– Me hago eco de todo ello, Ulises. Aunque también resulta difícil creer que todo esté casi concluido.
– Acabará con un cataclismo que competirá con Poseidón.
Lo miré sorprendido.
– ¿Has imaginado ya la forma de conseguirlo?
– ¡Sí!
– ¡Cuéntamela!
– ¿Antes de que llegue la hora? ¡Diomedes, Diomedes! ¡Ni siquiera por ti puedo hacerlo! Pero no tardará en llegar el momento.
– Entremos y te curaré esos latigazos.
Aquello lo hizo reír.
– Ya sanarán -dijo.
Al día siguiente Neoptólemo vino a cenar con nosotros.
– Tengo algo reservado para ti, Neoptólemo -le dijo Ulises cuando hubo concluido la cena-. Es un regalo.
El joven me miró sorprendido.
– ¿Qué quiere decir? -me preguntó.
Yo me encogí de hombros. -¿Quién puede saberlo salvo Ulises?
Regresó conduciendo un enorme trípode en el que se hallaba extendida la dorada armadura que Tetis había rogado que forjara Hefesto. Neoptólemo se levantó bruscamente y murmuró algo para mí incomprensible, luego se acercó a tocar la coraza con delicadeza y cariño.
– Cuando Automedonte me explicó que se la habías ganado a Áyax en un debate me enojé muchísimo -dijo con lágrimas en los ojos-. Pero debo pedirte perdón. ¿La conseguiste para mí?
– A ti te irá perfectamente, muchacho -repuso Ulises con una sonrisa-. Hay que ponérsela, no debe pender de un muro ni ser desperdiciada con los parientes de un difunto. Vístela, Neoptólemo, y que te traiga buena suerte. Sin embargo, te costará acostumbrarte a ella. Debe de pesar lo mismo que tú.
Durante los cinco días siguientes se produjeron algunas escaramuzas. Neoptólemo tuvo su primera experiencia con los troyanos y se relamió. Era un guerrero, había nacido para la lucha y ansiaba sumergirse en ella. Sólo el tiempo era su enemigo y él lo sabía. Sus ojos expresaban su convencimiento de que desempeñaría un papel de escasa importancia en los momentos finales de una gran guerra, que las coronas de laurel se tejerían para otras cabezas, las que habían resistido aquellos diez años. Sin embargo, él era el factor decisivo. Nos traía esperanza, furia y entusiasmo renovado. Los ojos de todos los soldados, ya fuesen mirmidones, argivos o etolios, lo seguían con igual devoción perruna cuando pasaba en el carro de su padre vestido con su armadura. Para ellos era Aquiles y yo observaba continuamente a Ulises, ávido porque se convocara el consejo.
Sucedió a mitad de una luna desde la venida de Neoptólemo y fue anunciado por uno de los heraldos imperiales: sería al día siguiente, tras la comida de mediodía. Comprendí la inutilidad de intentar sonsacarle a Ulises. De modo que cuando acabamos de cenar adopté un aire totalmente desinteresado mientras lo escuchaba abordar un tema y desecharlo con tal ligereza y habilidad como un acróbata. Asumió muy bien mi actitud y prorrumpió en incontenibles carcajadas cuando me despedí de él con aire muy digno. Debí haberle dado una patada, pero me contuve porque aún me resentía más que él de los azotes que le había propinado; en lugar de ello me resarcí con una mordaz descripción de sus antepasados.
Todos se presentaron temprano en la casa de Agamenón, como perros que olfatean sangre fresca mantenidos a raya, vestidos cuidadosamente con sus mejores ropas y joyas, igual que si asistieran a una recepción formal en la sala del León de Micenas. El heraldo jefe, que se encontraba al pie del trono del León, le repetía los nombres de los presentes a un subalterno cuya tarea consistía en aprenderlos de memoria para la posteridad:
– Agamenón imperial, gran soberano de Micenas, rey de reyes.
»Idomeneo, gran rey de Creta.
»Menesteo, gran rey del Ática.
»Néstor, rey de Pilos.
»Menelao, rey de Lacedemonia.
»Diomedes, rey de Argos.
»Ulises, rey de las islas exteriores.
»Filoctetes, rey de Hestaiotis.
»Eurípilo, rey de Ormenion.
»Toas, rey de Etolia.
»Agapenor, rey de Arcadia.
»Áyax, hijo de Oileo, rey de Locria.
»Meriones, príncipe de Creta, heredero de Creta.
»Neoptólemo, príncipe de Tesalia, heredero de Tesalia.
»Teucro, príncipe de Salamina.
»Macaón, cirujano.
»Podaliero, cirujano.
»Epeo, ingeniero.
El rey de reyes hizo señas para despedir a sus heraldos y entregó a Meriones el bastón de debate. Entonces nos habló con el rebuscado lenguaje de una declaración formal.
– Después de que Príamo, rey de Troya, quebrantó los sagrados convenios de la guerra, encargué a Ulises, rey de ítaca, que ingeniara un plan para tomar Troya por medio de astucia y engaños. He sido informado de que Ulises, rey de ítaca, está dispuesto a hablar. Se os pide que seáis testigos de sus palabras. Real Ulises, tienes la palabra.
Ulises se levantó y le dirigió una sonrisa a Meriones.
– Guarda el bastón en mi nombre -le dijo.
Entonces sacó un rollo de piel de tono pálido de la mesa del centro de la estancia y fue hacia una pared para poder mostrárnoslo a todos. Desenrolló la piel y la sujetó con firmeza a la pared con una pequeña daga enjoyada en cada esquina.
Lo miramos todos con aire inexpresivo preguntándonos si seríamos víctimas de un engaño. Consistía en un dibujo grabado en la piel con negro carbón: una especie de caballo de grandes dimensiones, sin duda bien realizado a su modo, y junto a él aparecía trazada una línea vertical.
Ulises nos miró con aire enigmático.
– Sí, es un caballo. Sin duda os preguntaréis qué hace Epeo hoy con nosotros. Bien, se halla presente para que podamos formularle algunas preguntas y pueda darnos algunas respuestas.
Se volvió a Epeo, que se hallaba tan desconcertado como incómodo en tan elevada compañía.
– Epeo, se te considera el mejor ingeniero nacido en Grecia desde la muerte de Eaco, y el mejor trabajador de la madera. Examina cuidadosamente este dibujo y advierte la línea trazada junto al caballo. La longitud de esa línea corresponde a la altura de los muros de Troya.
Todos observamos el dibujo perplejos, con tanta atención como Epeo.
– En primer lugar deseo conocer tu opinión sobre una cuestión, Epeo -dijo el rey de las islas exteriores-. Durante diez años has podido observar las murallas de Troya. Dime, ¿existe algún ariete, algún ingenio de asedio en el mundo capaz de demoler la puerta Escea?
– No, rey Ulises.
– Bien. Entonces, una segunda pregunta. Si utilizas los materiales, los artesanos y los recursos de que dispones ahora mismo, ¿podrías construir un buque enorme?
– Sí, señor. Cuento con carpinteros de ribera, ebanistas, albañiles, aserradores y muchísimos obreros no calificados. Y considero que disponemos de suficiente madera de la clase adecuada en cinco leguas a la redonda para construir una flota de tales buques.
– ¡Excelente! He aquí la tercera pregunta. ¿Podrías construir un caballo de madera de las dimensiones del animal reproducido en el mapa? Repara de nuevo en la línea negra. Mide treinta codos, la altura de las murallas de Troya. Por lo que comprenderás que en sus orejas el caballo alcanza los treinta y cinco codos de altura. Y, la cuarta pregunta, ¿podrías construir este caballo sobre una plataforma con ruedas capaz de soportar su peso? Y, aún otra pregunta, ¿podrías fabricarlo hueco?
Epeo esbozó una sonrisa. Era evidente que el proyecto estimulaba su fantasía.
– Sí, señor, respuesta afirmativa a todas tus preguntas.
– ¿Cuánto tiempo tardarías?
– Cuestión de días solamente, señor.
Ulises soltó la piel y se la tiró al ingeniero.
– Gracias. Tómalo y ve a mi casa. Nos veremos luego.
Estábamos por completo desconcertados. Nuestros rostros debían de reflejar asombro, recelo y sospechas, pero mientras aguardábamos a que Epeo marchase, Néstor lanzó una risita como si de repente comprendiera la más exquisita broma de toda su prolongada existencia.