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La entrada a la casa era también un almacén, a la vista de las cajas y de los embalajes que cubrían el suelo hasta la pequeña escalera del rincón. Pero el lugar era fresco y la penumbra se abría al fondo por una claraboya y su rayo de luz polvorienta.i La mujer, sin dejar de gemir, se sentó en una caja y me invitó a hacer lo mismo.

Esperé un rato pero no cedía su tristeza, así que me atreví a preguntarle: "¿Cómo ha sido?" "No sé, hija mía, no sé, yo estaba en la cama, la diabetes, ¿sabe?, y ella dijo que iba al pueblo a buscar algo que no recuerdo.

Ya no la vi más, nunca volvió.

Dijeron que había tenido un ataque, que la habían llevado al hospital y de allí al cementerio." Parecía en sus cabales, pero acto seguido, con la mirada torcida y el gesto dramáticamente convulso, repetía incansable: "No la he vuelto a ver. Nunca ha vuelto, nunca ha vuelto, dijo que volvería pero nunca ha vuelto, nunca ha vuelto." "¿Cuándo ha sido?" Había interrumpido la enajenada y plañidera letanía, pero no había hecho más que entremezclarla con breves golpes de lucidez: "Mucho tiempo, mucho tiempo, nunca ha vuelto, dijo que volvería pero nunca ha vuelto, hace ya mucho tiempo." Su mente deliraba, pero de vez en cuando se detenía mirando hacia la puerta para repetir: "Se fueron todos, con la camioneta. Se fueron no sé adónde, dijeron que volverían, pero tampoco han vuelto." El sentimiento era más profundo que la confidencia que lo había hecho salir de su guarida.

"Pero ¿cuánto tiempo hace?" "Mucho tiempo… dijeron que…" En aquel momento se abrió la puerta y entró otra mujer. Primero, al vernos a las dos sentadas, se detuvo, pero luego se acercó y dijo: "Soy una vecina, ¿sabe? Vengo a ayudarla, le doy de comer, porque está deshecha, está traspuesta y hay ratos que no se entera de nada." Y dirigiéndose a ella a gritos, como la gente del campo cuando habla a los extranjeros: "Engracia, que soy yo, la Lupe. " "Nunca ha vuelto", dijo la madre.

"¿Lo ve?", dijo la vecina. "Si es lo que yo digo, no son edades para estos disgustos." "Disculpe, ¿pero qué ha pasado exactamente?" "¿Qué ha pasado? Pues lo que tenía que pasar. Que las cosas se van liando, se van liando hasta que estallan." "¿Qué quiere decir?" "Quiero decir lo que digo, que no hay quien pueda jugársela tanto sin que nunca le ocurra nada." Y aquí fue donde cometí el error. Dije: "¿Le falló el corazón?" La mujer era más joven que la madre, y sus ojos en la piel canela de la cara brillaban con una expresión tan explícita que cuando respondió me di cuenta de inmediato de que me había tomado por tonta.

"Sí, eso, el corazón, eso es lo que siempre falla primero, el corazón." Pero en aquel momento no reparé en el tono de mofa y creí de verdad que había sido el corazón. Por eso me atreví a preguntar otra vez: "¿Cuándo ha sido?" "Oh, hace por lo menos tres semanas, lo que pasa es que Engracia no se consuela, a ratos pierde la razón, se obsesiona y no hay quien la convenza de que si no ha vuelto Adelita no es porque no quiera, sino que es porque no puede, la pobre", e hizo un gesto raro al añadir: "tenía que ocurrir, es lo que yo digo, tenía que ocurrir." "Y la familia, ¿dónde está?, ¿sabe adónde ha ido?" "El marido dijo que se llevaba a los hijos a Francia, donde viven su hermano y su cuñada, él está enfermo, ya lo sabe, ¿no?, tiene un mal feo, en el hígado, dicen, y a veces se le va la cabeza, pero yo no sé, prefiero no preguntar, es que soy muy discreta. Y la verdad es que este panorama no es para un hombre solo y enfermo y que encima ha de cuidar a su madre. Y sin dinero, que no tienen dónde caersec muertos. Como no les recalifiquen el terreno…" Miró al cielo como si esperara ella también el milagro y luego dijo: "Tenía que volver en unos días, pero hace semanas que no sabemos nada." Fue lo último que me dijo.

Después se puso a hablar con la madre y a consolarla como si fuera una niña pequeña que quiere un caramelo. Aún estuve un rato con ella, atontada por el mazazo que había recibido. Después me fui sin que ninguna de las dos se molestara en esconder su total indiferencia.

Caminé hasta el coche, anonadada. No comprendía lo que podía haber ocurrido y la pena que sentía tenía más del golpe que deja un susto enquistado en el alma, que de tristeza o pesadumbre. Tal vez fuera la duda. Recordé que la mujer de la tienda había hablado de la Guardia Civil, ¿por qué la Guardia Civil? ¿Es que había indicios de algo más que del ataque al corazón?

Sin saber qué hacer, me fui a casa. La cabeza me daba vueltas y tenía ganas de tumbarme. Al entrar en el camino vecinal vi venir a Jalib, el jardinero, que había acabado su trabajo y se iba caminando hacia su casa. Nunca hablaba Jalib, tampoco lo había hecho cuando estaba Adelita ni menos aún cuando se fue. Detuve el coche y le pregunté: "¿Jalib, sabe usted algo de Adelita?" Jalib me miró con una mezcla de curiosidad y desconfianza.

"Se fue, ¿no?, se fue a su casa. Ella me dijo que ya no quería trabajar más, que su marido tenía un empleo muy bueno y que quería quedarse en casa." "Eso le dijo, ¿cuándo? Haga memoria." "No sé, pocos días después de que usted se fue, la última vez.

Me la encontré en el pueblo con ese vendedor de máquinas de coser, un hombre alto, con un sombrero." Otra punzada lacerante, y aquel agujero de dolor.

"Pero ahora, ¿qué sabe de ella?" Era evidente que Jalib no quería hablar del presente. Se entretuvo en una historia larga, para lo parco en palabras que él era, sobre el marido que estaba enfermo y los hijos, y lo que decían en el pueblo sobre si les recalificarían unos terrenos donde tenían la casa en que vivían, en las afueras, en el barrio que hay detrás de los montes.

"No, ahora, ¿qué sabe usted de ella ahora? ¿Es cierto que tuvo un ataque al corazón?" "¿Un ataque al corazón? No, no creo. Dijeron que había tenido un accidente, que una noche iba en la mobilette hacia su casa, tarde era, dicen, y como nunca llevaba luces, un coche la embistió y tuvieron que llevarla al hospital sin conocimiento." "¿Quién la embistió? ¿Se sabe?" "No lo sé", respondió, como si le hubiera hecho una pregunta rara.

"Y ¿que pasó?" "No sé, no lo sé del todo cierto porque mi mujer me dijo que se había muerto, pero, en cambio, la asistenta social que viene a vernos de vez en cuando dijo que se estaba recuperando." "¿Cuándo fue el accidente?" "Hace más de un mes, sí, cinco o seis semanas, por lo menos. Después ya no he vuelto a saber de ella." La carnicera, a la que fui a ver a última hora de la mañana, me aseguró que Adelita, la pobre, había muerto. Pero no podía decirme de qué, porque ella, como todo el mundo, se había enterado cuando ya estaba enterrada. Sí, decían que había sido de accidente, pero más bien parecía que había sido -bajó la voz- un suicidio, que se había suicidado, que ya no podía más, que no hay quien aguante una vida así.

"No aguante, ¿qué?", le pregunté.g "A usted qué le voy a contar, si todo se sabe, ¿no ve que en el pueblo somos cuatro gatos? Que si viene una y te dice, que si viene la otra y lo cuenta. Todo se acaba sabiendo. Pero yo, callada, que no quiero meterme en líos, además, mire, yo por mí no sé nada, sólo sé lo que me cuentan, así que, ¡yo qué sé si es verdad o mentira! Lo mejor es callar y escuchar. Eso es lo que le dije al de la Guardia Civil que vino a preguntar. ¿Qué sacará usted de que yo le cuente si le puedo dar varias versiones y todas ellas distintas? Yo no me muevo de la carnicería, no he visto nada. Por no saber, no sabía siquiera que Adelita ya no trabajaba en su casa, y eso que sí sabía que usted estaba muy contenta, pero ya sabe, no tengo ojos más que para el trabajo y lo que se dice en la tienda, yo ni me fijo, yo voy a lo mío." "Pero ¿qué se dice en la tienda?" "Pues de todo, ya sabe cómo es la gente, que si hace esto, que si lo otro. Que si va, que si viene.

Que si la camioneta gris la va a buscar. Que si se la ha visto aquí o se la ha visto allá. Que si lleva un traje nuevo cada vez que sale o que si su hijo mayor se ha comprado otro coche. De todo, de todo dicen, la cuestión es hablar y hablar. Ahora bien", dijo levantando la cabeza y sosteniendo en alto el trinchante con el que había dejado un costillar a medio partir y mirándome como si lo que iba a decir no admitiera réplica, "lo que yo creo es otra cosa, lo que yo creo es que algo le ha pasado a la muchacha, por dentro, me refiero, y esto se veía venir. ¿No la veía llorando todo el día en los últimos tiempos? y si no lloraba venía aquí con los ojos rojos, callada, ella que antes no paraba de hablar de lo que tenía y de lo que sabía hacer, pues ahora no decía más que lo que quería que le pusiera. Y mire lo que le digo", volvió a blandir el trinchante, "yo no he visto nadai y ya sabe lo poco que me gusta hablar, y el poco caso que le hago a lo que me cuentan, pero si he de decirle la verdad, yo creo que suicidarse, sí se ha suicidado, ¡eso sí es posible!" Salí de la carnicería tan perturbada y abstraída que un coche me pegó un bocinazo y frenó apenas a medio metro de distancia. Pedí disculpas con un gesto, o hice amago de pedirlas, pero seguí adelante. Al llegar a la plaza llena de gente que iban y venían del mercado o que se habían sentado a las mesas a tomar un café, me dejé caer en una silla sin importarme el sol que tanto odiaba. Era un día caluroso, sin viento, y tendría que haberme puesto bajo la sombrilla. Pero una sensación de abandono, de cansancio, de profundo malestar se había apoderado de mí y no me sentía capaz ni siquiera de pensar dónde tenía que sentarme. Veía las sombras de la gente caminando, sombras minúsculas al sol de verano, sombras deformes, que se distorsionaban desplazándose obedientes tras los cuerpos que las engendraban.