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– ¡Sí, sí, desde luego! -exclamó el gran soberano lamentando la frase escogida-. Te ruego que me disculpes, Ulises. ¡Duro trabajo, siempre duro trabajo! Lo sé, lo reconozco. Y ahora dinos, ¿qué hay de los oráculos?

– En cuanto a lo que nos atañe, sólo tres entre esos miles tienen alguna importancia. Por fortuna, ninguno de ellos presenta un obstáculo insuperable. Venían a decir algo así: Troya caerá este año si los jefes griegos poseen el omóplato de Pélops, si Neoptólemo acude al campo de batalla y si Troya pierde el Paladión de Palas Atenea.

Me puse en pie entusiasmado.

– ¡Tengo el omóplato de Pélops, Ulises! El rey Piteo me lo entregó a la muerte de Hipólito. El anciano me apreciaba y era su reliquia más valiosa. Dijo que prefería que lo tuviera yo a Teseo. Lo traje a Troya para que me diera buena… fortuna.

– ¿No es esto buena fortuna? -le preguntó Ulises a Agamenón con una sonrisa-. Abrigamos grandes esperanzas de que llegue Neoptólemo, de modo que eso ya está solucionado. Lo que nos deja con el Paladión de Palas Atenea, que por fortuna es mi protectora. ¡Oh dioses, dioses!

– Me estoy irritando, Ulises -dijo el gran soberano.

– ¡Ah!, ¿dónde estaba? Con el Paladión. Bien, tenemos que hacernos con la antigua imagen que se venera más que ninguna en la ciudad y cuya pérdida sería un duro golpe para Príamo. Según tengo entendido, la imagen está situada en algún lugar de la cripta de la Ciudadela. Se trata de un secreto celosamente guardado. Pero estoy seguro de que lograré desentrañarlo. La parte más difícil del ejercicio consistirá en moverla, pues dicen que es muy voluminosa y pesada. ¿Me acompañarás a Troya, Diomedes?

– ¡Encantado!

Puesto que no había nada más importante que discutir, el consejo se disolvió. Menelao detuvo a Ulises a la puerta y lo cogió del brazo.

– ¿La verás? -le preguntó melancólico.

– Probablemente -repuso Ulises con dulzura.

– Dile que hubiera deseado que se reuniera conmigo.

– Lo haré.

Pero cuando regresábamos a su casa, Ulises añadió:

– ¡No se lo digas! Helena está destinada al hacha, no a su antiguo lugar en el lecho de Menelao.

Me eché a reír.

– ¿Te importa que apostemos sobre esto? -le pregunté.

– ¿Subiremos por el conducto? -fue mi primera pregunta cuando nos acomodamos para elaborar un plan.

– Tú podrás, pero yo no. Tengo que estar en condiciones de acceder a Helena sin despertar sospechas. Por consiguiente no puedo parecerme a Ulises.

Salió de la habitación pero regresó al instante con un látigo corto y amenazador dividido en cuatro correas rematadas cada una de ellas por un fragmento mellado de bronce. Los miré perplejo a él y al látigo y entonces Ulises se volvió de espaldas y comenzó a despojarse de su blusa.

– Azótame, Diomedes -me ordenó.

Me eché hacia atrás horrorizado.

– ¿Te has vuelto loco? ¿Azotarte precisamente a ti? ¡Me es imposible!

Apretó los labios con decisión.

– Entonces cierra los ojos e imagínate que soy Deífobo. Tengo que ser debidamente azotado.

Le pasé el brazo por los hombros desnudos.

– Pídeme cualquier cosa menos ésa. ¿Azotarte a ti, a un rey, como si fueras un esclavo rebelde?

Se rió quedamente y apoyó la mejilla en mi brazo.

– ¡Oh, qué importarán algunas cicatrices más en mi flaco pellejo! Debo parecer un esclavo rebelde, Diomedes. ¿Qué mejor que una espalda ensangrentada en un esclavo griego huido? Utiliza el látigo.

– ¡No! -respondí negando con la cabeza.

– ¡Te digo que uses el látigo, Diomedes! -exclamó con expresión torva.

Lo cogí a regañadientes, enrollé las cuatro tiras en mi mano, hice acopio de todo mi valor y las descargué sobre su piel, en la que se levantaron verdugones morados. Observé cómo se hinchaban con repulsiva fascinación.

– ¡Pon algo más de entusiasmo! -me encareció impaciente-. ¡No has vertido sangre!

Cerré los ojos y obedecí sus órdenes. Le propiné diez latigazos en total con aquel infame instrumento y en cada ocasión vi surgir la sangre; y lo dejé marcado para toda su vida como a cualquier esclavo rebelde.

– No te apenes por ello, Diomedes -me dijo dándome un beso-. ¿Para qué necesito un cutis impecable?

Y con una mueca añadió:

– No sienta mal. ¿Tiene mal aspecto?

Asentí en silencio.

Se quitó el faldellín y se movió por la habitación hasta encontrar un pedazo de sucio hilo con el que se cubrió los lomos, se despeinó los cabellos y los tiznó con hollín del trípode de fuego. Juraría que vi brillar sus ojos de pura alegría. Entonces me tendió unas esposas.

– ¡Encadéname, tirano argivo! -me ordenó.

Le obedecí por segunda vez, consciente de sentirme herido por el azotamiento en unos aspectos que él nunca experimentaría. Para Ulises aquello sólo significaba un medio para conseguir un fin. Mientras me arrodillaba para sujetar las esposas a sus tobillos, me dijo:

– Una vez me halle dentro de la ciudad me introduciré en la Ciudadela. Viajaremos juntos en el coche de Áyax, es fuerte, estable y silencioso, hasta que lleguemos al bosquecillo próximo a la tone de vigilancia pequeña que se halla en nuestro extremo de la Cortina Occidental. A partir de allí nos separaremos. Yo me infiltraré por la puertecilla de la entrada Escea y haré lo mismo en las puertas de la Ciudadela… utilizaré el pretexto de que deseo ver urgentemente a Polidamante. Creo que su nombre funcionará a la perfección.

– Pero en realidad no irás a ver a Polidamante -dije mientras me erguía.

– No. Me propongo ver a Helena. Imagino que tras su forzado matrimonio se alegrará de ayudarme. Ella sin duda lo sabrá todo acerca de la cripta. Incluso acaso conozca el paradero del santuario donde se halla el Paladión.

Anduvo unos momentos por la sala practicando con su parafernalia.

– ¿Y qué haré yo entretanto?

– Tú aguardarás entre los árboles hasta que llegue la medianoche. Entonces subirás por nuestro conducto y matarás a los guardianes de las proximidades de la pequeña torre de vigilancia. Yo me las arreglaré como sea para conducir la imagen hasta la muralla. Cuando oigas esta variedad de cántico de la alondra nocturna… -la silbó en tres ocasiones-, vendrás a ayudarme a pasarla por el conducto.

Dejé a Ulises en el bosquecillo sin ser detectado y me instalé allí para esperar. Cojeando y tambaleándose corrió como enloquecido hacia la puerta Escea, vociferando y arrastrándose entre el polvo; era el ejemplar más lastimoso de ser humano que yo había visto en mi vida. Siempre le encantaba representar a un personaje distinto, pero creo que la identidad por él preferida era la del esclavo huido.

Cuando había transcurrido la mitad de la noche busqué nuestro conducto y lentamente me deslicé por su retorcida y sofocante extensión sin hacer ningún ruido. Al llegar a lo alto descansé y traté de acostumbrarme a la luz de la luna, aguzando los oídos para captar los escasos sonidos que se difundían por el pasillo superior de las murallas. Me encontraba próximo a la torre de vigilancia menor que Ulises había convertido en nuestro punto de encuentro porque estaba muy alejada de otros puntos más custodiados.

Se hallaban de servicio cinco guardianes, despiertos y vigilantes, pero estaban todos en el interior. Me pregunté cómo se organizaba esa gente para permitirse tanta comodidad mientras los bastiones quedaban descuidados. ¡Hubieran durado muy poco en un campamento griego!

Yo vestía un traje de ligero cuero negro compuesto de faldellín y blusón y sostenía una daga entre los dientes y una espada corta en la diestra. Me acerqué a la ventana de la sala de guardia y tosí ruidosamente.

– Ve a ver quién hay fuera, Maios -dijo alguien.

Y el tal Maios salió paseando, una tos no disimulada no es en absoluto alarmante, aunque se oiga sobre los muros más duramente disputados del mundo. Al no ver a nadie se puso en tensión, aunque como era un necio no llamó pidiendo refuerzos. Era evidente que creía estar imaginando cosas y salió con la pica preparada. Cuando hubo pasado por delante de mí me levanté en silencio, lo amordacé con una mano y con la otra utilicé la espada. Acto seguido lo dejé caer quedamente en el camino y lo arrastré a un rincón oscuro.