Fue cojeando hasta su silla y se dejó caer pesadamente en ella.
Agamenón parecía incómodo, pero era evidente que la mayoría de nosotros estábamos de acuerdo con lo que Áyax había dicho. Observé a Ulises desconcertado. ¿Por qué reivindicaría él la armadura?
El hombre se adelantó y se plantó tranquilamente con los pies separados y los pelirrojos cabellos brillando bajo la luz. Pelirrojo y zurdo. A ciencia cierta que allí no había sangre divina.
– Es cierto que traté de librarme de venir a Troya -dijo Ulises-. Sabía cuánto duraría esta guerra. De no mediar el juramento, ¿cuántos de vosotros os hubierais alistado en esta expedición si hubierais imaginado el tiempo que estaríais ausentes?
»En cuanto a Aquiles, soy la única razón por la que él vino a Troya… Nadie más que yo comprendió claramente la estratagema urdida para mantenerlo en Esciro. Áyax estaba allí, pero no la vio; preguntadle a Néstor y lo confirmará.
«Respecto a mis antepasados, ignoro las infames insinuaciones de Áyax. También yo soy biznieto del poderoso Zeus.
»Y por lo que se refiere a valor físico, ¿ha dudado alguno de vosotros del mío? No tengo mejor cuerpo que nadie para respaldar mi valor, pero me comporto cumplidamente en las batallas. Si alguien lo ha dudado, que cuente mis cicatrices. El rey Diomedes es mi amigo y amante, no mi lacayo.
Hizo una pausa. Tenía más facilidad para expresarse que Áyax.
– He reclamado la armadura por una sola razón. Porque quiero darle el destino que Aquiles hubiera deseado.
»Si yo no puedo llevarla, ¿acaso le es posible a Áyax? Si para mí es demasiado grande, sin duda resulta demasiado pequeña para él. Dádmela, la merezco.
Abrió ampliamente los brazos como si quisiera demostrar que no había nada que discutir y se volvió a su asiento. En aquel momento eran muchos los que dudaban, pero eso no importaba. Agamenón decidiría.
El gran soberano se dirigió a Néstor.
– ¿Qué opinas tú?
– Que Ulises merece la armadura -repuso éste con un Suspiro.
– Entonces, así sea. Ulises, toma tu galardón.
Áyax dio un grito y desenvainó su espada, pero, fuesen cuales fuesen sus propósitos, no los llevó a cabo. Aunque saltó bruscamente de su silla cayó cuan largo era en el suelo y allí se quedó tendido sin que, pese a nuestros intentos, nadie consiguiera levantarlo. Al final Agamenón ordenó que trajesen una camilla y se lo llevaron ocho soldados. Ulises depositó la armadura en un carrito de mano mientras los soberanos se dispersaban, entristecidos y desanimados. Yo fui a beber vino para quitarme la amargura de la boca. Cuando Ulises acabó de hablar comprendimos lo que se proponía hacer con su premio: entregárselo a Neoptólemo. Tal vez en Troya eso hubiera sido posible como regalo directo, pero en nuestros países, la armadura perteneciente a un hombre difunto era enterrada con él u otorgada como premio en los juegos funerarios. Una lástima. Sí, tal como había concluido todo, había sido una verdadera lástima.
Era ya entrada la noche cuando renuncié a embriagarme. Avancé por las calles solitarias entre las altas casas buscando una luz, un lugar que me pudiera ofrecer consuelo. Y por fin lo encontré en forma de una llama que ardía en el hogar de Ulises. La cortina aún estaba recogida en la puerta, por lo que entré tambaleándome.
Ulises se hallaba sentado con Diomedes observando los rescoldos rojizos del fuego con aire apesadumbrado. Le pasaba el brazo por el cuello y acariciaba lentamente el hombro desnudo del argivo. Como un forastero contemplando su solidaridad, como un perro sin amo, sentí una repentina oleada de soledad. Aquiles estaba muerto y yo me hallaba al frente de los mirmidones; yo, que no había nacido para asumir ese mando. Era algo espantoso. Entré en el círculo de luz y me senté fatigado.
– ¿Molesto? -pregunté algo tardíamente.
– No, ten un poco de vino -repuso Ulises, sonriente.
El estómago se me revolvió.
– No, gracias. Toda la noche he estado tratando de embriagarme sin éxito.
– ¿Tan solo estás, Automedonte? -inquirió Diomedes.
– Más solo de lo que desearía. ¿Cómo puedo ocupar su lugar? ¡No soy Aquiles!
– Tranquilízate -susurró Ulises-. Envié en busca de Neoptólemo hace diez días, cuando vi la sombra de la muerte ensombrecer su rostro. Si los vientos y los dioses son benévolos, no tardará en llegar.
Sentí un alivio tan enorme que estuve a punto de besarlo.
– ¡Te lo agradezco con todo mi corazón, Ulises! Los mirmidones deben ser dirigidos por la sangre de Peleo.
– No me agradezcas que haya hecho lo más sensato.
Nos sentamos con desenfado mientras transcurría la noche inspirándonos consuelo unos a otros. En una ocasión imaginé oír alboroto en la distancia pero se disipó rápidamente. Volví a centrar mi atención en lo que Diomedes decía. Entonces sonó un gran grito y en esta ocasión lo distinguimos los tres. Diomedes se levantó felinamente cogiendo su espada mientras Ulises seguía sentado indeciso con la cabeza ladeada. El ruido creció y salimos siguiendo su dirección.
Nos aproximamos al Escamandro y finalmente a su orilla, donde se encontraba un corral con animales dedicados a los altares, todos ellos escogidos individualmente, bendecidos y marcados con un símbolo sagrado. Algunos reyes estaban ante nosotros y ya había sido apostado un guardián para mantener alejados a los simples curiosos. Como es natural, nos permitieron el paso inmediatamente y nos reunimos con Agamenón y Menelao, que estaban junto a la verja que rodeaba el corral observando algún objeto que acechaba en la oscuridad. Distinguimos risas demenciales y una voz farfullante que gritaba cada vez con más fuerza algunos nombres a las estrellas, proclamando su rabia y su burla.
– ¡Toma esto, Ulises, engendro de ladrones! ¡Muere, Menelao, sinuoso adulador!
Y así proseguía una y otra vez mientras escudriñábamos las tinieblas infructuosamente. Luego alguien tendió una antorcha a Agamenón, que la levantó sobre su cabeza y proyectó la luz sobre un amplio sector. Sofoqué un grito de horror. El vino me revolvió el estómago que no había querido llenar; me aparté a un lado y devolví. Hasta donde alcanzaba la luz de la antorcha había sangre. Ovejas y cabras yacían en lagos sangrientos con ojos vidriados y expresiones fijas, los miembros cortados, degolladas, y sus pieles mostraban en ocasiones decenas de heridas. Al fondo estaba Áyax con una espada ensangrentada en la mano. Cuando no vociferaba insultos mantenía la boca abierta en escalofriante carcajada. Un aterrado ternerillo pendía de su mano y agitaba sus cascos contra la inmensa mole mientras él lo acuchillaba. Cada vez que le asestaba una puñalada al animal lo llamaba Agamenón y prorrumpía en otro estallido de carcajadas.
– ¡Que haya llegado a esto! -susurró Ulises.
Conseguí controlar mis náuseas.
– ¿Qué sucede? -logré preguntar.
– Es la locura, Automedonte. Resultado de diferentes causas. Demasiados golpes en la cabeza en el curso de los años, excesivo dolor, tal vez un ataque de apoplejía. ¡Pero acabar así! Ruego que nunca se recupere bastante para darse cuenta de lo que ha hecho.
– Tenemos que detenerlo -dije.
– Inténtalo, por supuesto, Automedonte. Yo no tengo ninguna pretensión de reducir a Áyax en un acceso de locura.
– Ni yo -repuso Agamenón.
De modo que nos limitamos a observar.
Al amanecer, su arrebato se disipó. Recobró el sentido con los pies bañados en sangre y miró en torno, como quien sufre una pesadilla, a los montones de animales consagrados que lo rodeaban, a la sangre que lo cubría de los pies a la cabeza, a la espada que aún sostenía en la mano y a los monarcas que lo observaban en silencio desde detrás de la valla. Aún sostenía una cabra en las manos, sin vida, espantosamente mutilada. Con un grito de horror la tiró al comprender por fin lo que había hecho aquella noche. Entonces corrió hacia la valla, la saltó y huyó lejos de aquel lugar como si ya lo persiguieran las Furias. Teucro se separó de nosotros para seguirlo; nosotros continuamos allí conmovidos hasta la médula.