Lo trasladé a un pequeño almacén próximo y lo tendí sobre una losa de piedra a una altura adecuada para que las mujeres lo atendieran. Pero yo mismo le enderecé las piernas y con mis propias manos le cerré los ojos, que volvieron a abrirse muy lentamente, sin ver. Era espantoso contemplar el inanimado cuerpo de Héctor, me hacía pensar en mí mismo. Briseida me aguardaba inclinada en su asiento. Me miró, mas permanecimos un rato en silencio. Luego me dijo con voz neutra:
– Te he preparado un baño y comida y vino para después. Voy a encender las lámparas, ya ha anochecido.
¡Ah, si el agua tuviera el poder de arrastrar consigo las manchas de mi espíritu! Mi cuerpo estaba de nuevo limpio, pero no mi alma.
Briseida se sentó en el diván contiguo mientras yo jugueteaba con los alimentos y saciaba mi sed. Me sentía como si hubiera estado corriendo como un loco desde hacía años. Entonces ella utilizó aquella misma palabra. -¿Por qué te comportas como si estuvieras loco, Aquiles? -me dijo-. El mundo no va a acabarse porque Patroclo haya muerto. Aún viven otras personas que te quieren tanto como éclass="underline" Automedonte, los mirmidones, yo misma. -Vete -le dije; me sentía agotado.
– Cuando haya acabado de hablar. Sánate del único modo posible, Aquiles. Deja de complacer a Patroclo y devuelve a Héctor a su padre. No soy celosa, nunca lo he sido. Que Patroclo y tú fuerais amantes no me afectó personalmente ni a mi lugar en vuestra vida. Pero él sí era celoso y ello pervertía su personalidad. Creías que te consideraba traidor a tus ideales, pero para Patroclo la verdadera traición consistía en tu amor hacia mí. Ahí es donde comenzó todo. Después de eso nada de lo que hiciste era correcto por lo que a él se refería. No lo condeno, me limito a exponer la realidad. Él te quería y se sintió traicionado en su amor cuando me amaste. Y si pudiste hacerlo así, no eras la persona que él imaginaba. Era necesario que encontrara fallos. Tenía que alimentar su propia sensación de agravio.
– No sabes lo que dices -le respondí.
– Sí lo sé. Mas no deseaba hablarte de Patroclo sino de Héctor. ¿Cómo puedes comportarte de este modo con un hombre que se enfrentó a ti con tanto valor y que murió con tal dignidad? ¡Devuélveselo a su padre! No es el auténtico Patroclo quien te obsesiona sino aquel que has evocado para enloquecerte. ¡Olvídalo! Al final no se comportó como un verdadero amigo.
Entonces le propiné un bofetón que le volvió la cabeza y la tiró al suelo. La recogí horrorizado, la tendí y comprobé que se movía y gemía. Me desplomé en una silla y apoyé la cabeza en sus manos. Incluso Briseida era víctima de esa locura, pues de eso se trataba. ¿Pero cómo curarla? ¿Cómo desterrar a mi madre?
Sentí que me asían de las piernas y que tiraban débilmente del borde de mi faldellín. Levanté la cabeza horrorizado para ver al nuevo visitante que acudía a atormentarme y me sorprendió encontrarme con un hombre muy anciano de cabellos blancos y rostro contraído: era Príamo. No podía ser otro. Aparté los codos de las rodillas y él me cogió las manos y me las besó repetidamente vertiendo sus lágrimas en la misma piel en la que había vertido su sangre Héctor.
– ¡Devuélvemelo! ¡Devuélvemelo! ¡No alimentes a tus perros con él! ¡No lo dejes solo y sin purificar! ¡No le niegues un duelo adecuado! ¡Devuélvemelo!
Miré a Briseida, que estaba erguida en su asiento con los ojos llenos de lágrimas contenidas.
– Siéntate, señor -le dije al tiempo que lo ayudaba a levantarse y lo acomodaba en mi silla-. Un rey no debería rogar. ¡Siéntate!
En aquel momento apareció Automedonte en la puerta.
– ¿Cómo llegó hasta aquí? -le pregunté.
– En un carro tirado por mulas y guiado por un muchacho idiota, y lo digo literalmente. Una pobre criatura que murmuraba incoherencias. El ejército aún celebra el festín y el guardián del paso superior es mirmidón. El anciano le dijo que tenía que tratar algo contigo. Puesto que el carro estaba vacío y nadie iba armado, los dejó pasar.
– Trae fuego, Automedonte, y que no se te escape una palabra de su presencia aquí. Transmítele esta orden al guardián y exprésale mi reconocimiento.
Mientras aguardaba el fuego -hacía frío- aproximé una silla junto a la suya y le froté las nudosas manos, que tenía heladas, para calentárselas.
– Hacía falta valor para venir aquí, señor.
– No, ninguno.
Fijó en los míos sus legañosos ojos negros y prosiguió:
– En otros tiempos goberné un reino feliz y próspero, pero luego obré erróneamente. El mal estuvo en mí. En mí… Vosotros los griegos fuisteis enviados para castigarme por mi orgullo, por mi ceguera.
Le temblaban los labios, la humedad de sus ojos los hacía brillar.
– No requirió ni un ápice de valor venir aquí. Héctor era el precio final.
– El precio final será la caída de Troya -dije sin poder contenerme.
– Tal vez la caída de mi dinastía, pero no de la ciudad. Troya es más grande que eso, incluso ahora.
– La ciudad de Troya caerá.
– Bien, en eso me permito diferir, pero confío en que no caigan las razones de mi venida. ¡Concédeme el cadáver de mi hijo, príncipe Aquiles! ¡Pagaré por él un rescate adecuado!
– No necesito ningún rescate, rey Príamo. Llévatelo a tu casa -le dije.
El hombre se arrodilló por segunda vez para besarme las manos. Sentí un escalofrío. Hice una señal a Briseida y me liberé de él.
– Siéntate, señor, y comparte el pan conmigo mientras preparan a Héctor. Briseida, cuida de nuestro huésped.
Mientras hablaba con Automedonte en el exterior recordé algo.
– El tahalí de Áyax pertenecía a Héctor, pero la armadura no. Búscala y deposítala en el carro con él, Automedonte.
Al regresar encontré que Príamo, ya recuperado, charlaba animadamente con Briseida en uno de los desconcertantes cambios de humor característicos de los ancianos. El hombre le preguntaba cómo era que vivía conmigo si había nacido en la casa de Dárdanos.
– Estoy satisfecha, señor -decía ella-. Aquiles es un buen hombre y de noble cuna.
Se adelantó hacia él y le interrogó:
– ¿Por qué él cree que debe morir pronto, señor?
– Los destinos de Héctor y el suyo están unidos -repuso el soberano-. Así lo dicen los oráculos.
Como es natural, al verme abandonaron el tema. Entonces cenamos y descubrí que estaba hambriento, pero me esforcé por seguir el ritmo de Príamo y apenas caté el vino.
Después lo acompañé hasta su carro, en el que yacía el cadáver de su hijo cubierto con una sábana. Príamo no miró bajo las ropas, sino que se sentó junto al muchacho idiota y emprendieron la marcha. Iba tan erguido y orgulloso como si viajase en un carro de oro macizo.
Briseida me aguardaba con los cabellos sueltos y cubierta con una amplia túnica. Me dirigí a nuestro lecho mientras ella se entretenía apagando las lámparas.
– ¿Tan cansado estás que no puedes desnudarte?
Me desabrochó el collar y el cinturón, me quitó el faldellín y lo dejó todo en el suelo, donde había caído. Estaba agotado, apoyé la cabeza sobre los brazos y yací acurrucado mientras ella se instalaba a mi lado, se inclinaba sobre mí y encajaba sus puños en mis axilas. Le sonreí, de pronto me sentía tan ligero y dichoso como una criatura.
– No tengo fuerzas siquiera para tirarte de los cabellos -le dije.
– Entonces yace tranquilo y trata de dormir. Estoy aquí.
– Me siento demasiado cansado para dormir.
– Pues descansa, estaré a tu lado.
– ¿Me prometes que no me dejarás hasta el final, Briseida?
– ¿El final?
Su risa había desaparecido, inclinó su rostro sobre el mío y apenas distinguí sus ojos porque sólo quedaba una lámpara encendida y se encontraba en el extremo más alejado de la habitación. Con enorme esfuerzo alcé los brazos y cogí su cabeza entre las manos, sosteniendo su frágil cráneo tal como había sujetado el de Héctor y atrayéndola hacia mí.