Ella seguía enloquecida, haciendo grandes esfuerzos para que fuera verosímil lo que en su opinión debía de ser un ataque de epilepsia provocado, sin duda, por el acoso a que yo la sometía. Aparecieron señales de agotamiento en su rostro convulsionado pero no sólo no desfallecía, sino que añadía jadeos cada vez más sonoros a sus gritos y lamentos.
"Adelita", grité de pronto para hacerme oír. "Puede usted continuar todo el tiempo que quiera, poco tengo que hacer más que ver cómo da usted fin a este espectáculo. Pero recuerde que, por bien que actúe, no me convence. Así que, puede usted continuar. Continúe, continúe." Y acercándome a ella en actitud paciente me dispuse, como había dicho, a contemplarla.
Adelita mantuvo la intensidad de aquel espasmo durante unos minutos más, pateando y echando tanta espuma por la boca que me tenía maravillada, pero poco a poco fue calmándose y, de pronto, como si ya hubiera terminado, se levantó y, sorbiéndose las lágrimas y las babas, respiró para retomar aliento, cogió el cofrecito que había dejado sobre una mesa y se fue.e Le habrá salido la vena de la actriz que debió de ser en sus años juveniles, pensé. O este ataque es la manifestación de una grave enfermedad que la tiene al borde de la muerte desde la niñez. Y, aunque no estaba de humor para bromas, sonreí.
A los pocos minutos apareció de nuevo y anunció que iba al pueblo porque le faltaba harina y se había quedado sin pan. Lo dijo con normalidad, aunque con un aire un poco ofendido, como si no hubiera ocurrido la escena de hacía poco más de media hora ni ella hubiera sido su protagonista.
Cuando oí que se cerraba la puerta de la cocina, me levanté, y antes de salir del salón apagué la luz. Era de noche ya, aunque el reloj apenas marcaba las seis y Adelita se había ido sin encender las luces, tal vez aposta. Ni las del jardín. Todo parecía estar sumido en las tinieblas y, sin saber por qué, comencé a sentir miedo al buscar el interruptor en la pared de la escalera. Subí a mi cuarto, me senté en un sillón, encendí la lámpara de pie e intenté en vano retomar el libro que había estado leyendo. La casa estaba silenciosa y envuelta en oscuridad, excepto el halo de luz de la lámpara. Fuera, el silencio de un atardecer de invierno podía ocultar mil demonios. De repente, recordé el hombre alto vestido de negro y con sombrero, y su imagen se me apareció con tal nitidez que un rayo de inquietud me atravesó el cuerpo.
Me cubrí los hombros con una manta de lana porque había tenido un estremecimiento, de frío sería, me dije para tranquilizarme, y comprendí que no habría de ser capaz de fijar la atención en nada ni lograría distraerme de esa pesadilla en que se había convertido la espera, la inmovilidad a que se me había condenado.
Sonó el teléfono.
"¡Diga!, ¡diga!" Al alargar la mano tiré un jarrón de flores.
No lo detuve, atenta sólo a la voz del auricular, rodó sobre la mesa y cayó al suelo con estrépito, y el agua y las flores se desparramaron.
"Diga", insistí sin hacer caso del desastre.
"Está aquí", susurró una voz al otro lado del hilo. "Señora, está aquí, la tengo en mi despacho, yo he salido un momento para llamarla." "Ah, hola, sargento, disculpe, no lo había reconocido. ¿Quién está ahí?" "Su guarda. Adelita." "¿La ha llamado usted?" "No, acaba de llegar. Dice que ha venido a buscar el carnet de identidad que se le había olvidado esta mañana." "¿Esta mañana?" "Sí, eso dice, al parecer esta mañana el guardia de la puerta le ha pedido el carnet, pero ya sabe", añadió con voz de entendido, "el criminal siempre vuelve al lugar del crimen." "No lo entiendo, sargento. No entiendo nada. Explíquese." "Nada, que ha venido y la tengo en mi despacho." "¿Ha confesado?" A ver si acabamos con todo esto de una vez, pensé, aliviada.
"Voy a ver. Por cierto, ¿la han llamado de la comisaría de Gerona?" "No." "Es que ahora me he enterado de que Gerona ha pasado el asunto a la jurisdicción de Playa de Aro." "¿Ah, sí? ¿Por qué?" "Ah, no sé. Eso me han dicho.
Pero usted, señora, no crea que está desasistida. Nosotros haremos el trabajo que han descuidado allá.
Pero no estaría de más que llamara usted a Gerona, a ver qué le dicen." "Eso haré, gracias, sargento." "Oiga, si tiene que salir hágamelo saber y dígame dónde puedo localizarla. Tenemos que estar en contacto." "Sí, sargento. No se preocupe, muchas gracias. Buenas tardes, oi buenas noches", añadí, mirando por la ventana, negra, negra como sólo pueden ser las noches negras de invierno en el campo.
Llamé a la comisaría de Gerona y mientras dejaba que sonara la señal supe que de nada serviría. Sin saber por qué le había perdido la confianza al policía que me había atendido y que tan protector me había parecido por la mañana, y de un modo oscuro comencé a barruntar que sus intereses eran distintos de los míos. Pero ¿cuáles eran los suyos? Efectivamente el comisario había salido, y si no era por una urgencia, no iba ya a volver hasta el día siguiente, o al otro, añadió con sorna el policía del teléfono.
"No, no hay nadie que lo sustituya, bueno yo, pero yo no sé nada." Volví al reducto de luz y entonces me di cuenta de que el suelo estaba lleno de agua, la alfombra empapada, el jarrón hecho pedazos había caído más allá de la corona de luz y un trozo de porcelana blanca se balanceaba aún en el límite de las sombras. Y entonces, al darme cuenta de que tenía lágrimas en los ojos, me senté en el sillón, busqué una caja de pañuelos del estante y lloré mansamente sin saber ni querer investigar si lloraba por ese jarro caído y roto, desparramadas por el suelo las primeras caléndulas que se habían anticipado a una primavera lejana aún, o por la incertidumbre en que me había sumido el robo de la joya y su posterior desarrollo.
A la media hora oí un coche que se detenía en la entrada. Bajé la escalera a toda prisa y salí al porche de la parte delantera.
Hacía mucho frío y en la espesa oscuridad distinguí a dos guardias civiles que se destacaban en el halo de luz de los faros, encendidos aún. Una sombra menuda y corpulenta se escurría entre ellos, pasaba como una exhalación junto a mí sin querer verme y se metía en la casa.
"¿Qué ocurre?", pregunté al tiempo que encendía la luz del porche.
"Buenas noches, señora. Hemos venido para acompañar a su guarda." Era uno de los dos guardias civiles que seguían el trotecillo de Adelita.
"¿Está detenida?" "No, hemos venido porque dice que quiere mostrarnos una sortija." Entramos los tres en la casa y pasamos a la cocina tras ella, que, ignorándome de nuevo, les hizo una señal para que esperaran y salió por la puerta trasera.
"Siéntense, por favor", les dije. "¿Quieren tomar algo?", como si quisiera restablecer ante ellos la jerarquía que Adelita pretendía usurparme.
"Gracias, señora, estamos de servicio y tenemos que volver en seguida al cuartel." "¿Con ella?" "Sí, con ella. La espera el sargento." Se abrió la puerta y apareció Adelita. Se aproximó a la pareja y extendió la mano mostrándoles un objeto.
"Miren, miren, ésta es la sortija que me regaló mi madre, ésta es. Mírenla bien. Yo misma le he quitado la piedra para venderla.
Yo misma he tenido que hacerlo, de mi madre, la sortija…, yo…", y estalló en sollozos, compungida ante la prueba de la tristeza de su pobre destino.
"¿Qué nos quiere decir ahora con esta sortija?", pregunté, desconcertada.
"Me acusan de haberle robado la suya, señora." Ahora se dirigía a mí y me miraba de frente. "Yo soy incapaz de robar, ya lo sabe usted.
Soy una buena persona." Y sollozaba desconsolada, conmovida por sus propias palabras. "Es cierto que vendí una joya, pero es el brillante de mi madre, aquí está la prueba. Todos me acusan, pobre de mí. ¡Pobre de mí! Lo vendí en Gerona, no tuve más remedio." Cogí la sortija que me tendía entre sollozos Adelita. Y antes de mirarla aún tuve tiempo de decirle: "¿Por qué no me lo decía? ¿No le pregunté si tenía algo que decirme?" "Tenía miedo, señora, tenía miedo, pobre de mí", repitió entre convulsiones de la voz y del gesto.