"Claro que no", dijo, "mi marido tiene ya un trabajo fijo…" Y volvió a clavar sus ojos en los míos casi con impertinencia.
"Entonces, hasta mañana." "Hasta mañana."
Desde la ventana del estudio de la casa, contemplé con melancolía cómo caía la tarde. El sol se había escondido tras la montaña a mi espalda, pero un halo de claridad vicaria aún del día hacía más diáfanos los contornos de los árboles y de los montes de la otra ladera del valle, que oscurecía lentamente en tonos azul y violeta. A través del cristal, el aire transparente me trajo el canto de un gorrión perdido destacándose sobre el ruido de la mobilette que subía a trompicones por el camino y le ganaba a las hojas apelmazadas de humedad cada palmo del ascenso. Sí, miraba el paisaje con esa melancolía que dulcifica el espíritu y se empeña en esconder la inquietud que lo ronda.
Era Adelita la que subía con su mobilette por el camino que serpenteaba en la cañada, dejando a su paso una estela de moscardón.
El casco dominaba la figura que se hundía en el asiento y las piernas cortas y robustas encogidas sobre el vientre daban al conjunto el aspecto de un bulto informe. El pequeño portaequipajes a su espalda estaba atiborrado de paquetes y en torno a él colgaban infinidad de bolsas de plástico llenas, como una coraza posterior que la protegiera por la espalda. Al llegar a la entrada detuvo la moto, saltó hacia un lado y puso el caballete. Abrió la cancela metiendo la mano por entre las rejas. Luego volvió a encaramarse a la moto, dio una sacudida al pedal y, una vez sobrepasada la entrada, se detuvo de nuevo y saltó para cerrarla como es debido.
"Va a disponer de todo lo mío como si fuera yo misma. Va a quedarse en la casa cuando yo no esté.
Va a entrar en mi vida. ¿De qué la conozco?" Alejé ese desasosiego que nunca había sentido antes al contratar ayudas para la casa o guardas o enfermeras para cuidar a mi padre y volví a la figura que componían ella y su mobilette, ese centauro grotesco tal vez, pero de cualquier modo inquietante: "¡Cómo voy a saber si he hecho bien!" No era tranquila la voz de mi conciencia.
Habían pasado tres años y Adelita había cumplido su palabra.
Era una mujer lista y eficaz que tenía un verdadero prurito en hacer las cosas bien hechas. Nada le gustaba más que organizar de improviso un almuerzo para quince personas, que cocinaba y servía sin que yo apenas tuviera que hacerle una leve indicación. Se sentía tan orgullosa de mis invitados como si hubieran sido los suyos, les servía el aperitivo e incluso en un exceso de celo se colgaba una servilleta doblada en el antebrazo, "como en el hotel donde yo iba a ayudar los días que había banquete", decía.
Mantenía las habitaciones en perfecto orden, cuidaba a "su viejo señor inválido", como llamaba a mi padre con cariño, lo lavaba y afeitaba, le daba de comer, lo sacaba todos los días a la solana y lo paseaba con ayuda del jardinero los días que trabajaba en casa, o sola si no había nadie más. Atendía a la enfermera de noche, limpiaba, cosía, cuidaba del perro y del gato, a los que mangoneaba, enjabonaba y fregoteaba, y cuando yo tenía que irme a Madrid para volver a mis clases me hacía las maletas con esmero y atención, y las deshacía a mi vuelta después de haber salido a recibirme; llevaba el equipaje a la habitación y me subía una taza de té que yo le agradecía del mismo modo que lo hacía al ver brillar la madera de los muebles, descubrir flores en los jarrones, encontrar la nevera con todo lo necesario y la mesa bien dispuesta para la próxima comida. Un reconocimiento que le demostraba con breves palabras al comprobar que una vez más no se había excedido del presupuesto que le adjudicaba cada vez que hacíamos la previsión para los meses siguientes. Era, además, pulcra y precisa en la información que, cuando yo estaba en Madrid, prácticamente todos los días me daba por teléfono sobre la salud de mi padre y el funcionamiento de la casa. "Si no puede venir este fin de semana", decía, "no se preocupe, aquí todo funciona perfectamente." Y así era.
Al poco tiempo llegué a la conclusión de que había contratado a la persona ideal, una perla, tan responsable que apenas me exigía trato ni convivencia, los mínimos por lo menos para sumirme en una extraña y deliciosa sensación de comodidad. Y cuando al final del segundo año murió mi padre, su comportamiento me reafirmó en esa convicción, porque fue ella la que se ocupó de limpiar el cadáver y amortajarlo, y organizar el entierro, haciendo y deshaciendo y dando órdenes o sustituyendo en su labor a los empleados de la funeraria, que no pusieron objeción ninguna a que alguien les hiciera el trabajo.
Es más, Adelita preparó un somero bufet funerario al estilo de su lejano pueblo de la provincia de Albacete para los pocos amigos que asistieron a las exequias, con un surtido de tortas de pimientos, buñuelos de bacalao, huevos duros y empanadillas de carne picante que, si bien me parecieron un tanto pintorescos para la ocasión, la dejé hacer porque no tenía humor para contradecirla y porque en el fondo me daba igual.
Después llegaron aquellos días vacíos, más vacíos porque no había trajín en la casa, o a mí me lo parecía, o porque la ausencia del padre por dura que haya sido la vida con él deja un agujero negro difícil de aceptar y de soportar.
Y porque sabía, además, que habría de tomar una decisión sobre la casa y no me sentía con capacidad para hacerlo. Todo funcionaba tan bien ahora en comparación con los años anteriores a su llegada que el solo pensamiento de abandonarla me ponía de malhumor, como si fuera una desagradecida que no supiera valorar la dicha que me había caído del cielo, como si no fuera capaz de aprovechar una oportunidad que nunca más se me presentaría.
Mi padre, un neurólogo con cierta fama en Barcelona que siempre había vivido en la ciudad y presumía de ser urbano, había adquirido un buen día esta casa situada en un pequeño valle cerca del mar, en la provincia de Gerona, cuando ya era mayor y estaba un tanto atropellado pero gozaba todavía de buena salud. Y cuando le llegó la jubilación se instaló en ella, decidido a convertirse en un ser rural. Aunque ni él mismo ni nadie habría presagiado un final tan rápido, le quedaban diez años de vida. Sin embargo, él no pensaba en la llegada de la muerte como no la anticipa nadie por temor a enfrentarse a lo inevitable. Así que, para sorpresa de sus amigos y conocidos, se había dedicado a vivir allí solo y enloquecido como siempre había estado, y más aún porque quería suplir con la voluntad la falta de experiencia y su incapacidad para hacerse con la vida en el campo, que nunca le había atraído. Tal vez ésta fuera la razón por la que se peleaba aún más de lo que lo había hecho siempre con sus colaboradores y sirvientas, y a todas horas chillaba y los amenazaba con despedirlos porque los hacía responsables de la encarnizada lucha que le ocupaba todo el día y parte de la noche contra las inclemencias del tiempo, los desastres de su economía y la pretendida persecución de que era objeto por parte de hombres y dioses, en el inalterable afán de convertir aquella finca en una finca agrícola donde pacieran los corderos que se había hecho traer de Inglaterra para cruzarlos con los autóctonos.
Había construido corrales, tenía pastores que andaban por los campos en barbecho o en las lindes de los caminos y los bosques con la radio a todo volumen ahuyentando a los motoristas que cruzaban los prados en busca de peligros, y había logrado perder en los años que duró la aventura buena parte de su patrimonio.
Pero contaba a gritos a todo el que quisiera oírlo, incluso a los hombres del bar del pueblo con los que iba a jugar al dominó los domingos por la tarde, y también a mí cuando le acometía uno de sus ataques de violencia verbal, que "poco le importaba perder o ganar, que el dinero era suyo y que a su hija Aurelia", ésa era yo, "ya le había dado la posibilidad de cantar su canción en esta vida. Cada uno tiene que cantar su canción"; repetía a gritos una metáfora que yo le había oído desde que era niña: "y no tengo que reprocharme de habérselo impedido. La he enviado a estudiar por el ancho mundo, la he mantenido y subvencionado durante largos años de investigación y estudio, la he convertido en una doctora en Virología o en Biología Molecular, algo así", dudaba siempre quitándole importancia, "que ahora, si no gana tanto dinero como el que ganaba yo a su edad, se basta a sí misma y además tiene cierto prestigio, y como vive la mayor parte del tiempo en Madrid, donde se casó y encontró trabajo, apenas nos vemos y por supuesto ya no nos necesitamos. En cuanto a mi yerno", en un imparable aumento de la irritación, "ya he perdido la cuenta de cuándo murió, sólo recuerdo que era un enloquecido artista de izquierdas", decía con desprecio, "que no merecía cobrar un duro porque había perdido hacía años la capacidad, no ya de ganar dinero, sino siquiera de conservarlo." Les tocaba después el turno a los nietos que no tenía ni parecía que fuera a tener, decía, como no tenía sobrinos, ni ahijados, ni familiares de ningún otro tipo. Así que nada lo obligaba con nadie. Estaba convencido de que conseguiría enderezar el negocio de los corderos pero en caso de que así no fuere -en este punto del discurso ya había levantado el brazo que movía como si blandiera una espada-, poco importaba, porque tenía la experiencia y la inteligencia suficientes para que ni la mala suerte ni los reveses lograran acabar con su fortuna por mal que le fueran las cosas y por años que le quedaran de vida. El discurso podía ser interminable, pero siempre acababa con las mismas palabras: "Y si al morir dejo la hacienda mermada, no por esto voy a sentir el menor remordimiento, también yo tengo derecho a cantar mi propia canción." Cuando la compró, la casa se llamaba "El Viejo Molino", por un molino desvencijado de grandes aspas situado en la entrada de la finca a media altura de la ladera donde estaba situada, que recogía como en un corredor todas las corrientes de los vientos de los que era tan pródiga aquella tierra. No tenía armadura metálica, sino que se levantaba sobre una torre de ladrillos y piedras, cuyo revocado se habían llevado en buena parte los años, las tormentas y la desidia de antiguos propietarios. Él lo había hecho remozar y aunque seguían las aspas por enderezar y completar, había hecho pintar de verde oscuro los hierros que habían resistido el tiempo y había aceitado la maquinaria hasta tal punto que, cuando la tramontana era muy feroz, el viejo molino se desperezaba, chirriando los goznes de pura pereza y comenzaba por dar lentas vueltas empujado por las ráfagas mientras las bielas subían y bajaban con la lentitud de la inanidad: el pozo se había secado hacía años y no quedaba de él más que un brocal de belén cubierto de hiedra como un elemento decorativo del paisaje. El molino servía de muy poco pero fue él el que dio el nombre definitivo a la casa. "Se llamará "El Molino", ordenó, "ni nuevo ni viejo, "El Molino" a secas." Mandó imprimir unas tarjetas con aquel nombre tras el suyo y clavó una placa de metal en un poste a la entrada del camino.