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¿Cómo le voy a dar el dinero ahora? Estará en Francia y no podré dárselo y su marido morirá porque no tiene Seguridad Social ni puede cobrar la pensión porque tiene que atravesar la calle y está llena de guardias civiles con capa y tricornio y guantes blancos que caminan unos tras otros al compás de una música estridente, una marcha militar que me lleva a gritar pidiendo ayuda y un hilo de voz previene de mi presencia al sargento Hidalgo, que dirige el pelotón.

Me hace un gesto, calma, dice, calma, tranquilidad, tenga paciencia, dice, lo veo en el movimiento de los labios porque no lo oigo, no oigo más que la música, tenga paciencia, todo se arreglará, pero no me saca de la charca pegajosa que se espesa cada vez más, y él sigue con el mismo gesto, marcando el paso al son de la fanfarria mientras la melaza avanza y ahora ya me cubre los muslos y el vientre, no puedo mover las piernas, ni los brazos, estoy paralizada y a mi alrededor no hay más que un páramo de cemento que cubre los campos y los montes, una lava que se va acercando a mí. Me convertiré en cemento igual que la melaza y todo lo que me rodea, ni siquiera podrá palpitar mi corazón como ahora ni sentiré el dolor de sus latidos y sus contracciones. Abro la boca para pedir auxilio pero no me responde la voz, tengo la garganta seca y mis esfuerzos por chillar se convierten en sordas carrasperas y gestos mudos. Sé que desfallezco, que el cansancio de tantos inútiles esfuerzos por hablar, por moverme, me han desvencijado. Pero lo intento otra vez y no puedo, y otra vez y otra, pero nadie responde porque nadie me oye, ni siquiera yo oigo mi propia voz.

Me despertó un alarido en la noche más oscura, y tardé en comprender que finalmente me había salido la voz. Pero la vuelta al ámbito conocido de mi habitación, cuando logré encontrar el interruptor de la luz, que parecía haberse extraviado en la pared a mi espalda, no me devolvió la tranquilidad. Es cierto, me dolía el pecho de los golpes del corazón, y tenía la frente chorreando, aunque todo mi cuerpo temblaba. Pero en medio de este desasosiego que se había pegado a mi piel de una forma tan real como real era aún la melaza del sueño, recordé al sargento de la Guardia Civil, el sargento Hidalgo, el único al que no había ido a ver, el único, pensé, capaz de ayudarme, tal vez el único que sabía lo que estaba sucediendo.

Era de noche aún y la pesadilla me había desvelado. Con cautela busqué un libro para apartar de mi mente las inquietantes imágenes del sueño, pero ninguno lograba abstraerme y recorría las líneas de una página o de dos sin enterarme de lo que leía, atenta a los crujidos de la madera en la noche, a las burbujas de aire condenadas a deambular por las viejas cañerías de la casa, al ajetreo invisible de insectos, roedores o reptiles en la oscuridad del campo, como si tras ellos se agazaparan, redivivos, los personajes de mi delirio y se confundiera con sus chirridos el motor de la camioneta gris. Había cerrado la ventana del cuarto, acuciada por el oscuro temor que me envolvía aún como una sutil telaraña y, aunque me asfixiaba, soporté con estoicismo y aprensión el inmóvil y enrarecido ambiente del cuarto. La claridad del alba me encontró dormitando entre el terror y la somnolencia y por el peso de tantas horas de angustia debí de caer rendida sin que las defensas contra el miedo tuvieran ya fuerza para resistir los embates del cansancio.

Cuando desperté, eran más de las once de la mañana.

Iré a verlo, decidí mientras me preparaba un café. Sí, iré a verlo, no sé cómo no se me ha ocurrido antes. ¿Será que los sueños nos previenen de lo que nos olvidamos, y nos indican un camino en el que no habíamos pensado? ¿Será que incluso nuestras ensoñaciones recurren a la verdad, a la realidad, y de hecho inventar no inventamos nada? Y más tímidamente aún: ¿Será posible que, incluso inventada, esta agonía que me corroe a todas horas sea amor?

El sargento Hidalgo me recibió con mucha amabilidad. Desde la puerta de su despacho, me miró, inquisitivo.

"¿Ha adelgazado usted? ¿Se encuentra bien?" "Tengo ojeras, ya lo sé, pero estoy bien", mentí, "he dormido mal. Eso debe de ser." "Siéntese, por favor", y él ocupó el sillón de su escritorio.

"¿En qué puedo ayudarla?" "Verá, es que, ¿recuerda aquella guarda que me robó la joya?" "Claro que me acuerdo. Usted se fue a Gerona y ella acabó confesando aquella misma noche. ¿Por qué?" "No, bueno, no sé. Es que tal vez usted no lo sepa, pero yo no la despedí." El asombro lo dejó mudo. Abrió mucho los ojos y con un gesto de la mano, sin que desapareciera aquella expresión que había aumentado el tamaño de sus ojos, me indicó que siguiera.

"No la despedí. Me pareció que tenía que darle una oportunidad.

Pero las cosas se fueron complicando. Desaparecía, volvía muy tarde por la noche…" "¿Le robó algo más?" "No, que yo sepa no robó nada más, aunque es difícil saberlo,c porque tengo que reconocer que no he examinado lo que hay y lo que no hay. De hecho, serviría de muy poco. La casa fue de mi padre y lo que hay en ella lo compró él o lo trajo él de nuestra casa. Así que, aunque se supone que yo tendría que tener el control de los objetos, no lo tengo, pero esto no importa ahora para lo que le voy a contar." Me miraba, intrigado, pero yo continué: "El día que yo me fui, después de las vacaciones de Pascua, o sea, tres meses después del robo, cuando ya estaba en el taxi para ir a la estación, Adelita me dijo que por falta de datos y de pruebas, el caso se había sobreseído y que por lo tanto no se había celebrado el juicio." "¡Pero si teníamos la confesión y la denuncia de usted! ¡No es posible!" El sargento no salía de su asombro.

"Sí, ya lo sé, pero al parecer la denuncia no se tuvo en cuenta, tal vez desapareció, no lo sé. En el juzgado, donde estuve hace unos días, dicen que no tenían constancia de esa denuncia, y que, al alegar Adelita que se había declarado culpable bajo presión, se había sobreseído el caso." "Quien tiene que ir al juzgado a enterarse de lo que ha pasado es un abogado, no usted. A usted no le dirán nada." Y añadió como para provocarme: "Y menos siendo mujer." "Tenga en cuenta que los abogados no quieren hacerse cargo del caso y acaban desentendiéndose", respondí, ignorando su comentario.

"He consultado con tres: uno desapareció, el otro dijo que no le interesaba y el tercero no ha hecho más que entretenerme y hacerme perder el tiempo, una manera como otra de desentenderse." "Ya comprendo", fue la respuesta.

Ahora llegaba lo más difícil.

Tenía que hablarle de la otra profesión de Adelita y de su nombre de guerra y de las bacanales que había organizado en mi casa. Teníae que decirle todo lo que sabía y cómo lo había sabido. Hice un esfuerzo por resumir, pero procuré no ocultarle nada. Y cuando me tocó hablar del hombre del sombrero, me entretuve en los detalles de su aspecto y de su cara, y de sus ropas y de sus gestos, saboreando esta primera vez que podía hablar de él, y alargando la explicación con el pretexto de que lo que le contaba era información necesaria para describir al hombre que tenía, dije, el amor de Adelita, sin especificar, como me habría gustado, que la hacía trabajar en esos menesteres, precisamente para él.

Conté casi todos los pormenores, por supuesto, excepto los que se referían a mis obsesiones, le conté con todo detalle la primera vez que los había encontrado en la plaza del mercado y le expliqué que durante un tiempo lo veía desde la ventana de mi casa en la ladera de enfrente porque había alquilado un chamizo a nuestros vecinos. Hablé de los timos que había cometido con la venta de las máquinas de coser y de los fraudes a la empresa La Puntual.

"Sí, eso lo sé", me interrumpió, "porque nos ha llegado de Barcelona una denuncia contra él que la empresa interpuso hace unos meses, pero como está en paradero desconocido, poco podemos hacer.