"Es un caso complicado, pero algo haremos, no se preocupe. Y no deje de informarme de todo cuanto ocurra, por insignificante que le parezca." Con mi mano todavía en la suya resumí: "Claro que quiero recuperar la joya, pero más me importa que se denuncie a la policía por su actuación en los términos que usted crea posibles y convenientes, ya que también la policía es culpable.
Si se juzga a mi guarda, que se los juzgue también a ellos por su desidia. O por su colaboración." "Claro, claro, ya la entiendo", y me lanzó una breve mirada esquinada. Luego me acompañó hasta la puerta y antes de que se cerrara tras de mí, se retiró a su despacho.
No podría decir por qué, pero aquella visita me había dejado cierta inquietud. Me habría gustado encontrar a un abogado amable y comprensivo que se hiciera cargo de la situación y, lo que es más importante, la compartiera conmigo hasta tal punto que mi desasosiego por todos estos acontecimientos quedaran en sus manos igual que habían quedado los documentos. Yo me habría ido en paz, liberada de preocupaciones, y mi misión, por decirlo así, habría acabado, no me quedaría más remedio que una vez en Madrid esperar a que me llamara el amable y eficaz abogado para comunicarme qué le había dicho el joyero, cuándo y cómo había puesto la denuncia a la policía, si se había aceptado a trámite y la fecha del juicio.
"Pero dime", me preguntó Gerardo aquella misma tarde por teléfono, "¿el abogado no te ha pedido que le hicieras poderes para poderte representar, o para poner la denuncia?" "Pues no, no me ha pedido nada de eso." "Bueno, no importa, tal vez primero quiere conocer el asunto y en su momento lo hará. De todos modos, si hay juicio", añadió con ese tono desesperanzado con que siempre hablamos de la justicia, "si hay juicio será dentro de años.
No es que la justicia sea lenta, es que es lentísima." Nos habíamos reconciliado en parte, porque para una reconciliación en toda regla habría sido necesario que yo despidiera a Adelita. Y yo no quería ceder, no podía. Al día siguiente tenía que irme y no habría sabido cómo solucionar la situación. Además, no me parecía tan mal darle una oportunidad, al fin y al cabo, nunca se había portado mal conmigo ni mucho menos con mi padre. Bien la merecía, pues, me dije. Así que dejé las cosas como estaban, convencida de que con el tiempo todo volvería a la calma.
Por su parte, Adelita había adquirido un talante grave como a su entender exigía la situación, un talante con un punto de humildad, es cierto, pero también con una pincelada de dignidad ultrajada, no frente a mí, ni siquiera frente a la policía o el juzgado, sino frente a la vida, al mundo en general, al sol que ilumina el paisaje y a la noche que se cierne sobre él. Caminaba erguida, todo lo erguida que su estrafalaria figura se lo permitía, el delantal más impoluto que nunca, el pelo recién lavado y la actitud reconcentrada de quien ha decidido no hablar aunque se lo pidan pero al mismo tiempo atenta y un poco ofendida porque nadie lo hace.
Por la tarde, cuando ya había acabado de recoger mis papeles y de hacer las maletas, la vi atravesar el jardín con su marido en dirección al campo, los dos peinados y arreglados como para ir a un bautizo, cogidos del brazo y caminando al mismo compás y en silencio como hacen las parejas que llevan años ensayando y practicando este mismo paso. Abrí la ventana y me asomé.
Como en esa dirección no se podía ir al pueblo, le pregunté: "¿Adónde va, Adelita?" Mi voz sonaba nítida en la tarde plácida, como si se anticipara a las de las calmas de enero, esa pausa de dulzura y buen tiempo que parece tomarse la naturaleza para arremeter con mayor fuerza los rigores del invierno.
"Vamos a ver a los vecinos de la casa de enfrente, el hijo de Pontus y su mujer, a contarles lo que ha ocurrido." La miré buscando una explicación. Se habían detenido sin soltarse del brazo. Ella había levantado la cabeza hacia mí y sostenía la mirada, esta vez desprovista del asomo de arrogancia que tenía siempre a punto cuando había de responder, sino con naturalidad, como si buscara en mí la complicidad que la ayudaría en ese incomprensible afán por confesar a sus vecinos el delito que había cometido.
No respondí y ellos, sabiendo que no había más que decir, dignos y al unísono, atravesaron el campo hasta encontrar el camino que llevaba a la casa de Pontus en la ladera de enfrente. Y fue siguiendo sus pasos por el paisaje de invierno cuando, en la misma hondonada donde había descubierto hacía poco tiempo al hombre del sombrero negro, lo vi de nuevo agazapado bajo la higuera desnuda, envuelto en una capa o un gran abrigo, como un inmenso cuervo que espera silencioso e inmóvil a su presa. Pasaron los dos a pocos metros de él, aunque era difícil que lo descubrieran porque entre unos y otros se levantaba un muro de cipreses resecos pero todavía altivos. Sin embargo, me pareció descubrir un asomo de movimiento descompasado en Adelita, que redujo el paso un instante para quedar un poco rezagada y echar entonces una ojeada a un escenario que conocía pero que no podía ver, una esperanza sin ninguna posibilidad.
Y cuando ya subían la cuesta me di cuenta de que al tomar altura, ahora sí, ella debería haberlo visto por encima de los árboles. Y de hecho volvió la cabeza en el instante en que él, el hombre del sombrero negro, respondiendo como un resorte a su mirada, levantaba la suya, y en seguida el brazo, en un gesto que forzosamente debía de tener un significado, porque ella, entonces, como si ya hubiera comprendido el mensaje, se arrimó de nuevo al brazo de su marido, no sin antes haber movido la cabeza en señal de asentimiento.
¿Era así como lo había visto?
¿O era mi imaginación que llevaba unos días dando saltos por los sentimientos de una mujer que no lograba comprender? Curiosidad, tremenda curiosidad, y esa punzada de incomprensibles celos que asomaban por primera vez, celos de una mujer que, de todos modos, nunca me había merecido consideración ni admiración ninguna. ¡Bah! No son celos, es la angustia que me sorprende cada vez que asoma materia nueva en esta historia. Pero algo en ella y en la complicidad de los gestos que intercambiaba con el hombre me movían a mirar y a comparar, y a seguir mirando en esa dirección, aunque ellos ya habían entrado en la casa y el hombre, como si hubiera conseguido lo que quería, se sacudía la capa para que cayeran las hojas o las pajas que se le habían quedado prendidas, se la quitaba con un gran gesto que rasgaba el aire y se la ponía al brazo como si hiciera calor y, sin embargo, se levantaba el cuello oscuro de la cazadora para resguardarse de un frío que parecía haberle calado hasta los huesos. Porque el sol se había retirado y comenzaba a notarse, incluso para mí que seguía en la ventana, ese gélido airecillo que limpia el ambiente para que entre poderosa la noche clara y estrellada del invierno. Me separé de la ventana y fui a coger un chal, y cuando volví a mirar, el hombre se confundía ya con la opacidad de un crepúsculo que caía vertiginoso sobre la tierra.