El ambiente era muy animado, las conversaciones estaban adobadas con alegría y chanzas, el vino era excelente. Entonces Menelao hizo acudir al arpista para que cantase y, ya sensibilizados por aquellos momentos, nos instalamos cómodamente a escucharlo. Aún no ha nacido el griego a quien no le agraden los cánticos, los himnos, las baladas de su país; preferíamos escuchar al bardo que acostarnos con mujeres.
El arpista nos obsequió con un poema sobre Heracles. Luego aguardó paciente a que se extinguieran los aplausos demasiado entusiastas. Era un magnífico poeta y un gran músico. Agamenón lo había traído consigo de Áulide hacía diez años, pero procedía originalmente del norte y se decía que descendía del propio Orfeo, el cantor por excelencia.
Alguien le pidió que cantara el Himno Bélico de Tideo; otro, el Lamento de Dánae, y Néstor deseaba escuchar la Historia de Medea, pero a cada petición negaba sonriente con la cabeza. Entonces se arrodilló ante Agamenón y le dijo:
– Si me autorizas, señor, he compuesto una canción sobre acontecimientos mucho más próximos a nosotros que las hazañas de héroes ya muertos. ¿Me permites cantarte mi propia composición?
Agamenón inclinó su imperial y blanquísima cabeza en señal de asentimiento.
– Canta, Alfides de Salmideso.
El hombre pasó con delicadeza los dedos por las tensas cuerdas para extraer de su querida lira un lento y melódico tañido de dolor. La canción era triste y sin embargo espléndida: trataba de Troya y del ejército de Agamenón ante sus murallas. Nos mantuvo largo rato absortos porque un poema tan titánico no se canta en unos instantes. Estábamos sentados, apoyadas las barbillas en las manos, con los ojos cerrados y las mejillas mojadas en llanto. El cántico concluía con la muerte de Aquiles. El resto era demasiado penoso. Aún nos resultaba difícil pensar en Áyax.
Elogiamos larga y entusiastamente al arpista Alfides de Salmideso, aunque con el corazón herido, pues nos había dado un sabor de inmortalidad, ya que su canción sin duda nos sobreviviría a todos. Aún respirábamos y sin embargo figurábamos en el cántico. Era una carga abrumadora para poder soportarla.
Cuando por fin concluyeron los aplausos deseé estar a solas con Ulises; aquella multitud humana parecía ajena al estado de ánimo que el músico nos había inspirado. Miré a mi amigo, que comprendió sin tener que profanar el instante con palabras. Se levantó, se dirigió hacia la puerta y sofocó ruidosamente un grito. Puesto que se había instalado un repentino silencio en la sala, todos nos volvimos hacia él y nos quedamos también estupefactos.
Al principio la similitud nos resultó extraña; con el hechizo de la canción aún latente en nosotros, era como si Alfides de Salmideso hubiera conjurado un fantasma con su música. ¡Pensé que Aquiles también había venido a escucharlo! ¿Pero quién le había dado a su sombra la sangre necesaria para permitirle concretarse?
Entonces lo miré con más detenimiento y comprendí que no se trataba de Aquiles. Aquel hombre era tan alto y corpulento como él pero muchos años más joven. Apenas le apuntaba la barba, cuyo incipiente asomo era rubio oscuro y los ojos más ambarinos. Y sus labios estaban perfectamente formados.
No podíamos adivinar cuánto tiempo llevaba allí, pero por el sufrimiento que reflejaba su rostro debía de ser bastante para haber oído por lo menos el final de la canción.
Agamenón se levantó y fue a su encuentro tendiéndole el brazo.
– Bien venido seas, Neoptólemo, hijo de Aquiles -lo saludó.
El joven inclinó gravemente la cabeza.
– Gracias. He venido a ayudar, pero zarpé antes… antes de saber que mi padre había muerto. He tenido conocimiento de ello por el arpista.
Ulises se reunió entonces con ellos.
– ¿Qué mejor modo de conocer tan espantosa noticia? -le preguntó.
Neoptólemo inclinó la cabeza con un suspiro.
– Sí, la canción lo dijo todo. ¿Ha muerto París?
Agamenón le cogió las manos.
– Así es.
– ¿Quién lo mató?
– Filoctetes, con las flechas de Heracles.
El joven trató de mostrarse cortés, de mantener el rostro impasible.
– Lo siento, pero no conozco vuestros nombres. ¿Quién es Filoctetes?
– Soy yo -se presentó éste.
– No estaba aquí para vengarlo, de modo que te doy las gracias.
– Lo sé, muchacho. Me consta que hubieras preferido hacerlo tú mismo. Por casualidad logré acabar con ese bandido… o por la connivencia de los dioses, ¿quién puede saberlo? Y ahora, puesto que no nos conoces, permíteme que nos presente. Nuestro gran soberano es quien primero te ha saludado, el siguiente ha sido Ulises, los demás somos Néstor, Idomeneo, Menelao, Diomedes, Automedonte, Menesteo, Meriones, Macaón y Eurípilo.
¡Pensé en cuánto se habían reducido nuestras filas!
Ulises, Automedonte, que estaba absorto, y yo condujimos a Neoptólemo a la barricada de los mirmidones. Fue un paseo más bien largo y la noticia de su llegada ya nos había precedido. A todo lo largo del camino los soldados salían de sus casas y se exponían al inclemente sol para saludarlo con tanto entusiasmo como habían vitoreado a su padre. Descubrimos que se parecía a Aquiles en algo más que en su aspecto, les agradecía su enorme entusiasmo con la misma tranquila sonrisa y espontáneo ademán y, como su padre, se mantenía reservado; no exteriorizaba pródigamente sus sentimientos con todos aquellos que entraba en contacto. Durante el camino rellenamos los huecos existentes en el cántico y le explicamos cómo había muerto Áyax y le hablamos de Antíloco y de todos los demás que habían encontrado la muerte. A continuación le describimos a los vivos.
Los mirmidones habían formado filas y no pronunciaron ninguna aclamación hasta que el muchacho, que apenas tendría más de dieciocho años, les hubo hablado. Luego golpearon los escudos con sus espadas con tal estrépito que a Ulises y a mí nos impulsó a alejarnos. Anduvimos hasta el otro extremo de la playa, a nuestro propio recinto.
– Y esto nos conduce hacia el fin, Diomedes.
– Si los dioses conocen el significado de la piedad, ruego que conduzca a un fin -le respondí.
Con un soplido se apartó un mechón pelirrojo de los ojos.
– Diez años… Es curioso que Calcante no se equivocara en ello. Me pregunto si fue por azar o si en realidad sería clarividente.
– No es político dudar de los poderes de los sacerdotes -repuse con un estremecimiento.
– Tal vez. ¡Oh, desprender de mis cabellos el polvo de Troya! ¡Zarpar de nuevo por los mares! ¡Lavarse el hedor de esta llanura con limpia agua marina! ¡Ir a algún lugar de aires tranquilos y donde las estrellas brillen sin competir con diez mil fuegos de campamento! ¡Verse purificado!