Vibraba el asfalto por la reverberación del sol y la silla donde me había sentado retenía el fuego acumulado en la mañana atravesando la tela de mis pantalones y abrasándome los muslos, pero aun así no me cambié de sitio, no me apetecía irme a uno de los asientos libres bajo las sombrillas y los toldos.
Vino un camarero y le pedí una cerveza, que bebí de un trago. Pedí otra e hice lo mismo, y una tercera y una cuarta. El alcohol zumbaba en mi cabeza ahuyentando la inquietud y creando un vago estado de somnolencia que incrementaba el poderoso sol de mediodía. Por ella me dejé mecer, haciendo cábalas sobre la muerte, hasta que me invadió una tristeza de tal profundidad y calibre que habría llorado si no hubiera tenido ese prurito de mantenerme en mi lugar en toda ocasión. Pero en mi interior, lloraba, lloraba y gemía de desconsuelo y pesar, con la facilidad que sea nos concede cuando bebemos grandes cantidades de alcoholes suaves.
Lloraba mi alma en sus profundidades, mientras mis ojos entornados se aislaban del mundo, conscientes de que ninguna sombra habría de interponerse entre el sol y yo, ninguna imagen se materializaría para suavizar mi congoja, ni para sustituirla por otra congoja menos dolorosa, menos irreversible, menos irremediable. ¿Qué será de mí ahora? No volverá, nunca volverá, nunca ha existido, lo inventé yo.
Nubes de confusión y desconcierto se agolpaban en mi mente agitada.
¿En quién estás pensando, a quién quieres en vano convocar?, decía la voz de la conciencia. ¿Qué será de mí? No tengo nada, nunca he tenido nada, y ahora sólo me queda tiempo, tiempo, tiempo que se extiende infinito ante mí sin paisaje ni figura con qué aderezarlo. Soledad del alma, soledad. De pronto, mi pensamiento dejó de moverse. No había objetivo ninguno que alcanzar, ni esperanza que mantener por estúpida y efímera que fuera, ése era mi tiempo, ése mi futuro.
La cerveza comenzó a trajinar arriba y abajo de mis conductos digestivos, desbancando las lágrimas que de todos modos no habían salido a la luz. Me encontraba mal, estaba mareada. Pagué la cuenta y, tratando de ocultar hasta qué punto me vacilaban las piernas y conteniendo el vómito que, como las lágrimas, pugnaba por salir, llegué al coche y arranqué. A las afueras del pueblo, me detuve y en un recodo, junto al esqueleto de un inmenso tronco de olivo que debía de haber muerto hacía muchos años, vomité, avergonzada, pero durante unos segundos, arrastrada por el bienestar de mi estómago apaciguado, mi alma encontró la paz.
Adelita cuelga de la rama de una higuera, debe de tener el cuello roto porque la cabeza se ha doblado sobre el pecho como si noc tuviera huesos, como un pelele que lo hubieran atado con la cuerda recta como una línea que sale de la copa de hojas verdes. Qué extraño que Adelita haya elegido la rama de una higuera para ahorcarse siendo como es tan endeble y quebradiza su madera. Ella tendría que saberlo, ella es del campo de Albacete, en el sur también habrá higueras.
Veo las viñetas en la página del libro que me regaló mi abuela cuando aprendí a leer, "Lecciones de cosas". Hay un niño que va a subirse a una higuera. Su madre lo previene pero él no le hace caso.
Al final, en la última viñeta, el niño está en el suelo despanzurrado porque la rama se ha roto. Yo nunca me he subido a una higuera porque no las había ni en el patio de la escuela ni en el parque ni en la playa donde íbamos los veranos, pero pienso ahora que Adelita debía de saberlo. Dorotea, así se llama la mujer que cuelga de la rama, sólo puede ahorcarse en esta higuera, precisamente en esta higuera. O tal vez no es cierto que esté colgando de una rama, tal vez lo imagino yo, o invento y sueño su balanceo y por eso no se rompe la rama, porque los sueños pueden ser como queramos. Los sueños los inventamos, los hacemos a medida para que encajen en una realidad que nos hubiera gustado de otro modo. Y si ella quiere ahorcarse en esta rama de esta higuera, poco importa que la rama pueda o no pueda sostener su peso el tiempo suficiente para que la cuerda que da vueltas alrededor del cuello le corte la respiración o le rompa el cogote, que tampoco sé si podría, porque su cuerpo es tan menudo, aunque por lo ancho y lo corpulento de su tórax parece pesado. La veo así porque necesito un final para la historia, y después de tanto buscar me encuentro con que tiene razón la carnicera, o la mujer del almacén, no sé cuál de las dos lo dijo, no puede tener otro final, tarde o temprano tenía que ser así, porque los caminos que nos vamos formando cone los años nos conducen sin remedio hacia un único final predecible y posible ya cuando entramos en la vorágine de la primera obsesión, un final que corrobora la muerte, sin que la muerte sea necesariamente ese final. Así, sea cierto o no que Dorotea o Adelita se ha ahorcado y cuelga de la rama de esta higuera en aquel claro al fondo del valle, sí lo es que éste ha de ser su final, así lo veo yo desde esta ventana cegada también para mí como cegado está para mí el término irreversible al que me aboco. O tal vez sí que lo que quiero con esta última escena no es encontrarle un final a Dorotea, sino a la historia o, mejor aún, lo que estoy haciendo no es otra cosa que contar mi propia historia, dando siempre vueltas a lo mismo con otro aspecto y otro enfoque, y así yo también me voy envolviendo en una soga, convencida de que no es la mía, una soga que me inmoviliza cada vez más, hasta que me convierto en un mero paquete, un bulto, que apenas interviene en su propio devenir.
Pero la higuera, ahora me doy cuenta, no está donde debería estar, no hay paisaje, la higuera nace en mi cama, dentro de mi habitación, que no es la mía, sino la terraza de un bar del mercado, y tal vez la que está en el paisaje, en el lugar donde debería estar la higuera, soy yo, pero no tan lejos que no pueda verle los ojos abiertos y fijos en sus propios pies, pequeños y abultados, que se balancean sobre las almohadas. Quiero acercarme a ella, pero tengo los pies hundidos en un suelo pegajoso del que no puedo desprenderme, y es que el miedo, sí, el miedo me tiene atenazada, y aunque supiera volar, aunque pudiera, que puedo hacerlo ahora que estoy dormida, no me dejaría esa melaza que me aprisiona, pero tengo que llegar como sea a ella, tal vez alargando los brazos sobre los campos y los árboles y amarrándome a las nubes, intento levantarlos mirando al cielo pero no puedo, y cuando vuelvo a mirarg Adelita ya no está, ni la higuera plantada en mi cama, ni la cuerda, ni siquiera la cama, aunque lo que yo quiero ahora es desprenderme del suelo, pero es imposible, cada vez la melaza me cubre más, ahora ya llega a las piernas y me doy cuenta de que llegará a las rodillas.