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– He oído lo que te preguntaba Príamo y también su respuesta. Sabes a qué me refiero, Briseida.

– ¡Me niego a creerlo! -exclamó.

– Hay cosas que se le exigen a un hombre cuando nace y se le anuncian. No se trató de mi padre, fue cosa de mi madre. Venir a Troya significaba que aquí encontraría la muerte, y ahora que Héctor ya no existe Troya debe caer. Mi muerte es el precio de esa victoria.

– ¡No me dejes, Aquiles!

– Lo daría todo por quedarme, pero es imposible.

La joven permaneció inmóvil largo rato, la mirada fija en la diminuta llama que chisporroteaba en la concha de la lámpara, con respiración rítmica y pausada. Luego dijo:

– Esta noche, antes de verme, has ordenado que prepararan a Héctor para ser enterrado.

– Sí.

– ¿Por qué no me informaste? Siendo así, no habría dicho ciertas cosas.

– Tal vez era necesario decirlas, Briseida. Te pegué y un hombre nunca debe golpear a una mujer ni a un niño, a ningún ser débil. Cuando los hombres abandonaron la Antigua Religión fue parte del trato por el que los dioses les dieron derecho a gobernar.

– No me pegaste a mí sino a tu demonio -repuso ella sonriente-, y al golpearme lo expulsaste de tu interior. El resto de tu vida te pertenece a ti, no a Patroclo, y me alegro de ello.

Sentí que el cansancio me abandonaba y me apoyé en un codo para contemplarla. La lamparita hubiera sido amable con cualquier mujer, pero como ella no tenía tacha alguna, le confería el aura de una diosa, bruñía su blanco cutis con una tenue tonalidad dorada, enriquecía los destellos cobrizos de sus cabellos y daba brillos de ámbar líquido a sus ojos. Vacilante, le pasé los dedos por la mejilla y seguí una línea hasta su boca, hinchada por el impacto de mi mano. Su garganta formaba un hueco en la sombra, sus senos me enloquecieron y sus piececitos fueron el fin de mi mundo.

Y, puesto que por fin había reconocido cuán intensamente la necesitaba, encontré en ella cosas que superaban mis sueños. Si en el pasado había intentado conscientemente complacerla, ahora sólo pensaba en ella como una extensión de mi propio ser. Descubrí que lloraba, sus cabellos estaban mojados bajo mi rostro, sus manos se relajaron y buscaron inseguras las mías para estrecharlas en doloroso consuelo, sus manos en las mías sobre nuestras cabezas en la almohada que compartíamos.

Así fue como Héctor residió de nuevo en el palacio de sus antepasados, pero en esta ocasión sin saberlo. Por medio de Ulises nos enteramos de que Príamo había hecho caso omiso del orden sucesorio entre sus restantes hijos y que había escogido al jovencísimo Troilo como nuevo heredero. Según algunos troyanos, ni siquiera alcanzaba la edad del consentimiento; un término que nosotros desconocíamos y que no utilizábamos, pero que, al parecer, según Ulises, constituía el concepto troyano de madurez.

La decisión había tropezado con una gran oposición. El propio Troilo rogó al rey que nombrase heredero a Eneas. Ello incitó a Príamo a pronunciar una diatriba contra el dárdano, que concluyó cuando Eneas abandonó airado el salón del trono. Deífobo estaba sumamente enojado, así como Heleno, el joven hijo-sacerdote, que le recordó a Príamo el oráculo según el cual Troilo sólo salvaría la ciudad si vivía para alcanzar la edad del consentimiento. Príamo insistía en que Troilo ya la había alcanzado y ello confirmó la ambigüedad del término en la mente de Ulises. Heleno siguió rogándole al rey que cambiara de idea pero él se negó. Troilo fue designado heredero y nosotros comenzamos a afilar nuestras espadas en la playa.

Los troyanos dedicaron doce días a llorar la muerte de Héctor. Durante ese tiempo llegó Pentesilea, reina de las amazonas, con diez mil guerreras a caballo. Otra razón para que afilásemos nuestras armas.

La curiosidad engrasó nuestras piedras de amolar porque aquellas peculiares criaturas vivían completamente dedicadas a Artemisa la doncella y a un Ares asiático. Residían en las fortalezas de Escitia, al pie de las montañas de cristal que traspasan el techo del mundo; cabalgaban en enormes caballos por los bosques, donde cazaban y merodeaban en nombre de la doncella. Existían bajo el pulgar de la diosa tierra en su primera triple entidad -doncella, madre, anciana-, y gobernaban a sus hombres como las mujeres en nuestra parte del mundo antes de que la Nueva Religión sustituyera a la Antigua. Porque los hombres habían descubierto un hecho vitaclass="underline" que la semilla masculina era tan necesaria para la procreación como la mujer que cultivaba el fruto. Hasta que se realizó tal descubrimiento, el hombre estaba considerado como un lujo costoso.

La sucesión de las amazonas radicaba totalmente en la línea femenina; sus hombres eran bienes muebles que ni siquiera iban a la guerra. Los primeros quince años de la vida de una mujer después de haber alcanzado sus reglas estaban exclusivamente dedicados a la diosa doncella. Luego se retiraba del ejército, tomaba esposo y engendraba hijos. Sólo la reina se mantenía célibe, aunque renunciaba al trono durante el mismo tiempo en que las restantes mujeres abandonaban el servicio de Artemisa la doncella y, en lugar de tomar esposo, caía bajo el hacha como sacrificio para su pueblo.

Lo que ignorábamos acerca de las amazonas nos lo contó Ulises; parecía tener espías por doquier, incluso al pie de las montañas de cristal de Escitia. Aunque, desde luego, lo que más nos consumía era el hecho de que las amazonas cabalgaran en caballos. Nadie más lo hacía; ni siquiera en el lejano Egipto. Era difícil sentarse en un caballo porque tenían la piel resbaladiza y las mantas no podían sujetarse sobre ella; la única parte que solía utilizarse del animal era la boca, en la que podía introducirse un bocado unido a un arnés y a las riendas. Por consiguiente, la gente los utilizaba para arrastrar carros. Ni siquiera podían emplearse para tirar de las carretas porque el yugo los estrangulaba. ¿Cómo podían pues cabalgar en aquellos animales para conducirlos a la lucha?

Mientras los troyanos lloraban a Héctor nosotros descansamos preguntándonos si alguna vez volveríamos a verlos fuera de sus murallas. Ulises seguía confiando en que saldrían pero los demás no estábamos tan seguros.

El día decimotercero me vestí la armadura que Ulises me había regalado y descubrí que era mucho más ligera. Cruzamos los caminos superiores entre la oscuridad del alba; infinitas hileras de hombres avanzando con dificultades por la llanura mojada por el rocío, con algunos carros al frente. Agamenón había decidido instalar sus tropas en un frente de una media legua desde la muralla troyana adyacente a la puerta Escea.

Nos estaban aguardando, no tantos como antes, pero más numerosos que nosotros. La puerta Escea ya estaba cerrada.

La horda de las amazonas estaba situada en el centro de la vanguardia troyana; mientras aguardaba a que nuestras alas concluyeran su formación, me senté en el borde lateral de mi carroza y las estuve observando. Montaban en grandes bestias peludas de una raza que me era desconocida, con feas cabezas aquilinas, crines y colas peladas y cascos peludos. Eran de color uniformemente bayo o castaño, salvo uno de ellos de un blanco precioso situado en el centro, que sin duda pertenecería a la reina Pentesilea. Pude observar la habilidad con que se sostenían sobre sus monturas; ¡muy inteligente! Cada guerrera acomodaba sus nalgas y caderas en una especie de estructura de cuero sujeta bajo el vientre del caballo, de modo que se mantenía firmemente en su sitio.

Aunque lucían cascos de bronce, por lo demás iban ataviadas con cuero resistente y se cubrían desde la cintura hasta los pies con una especie de tubos también de cuero atados con correas desde los tobillos hasta las rodillas. Calzaban suaves botines. Las armas preferidas eran evidentemente el arco y las flechas, aunque algunas ceñían espadas.

En aquel momento sonaron los cuernos y tambores que anunciaban el inicio de la batalla. De nuevo me erguí en mi puesto empuñando a Viejo Pelión, cubriendo cómodamente mi hombro izquierdo con el escudo. Agamenón había concentrado todos sus carros, lamentablemente escasos, en la vanguardia, frente a las amazonas.