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Querido Gerardo, dulce amigo, que había vuelto a llamar aún un par de veces, aunque yo, con la cabeza y el alma en otros asuntos, apenas había hecho otra cosa que contestar con monosílabos, no de malos modos, pero dándole a entender que, por ahora al menos, no tenía ganas de ningún acercamiento, ni de la más mínima reconciliación.

Debió de entenderlo así, porque en algún punto de la conversación, movido por la decepción y tal vez porque no estaba habituado a recibir negativas de este tipo, me vino a decir, poniendo en mis manos la decisión y la responsabilidad, algo así como que tal vez si dejábamos pasar demasiado tiempo ya no habría ocasión de recuperarlo. Yo no me di por aludida y él no insistió.

No podía hacer otra cosa. Mis pensamientos llevaban ya demasiado tiempo alejados de él, mi vida anterior iba borrándose como si no hubiera tenido importancia, como si sólo hubiera sido el preludio de algo que, de acuerdo, no había llegado aún, pero todo parecía anunciar su inminente aparición. Estado de alerta podría decirse que era el mío. Algo había de ocurrir, algo se preparaba. Tal vez yo confundiera la excitación del último descubrimiento, con la aparicióna del hombre del sombrero, que había vuelto a ver junto a la higuera y que rondaba mi mente a todas horas, mientras me perdía buscando una prueba, un camino por el que seguir, como si él estuviera al final de un laberinto del que yo tenía que encontrar la salida.

No sabía exactamente dónde vivía Adelita. Nunca había estado en su casa y sólo recordaba lo que me había dicho aquel primer día cuando me la presentó y recomendó la carnicera; había dicho en la carretera del interior, a unos tres kilómetros de aquí, y aquí era precisamente el pueblo. También recordaba alguna indicación que ella había hecho sobre la casa de su madre, como, "al salir del cruce con la carretera del Faro", y, una vez que fue más explícita, me contó que había tenido que ir a dormir a su casa porque al día siguiente esperaban al albañil para que arreglara unas goteras que habían abierto las lluvias y que al salir se había encontrado con que en el camino de las Moreras, casi junto a su casa y a la de sus suegros, un árbol abatido la noche anterior por un rayo había quedado cruzado en la calzada y ella no había podido pasar hasta que la grúa había ido a sacarlo. Por eso había llegado tarde, había dicho.

Se llamaba carretera del Faro a una vieja carretera que había sido sustituida por una autovía y donde apenas había circulación.

Las hierbas crecían rompiendo lo que quedaba del antiguo firme y había que eludir los baches que las lluvias y el tiempo habían dejado tras de sí. Era un paraje yermo tras los montes que lo separaban del mar y apenas había más que unas viejas casas de labor junto a una altísima torre de alta tensión y, más allá, después de un camino que supuse que era el camino de las Moreras, una vieja casita de ferroviario, un huertecito y un hom-c bre cuidando de él, sin hacer caso de los ladridos del perro que tenía atado a un palo con una cuerda.

"Dígame, ¿sabe dónde vive Adelita Flores?" El hombre me miró como si le hablara en ruso. Lo repetí: "Adelita Flores, que dónde vive." "Yo no soy de aquí, pero pregunte en la tienda", y señaló tres o cuatro casas en hilera que había al fondo del camino.

Ni en la tienda ni en las demás casas contestaron cuando les pregunté por Adelita Flores.

Había dos o tres mujeres comprando que se miraron entre sí y luego a mí con desconfianza.

"Una mujer así", y señalé la altura de Adelita con la mano, "que tiene marido y tres hijos." Nadie hablaba. De pronto una mujer que acababa de entrar dijo: "Se fueron." "¿Se fueron? ¿Adónde se fueron?" "Se fueron. No sé más. No quiero líos." "Dígame al menos dónde vivían." Salió la mujer a la puerta, apartó una cortina de bolas de madera, y señaló en una dirección.

Vi unos chopos muy altos y tras ellos una especie de almacén, tal vez un garaje.

"Allí", señaló. "Pero no vaya, ya no están, se fueron con Joaquín, el de la camioneta." "¿Los suegros tampoco están?, o ¿la madre?", pregunté. "¿Alguien que me pudiera dar razón?" "No vaya, no vaya", repitió la mujer, pero tanta insistencia había aumentado mi curiosidad.

"Necesito hablar con ella, es muy urgente." La mujer hizo pantalla con la mano para suavizar los susurros que le salían de la boca. Miró en todas direcciones y, finalmente, con un gesto de simpatía, dijo: "No vaya, mujer." Cambió en seguida la expresión, una mueca de horror cubrió su rostro y dijo: "Está muerta."e "¿Muerta? ¿Quién está muerta?

¿Adelita?" Más bajo aún y mirando a lo lejos para disimular: "Eso han dicho. Vino la Guardia Civil. " Un golpe en la cabeza no me habría dejado más descompuesta.

Dolor físico sentía en las sienes, como si lo que acababa de oír pugnara por entrar en mi entendimiento, que se resistía a abrirse y aceptar la noticia. Intenté reponerme, desmentirlo.

"No puede ser verdad." Y acto seguido: "¿De qué ha muerto?" Pero la mujer se había metido en la tienda con su cesto, dejando tras de sí, como un reguero de burla, el tintineo de las bolas de madera.

Caminé hasta el almacén, el paraje parecía desierto. Era un edificio grande, destartalado y descascarillado que se cocía bajo el sol con su cubierta de uralita.

Tenía una valla que en un tiempo debió de tener alguna función, pero los palos habían caído y los alambres, oxidados, yacían por el suelo mezclados con la hierba seca.

Había una gran puerta de hierro mal pintada en la fachada y junto a ella otra más pequeña de madera que se correspondía con una parte de la construcción de ladrillo sólo revocada en parte, que debía de ser la vivienda. Aquí vivirán, aquí en este erial, éste será el terreno que el ayuntamiento tiene o tendría que recalificar, la gran promesa, lo que los salvaría de la miseria, de este arrastrarse todos por la vida, éste sería el terreno que su Jerónimo se cuidaría de construir o de hacer construir, una casa de cuatro o cinco alturas en medio de un campo perdido y sofocante, fuera de la circulación pero que aun así es lo que les daría dinero a todos, el que llevaría a su marido al mejor médico y lo curaría, el que les permitiría ser como Adelita había querido ser, gentes respetadas, admiradas. Ese mísero terreno que no debía de tener más de mil metrosg cuadrados, por cuya recalificación debía de haber luchado al precio que fuera. No hay precio para los sueños.

Llamé a la puerta y nada se movió ni oí ningún ruido, pero insistí. A la tercera vez apareció por la ventana superior un rostro avejentado, un rostro que no habría sabido decir si era de mujer o de hombre de no haberse puesto a hablar sin darme tiempo a preguntar: "Soy su madre, soy su madre, ella se ha ido, ya no volverá, soy su madre." "Señora", la interrumpí, "¿puedo entrar? Soy Aurelia Fontana, su hija estuvo mucho tiempo en casa, por favor, déjeme entrar." No contestó, desapareció del marco de la ventana y corrió la cortina. Al cabo de un momento se abrió la puerta de madera muy despacio y asomó su figura tan parecida a la de su hija que, por un momento, creí que era ella. Era bajita y ancha y llevaba una bata floreada y un delantal mal puesto, cuyo peto se le desmoronaba sobre el pecho. Tenía las raíces del cabello blancas, muy blancas, igual que las cejas, pero la cara colorada y los ojos, hinchados de tanto llorar como los de ella, no eran los de una anciana. Me hizo un gesto con la mano y se echó a un lado para dejarme pasar. Sollozaba a sorbos, a hipos, como estertores finales de un largo llanto que la había dejado sin lágrimas, y tenía en la mano ese apretado ovillo que había hecho con el pañuelo que tan bien había aprendido su hija a utilizar. Se destrozaba los ojos cada vez que creía detener el chorro de lágrimas que había de acompañar sus espasmos. Pero tenía los ojos secos.