lady Maud – dijo, con el brillo que aparecía en sus ojos azul intenso cuando hablaba con una mujer atractiva -. He oído que la fiesta de su casa real fue muy bien. – Tenía el acento nasal de Gales del Norte, menos musical que la cadencia de los habitantes del sur -. Por cierto, qué tragedia la explosión de la mina de Aberowen.
– A las familias de los fallecidos les consoló mucho el mensaje de condolencia del rey – dijo Maud. En el grupo había una mujer atractiva de unos veinte años. Maud la saludó -: Buenas noches, señorita Stevenson, qué alegría verla de nuevo. – La secretaria política y amante de Lloyd George era una rebelde, y Maud se sentía atraída por ella. Además, un hombre siempre se mostraba agradecido con la gente que era cortés con su amante.
Lloyd George se dirigió al grupo.
– Esos barcos alemanes acabaron entregando las armas a México. Tan solo atracaron en otro puerto y descargaron sin problemas. De modo que han muerto diecinueve soldados estadounidenses en vano. Es una gran humillación para Woodrow Wilson.
Maud sonrió y le tocó el brazo a Lloyd George.
– ¿Le importaría explicarme una cosa, canciller?
– Si puedo, querida – dijo con indulgencia.
Maud sabía que a la mayoría de los hombres les encantaba que una mujer, sobre todo si era joven y atractiva, les pidiera que le explicara algo.
– ¿Por qué es tan importante lo que sucede en México?
– El petróleo, querida señora, el petróleo – repitió Lloyd George.
Alguien le preguntó algo y el canciller se volvió.
Maud vio a Walter. Se encontraron a los pies de la escalinata. Él se inclinó sobre su mano enguantada, y ella tuvo que resistirse a la tentación de tocarle su pelo rubio. Su amor por Walter había despertado en su interior como un león aletargado, ávido de deseo físico, un animal que era acicateado y atormentado por los besos robados y los roces furtivos.
– ¿Está disfrutando de la ópera, lady Maud? – le preguntó Walter cortésmente, pero sus ojos de color avellana decían «me gustaría estar a solas contigo».
– Mucho. Don Giovanni tiene una voz maravillosa.
– En mi opinión el director de orquesta sigue un tempo demasiado elevado.
Walter era la única persona que conocía que se tomaba la música tan en serio como ella.
– No estoy de acuerdo – replicó -. Es una comedia, de modo que las melodías deben fluir ágilmente.
– Pero no es tan solo una comedia.
– Es cierto.
– Quizá reduzca un poco el tempo cuando las cosas se pongan feas en el segundo acto.
– Parece que habéis ganado una especie de batalla diplomática en México – dijo Maud, cambiando de tema.
– Mi padre está… – tuvo que pensar para encontrar la palabra adecuada, algo poco habitual en él -… exultante – dijo tras una pausa.
– ¿Y tú no?
Arrugó el entrecejo.
– Me preocupa que el presidente estadounidense quiera devolvérnosla algún día.
En ese momento Fitz pasó a su lado y dijo:
– Hola, Von Ulrich, ¿por qué no nos acompañas a nuestro palco? Tenemos un asiento libre.
– ¡Será un placer! – dijo Walter.
Maud estaba encantada. Fitz solo intentaba ser hospitalario: no sabía que su hermana estaba enamorada de Walter. Tendría que ponerlo al corriente dentro de poco. Sin embargo, no estaba convencida de cómo asimilaría la noticia. Sus países estaban enfrentados, y aunque Fitz consideraba a Walter su amigo, de ahí a recibirlo con los brazos abiertos como cuñado iba un trecho.
Walter y ella subieron la escalinata y recorrieron el pasillo. La hilera trasera del palco de Fitz solo tenía dos asientos y un ángulo de visión muy malo. Maud y Walter ocuparon esos asientos sin pensarlo.
Al cabo de unos minutos, se apagaron las luces. En la penumbra, Maud se imaginó a solas con Walter. El segundo acto empezó con el dueto entre Don Giovanni y Leporello. A Maud le gustaba el modo en que Mozart hacía cantar juntos a amos y criados, mostrando las complejas e íntimas relaciones entre las clases altas y bajas. Muchos dramas solo reflejaban la vida de las clases altas, y representaban a los sirvientes como si fueran una parte más del mobiliario, tal y como deseaba mucha gente.
Bea y la duquesa regresaron al palco durante el trío «Ah! Taci, ingiusto core». Todo el mundo parecía haber agotado los temas de conversación, ya que apenas se oía hablar a la gente. Nadie hablaba con Maud ni Walter, ni tan siquiera los miraba, y Maud se preguntó, presa de la excitación, si podría aprovecharse del entorno y el momento. Con la confianza que da la audacia, estiró el brazo y le agarró la mano a Walter con disimulo. Él sonrió, y le acarició los dedos con la yema del pulgar. Maud se moría por besarlo, pero hacerlo sería una imprudencia.
Cuando Zerlina cantó su aria «Vedrai, cariño», en un romántico compás de tres por ocho, un impulso irresistible tentó a Maud y, cuando Zerlina se llevó la mano de Masetto a su corazón, Maud se puso la de Walter en el pecho. El joven agregado alemán dio un grito ahogado involuntario, pero nadie lo oyó porque Masetto estaba haciendo un ruido similar, tras ser derribado por Don Giovanni.
Maud le dio la vuelta a la mano para que pudiera sentir su pezón con la palma. A Walter le enloquecían sus pechos, y se los tocaba siempre que podía, lo cual sucedía pocas veces. Ella deseaba que fuera más a menudo: le encantaba. Aquello fue otro descubrimiento. Otras personas se los habían acariciado (un médico, un cura anglicano, una chica mayor en la clase de baile, un hombre en una multitud), y a ella le molestaba y, al mismo tiempo, halagaba el mero pensamiento de que fuera capaz de despertar la lujuria de la gente, pero hasta entonces jamás lo había disfrutado. Miró a Walter a la cara y vio que tenía la vista fija en el escenario, pero unas gotas de sudor brillaban en su frente. Maud se preguntó si estaba mal excitarlo de aquel modo, cuando no podía proporcionarle mayor satisfacción; pero él no hizo el menor ademán de retirar la mano, por lo que ella dedujo que le gustaba lo que estaba haciendo. Y a Maud también. Pero, como siempre, quería más.
¿Qué la había cambiado? Ella nunca había sido así. Era Walter, claro, y la conexión que sentía con él, una proximidad tan intensa que tenía la sensación de que podía decirle cualquier cosa, hacer lo que le viniera en gana, sin reprimir nada. ¿Qué lo hacía a él tan diferente de los demás hombres que la habían atraído? Un hombre como Lowthie, o incluso Bing, esperaba que una mujer se comportara como un niño bien educado: que escuchase con respeto cuando él soltaba una perorata, que riera para reconocer su gran ingenio, que obedeciera cuando adoptaba un papel autoritario y que le diera un beso siempre que se lo pidiera. Walter la trataba como un adulto. No flirteaba, no era condescendiente, no era presuntuoso e invertía el mismo esfuerzo, como mínimo, en escucharla que cuando le hablaba.