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Me dejé conducir hasta una silla y me senté mientras ella se instalaba a mis pies y se abrazaba a mis rodillas mirándome al rostro.

– ¿Se trata de tu madre, Aquiles?

Le cogí la barbilla y le sonreí.

– No, mi madre me ha dejado para siempre. La he oído despedirse de mí llorando en el campo de batalla. Me llaman, Briseida. El dios me llama por fin. Siempre me he preguntado cómo sería, nunca, ni por un instante imaginé que sentiría esta extrema conciencia de la vida. Creí que todo sería gloria y regocijo, algo que me transportaría físicamente en mi última batalla. Pero es una sensación tranquila y misericordiosa, me siento en paz. No hay demonios de años desaparecidos ni temor por el futuro. Mañana concluirá; mañana dejaré de existir. El dios ha hablado. No volverá a dejarme.

Ella se disponía a protestar pero la interrumpí con un ademán.

– Un hombre debe partir con elegancia, Briseida. Es el dios quien lo desea, no yo. Y no soy Heracles ni Prometeo para resistirme a él sino un ser mortal. He vivido treinta y un años y he visto y he sentido más que la mayoría de hombres que han sido cien veces testigos de cómo se volvían de oro las hojas de los árboles. No deseo sobrevivir a las murallas de Troya. Todos los grandes guerreros morirán aquí. ¡Áyax, Áyax! ¡Áyax!… No sería adecuado que yo sobreviviera. Me enfrentaré a las sombras de Patroclo e Ifigenia al otro lado del río y todo habrá desaparecido. Nuestros odios y nuestros amores pertenecen al mundo de los vivos… no puede existir nada tan fuerte en el mundo de los muertos. He hecho cuanto he podido. Ya no hay nada más. He rogado que mi nombre se perpetuara para ser cantado entre todas las generaciones venideras. Ésa es toda la inmortalidad a que cualquier hombre puede aspirar. El mundo de los muertos no te concede alegrías pero tampoco pesares. Si puedo combatir contra Héctor un millón de veces en los labios de los vivos, nunca moriré realmente.

Ella lloró sin cesar, su corazón de mujer no lograba vislumbrar cuan intrincada era la urdimbre del tiempo, de modo que no podía alegrarse conmigo. Pero existe un dolor muy profundo cuando incluso las lágrimas se secan. Por fin se quedó inmóvil y tranquila.

– Si tú mueres, también yo moriré -dijo entonces.

– No, Briseida, tú debes vivir. Reúnete con mi hijo Neoptólemo, cásate con él y dale los hijos que no hemos tenido. Néstor y Agamenón se han comprometido a cumplir mis deseos.

– Ni siquiera a ti puedo prometerte algo así. Me arrancaste de una vida y me diste otra, no puede existir una tercera. Debo compartir tu destino, Aquiles.

La levanté del suelo con una sonrisa.

– Cuando poses tu mirada en mi hijo pensarás de otro modo. Las mujeres estáis destinadas a sobrevivir. Sólo me debes una noche más. Luego te entregaré a Neoptólemo.

CAPITULO VEINTIOCHO

NARRADO POR AUTOMEDONTE

Pasamos por los caminos superiores con el corazón ligero por enfrentarnos a un ejército casi inutilizado e inexistente. Aquiles permanecía insólitamente silencioso a mi lado, pero no pensé en interrogarlo acerca de las causas de su estado de ánimo. Erguido como un faro con su armadura de oro; el delicado penacho dorado del casco flotaba al viento y saltaba sobre sus hombros mientras avanzábamos dando tumbos por el terreno desigual. Me volví a sonreírle en espera de su habitual expresión de camaradería, pero en aquella ocasión olvidó nuestro pequeño ritual. Miraba hacia el frente, a un punto que yo ignoraba. Una paz grave y controlada se había extendido por su atormentado rostro; de pronto sentí como si condujera a un desconocido. No me habló ni una sola vez durante nuestro camino hacia el núcleo de la batalla, ni me sonrió en ningún instante. Aunque debería haberme desanimado, inexplicablemente no fue así. En lugar de ello me sentía optimista, como si algo de él influyera en mí.

Luchó mejor que nunca, al parecer empeñado en concentrar toda su enorme gloria en el espacio de un solo día, aunque en lugar de sumirse en su habitual frenesí asesino, se esforzaba por procurar el avance de los mirmidones. Utilizaba la espada en vez del hacha y lo hacía en absoluto silencio, como cuando un rey realiza su gran sacrificio anual a la divinidad. Aquel pensamiento suscitó otro en mí y de repente comprendí cuál era la diferencia que observaba en él. Siempre había sido príncipe, nunca rey. Aquel día era un soberano. Me pregunté si habría tenido alguna premonición acerca de la muerte de Peleo.

Mientras maniobraba el carro por el campo miré casualmente al cielo y el tiempo me desagradó. Pese a que amanecía, la jornada se anunciaba triste y gris, con promesas no ya de frío sino de temporal. La bóveda celeste tenía en aquellos momentos un peculiar tono cobrizo, hacia el este y el sur se condensaban grandes y negros nubarrones y destellaban los relámpagos sobre el monte Ida, donde creíamos que los dioses se reunían para observar la contienda.

Fue una derrota absoluta. Los troyanos no podían resistírsenos cuando todos los jefes de nuestro ejército parecían poseídos por una forma menor de la grandeza que imbuía a Aquiles, como los rayos que brotaban de la cabeza de Helio. Pensé que era el reflejo que él despedía; se había convertido en el más grande de los reyes.

Poco después durante aquella jornada los troyanos rompieron filas y huyeron. Busqué a Eneas, preguntándome por qué no se esforzaba en absoluto por reagruparlos. Pero debía de estar pasando una jornada aciaga porque no se veía ni rastro de él por ninguna parte. Más tarde supe que se mantenía apartado y no enviaba a sus hombres donde se precisaban refuerzos. Nos habíamos enterado de que había sido nombrado un nuevo heredero llamado Troilo. Entonces recordé que Aquiles me había dicho que Príamo insultó a Eneas al designar a Troilo como su sucesor. Bien, aquel día Eneas le demostraba a Príamo que había sido un viejo necio al insultar a un príncipe dárdano, también heredero.

Habíamos visto antes a Troilo en el campo, cuando luchaban Pentesilea y también Memnón. Había tenido suerte al no tropezarse nunca con Aquiles ni con Áyax pero la situación cambió aquel día. Aquiles lo persiguió incansable, siguiéndolo en todas las direcciones que tomaba y aproximándose a él cada vez más. Cuando Troilo comprendió que se avecinaba lo inevitable, pidió ayuda apurando insistentemente a sus hombres. Advertí que le enviaba un mensajero a Eneas, que se hallaba próximo. Éste se inclinó a escucharlo desde su carro con aparente interés. Vi retirarse al mensajero, mas no advertí que Eneas levantara un dedo en ayuda de Troilo. En lugar de ello hizo girar su carro y se trasladó a otro lugar con sus hombres.

Troilo era valiente. Como hermano de Héctor, al cabo de unos años podría haberse convertido en alguien como él, pero a su edad no tenía ninguna oportunidad. Al ver que nos aproximábamos, levantó su lanza y el auriga mantuvo firme el vehículo para que arrojase aquel único proyectil que podría tirar antes de hallarse demasiado próximo. Sentí que el brazo de Aquiles rozaba el mío y comprendí que se disponía a lanzar a Viejo Pelión. La gran lanza salió disparada soberbiamente volando por los aires con la precisión de una flecha de Apolo, y su afilado hierro se hundió profundamente en la garganta del muchacho, que cayó en silencio. Y sobre las cabezas de las desesperadas tropas troyanas vi que Eneas nos observaba con amargura. Nos apoderamos de la armadura de Troilo y de su tronco de caballos y exterminamos al resto de sus hombres.

En cuanto Troilo murió, Eneas se reanimó rápidamente. Superó su apatía y arremetió contra nosotros con el resto del ejército troyano, situándose en todo momento entre los soldados y procurando no encontrarse jamás a tiro de lanza de Aquiles. Muy astuto el dárdano. Deseaba desesperadamente vivir. Me pregunté qué pasiones le impulsaban, porque no era un cobarde.

El sol había desaparecido y se preparaba la tormenta. Tan intenso era el poder latente que sentíamos acumularse en el cielo que los soldados comenzaron a proferir presagios funestos. Las nubes fueron descendiendo cada vez más, los relámpagos caían más próximos y distinguimos el trueno sobre el estrépito de la batalla. Nunca había visto el cielo de tal modo ni el padre celestial me había provocado tales escalofríos. La luz se había vuelto tenue, con un sobrecogedor resplandor que recordaba el azufre, y las nubes eran tan negras como la barba de Hades y se retorcían como el humo de una inmensa hoguera de aceite que, al ser iluminada por los relámpagos, se convertía en intenso azul. Oí decir a los mirmidones que se hallaban detrás de mí que el padre Zeus nos enviaba un presagio de absoluta victoria y por el modo de comportarse de los troyanos imaginé que también consideraban que el triunfo sería nuestro.