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Ulises abrió ampliamente los brazos y creció en estatura hasta que pareció elevarse sobre todos nosotros. Iba lanzado, lo que significaba que ninguno de nosotros podría persuadirlo ni detenerlo. Con ademanes ampulosos elevó su voz hasta las vigas del techo.

– ¡Así tomaremos Troya, camaradas reyes y príncipes! -exclamó.

Permanecimos atónitos mirándolo con fijeza.

– Sí, Néstor, tienes razón. Y también tú, Agamenón. En primer lugar calculo que un caballo de esas dimensiones es capaz de albergar en su vientre a un centenar de hombres. Y si la salida es silenciosa, nocturna y desconocida, un centenar de hombres serán más que suficientes para abrir la puerta Escea.

Desde todos los extremos de la sala comenzaron a sucederse con profusión las consultas. Los inseguros gritaban, los entusiastas vitoreaban y aquello fue un pandemónium hasta que Agamenón se levantó del trono del León para tomar el bastón de Meriones y golpear con él en el suelo.

– Podéis formular cuantas preguntas gustéis, pero de un modo más ordenado… y después de mí. Ulises, siéntate y sírvete vino, luego explica este proyecto hasta el mínimo detalle.

El consejo se clausuró cuando se extendía la oscuridad. Acompañé a Ulises de regreso a su casa. Epeo lo aguardaba paciente, extendido ante sus ojos el mapa de piel, que ahora contenía otros bocetos más pequeños. Escuché ociosamente mientras ellos dos discutían asuntos técnicos: los materiales que Epeo necesitaría, el período aproximado de tiempo que requeriría el trabajo y la necesidad de guardar absoluto secreto.

– Puedes trabajar en el hueco misterioso que hay detrás de esta casa -le dijo Ulises a Epeo-. Es profundo, de modo que el caballo no asomará la cabeza por encima de las copas de los árboles del extremo opuesto y nadie podrá distinguirlo desde las torres de vigilancia de la ciudad. El lugar tiene también otras ventajas. Su acceso ha estado vetado para todos sin excepción desde hace tantos años que no se presentarán personajes curiosos ni inquisitivos. Utilizarás a los hombres que viven allí como obreros no calificados. Todos aquellos que tengas que hacer acudir al hueco no podrán salir de él hasta que el trabajo haya concluido. ¿Podrás arreglártelas trabajando en tales condiciones?

Le brillaban los ojos.

– Puedes confiar en mí, rey Ulises. Nadie sabrá lo que allí sucede.

CAPITULO TREINTA Y DOS

NARRADO POR PRÍAMO

Boreas, el viento del norte, llegó bramando por los helados yermos de Escitia, tiñendo los árboles de ámbar y amarillo. El verano había pasado por décima vez y Agamenón aún seguía vigilando como un perro sarnoso el hediondo hueso de Troya. Todo había desaparecido. Poco antes de que Héctor muriera, yo había ordenado que extrajeran los últimos clavos de oro de puertas, ventanas, persianas y bisagras y que los fundieran. El tesoro se había consumido; todas las ofrendas votivas de los templos habían sido devoradas para fabricar lingotes. Ricos y pobres por igual se resentían bajo los impuestos y, sin embargo, yo no tenía suficientes medios para adquirir lo necesario con que proseguir la lucha de Troya: mercenarios, armas e ingenios bélicos. Durante diez años no había recibido ningún ingreso de los aranceles del Helesponto. Agamenón los percibía de todas las embarcaciones griegas que entraban continuamente en el Ponto Euxino, del que había excluido a las naves de cualquier otra nación. Comíamos bien porque nuestras puertas del sur y del noreste seguían abiertas y los campesinos cultivaban las tierras, pero echábamos de menos los alimentos que por nuestra situación nos era imposible cultivar. Sólo algunos de los fabulosos caballos de Laomedonte pastaban en la llanura sureña. Me había visto obligado a venderlos casi todos. Cuán cierto es que la rueda gira por completo. Lo que Laomedonte y yo les habíamos negado a los griegos ahora les pertenecía, porque más tarde me enteré de que el rey Diomedes de Argos era el principal comprador de tales caballos. ¡Ah, el orgullo, el orgullo!… Se disipa ante la derrota.

Encendían grandes fuegos en mi cámara para calentar mis carnes, pero no había hoguera en el mundo que pudiera derretir la desesperación instalada en mi corazón. Había engendrado cincuenta hijos, cincuenta hermosos muchachos, y la mayoría de ellos ya habían muerto. El dios de la guerra había escogido a los mejores para sí y me había dejado a la escoria como consuelo de mi provecta edad. Tenía ochenta y tres años y parecía como si fuera a sobrevivir al último de todos ellos. Ver pavonearse a Deífobo, un bufón de heredero, me hacía verter mares de lágrimas. ¡Ah, Héctor, Héctor! Mi esposa Hécuba estaba loca, aullaba como una perra vieja privada de sustento; su compañera preferida era Casandra, aún más perturbada que ella. Aunque la belleza de mi hija había crecido con el tiempo y con su locura. Sus negros cabellos mostraban dos grandes franjas blancas, su rostro se había afinado hasta amoldarse a sus afilados huesos y sus ojos eran tan grandes y brillantes que parecían zafiros de un negro azabache.

A veces me obligaba a mí mismo a desplazarme hasta la torre de vigilancia de la puerta Escea para contemplar las innumerables espirales de humo que se levantaban desde la playa, las naves que se extendían hilera tras hilera en la arena. Los griegos no nos asaltaban y estábamos al borde de un abismo sin que nos concedieran ningún tipo de compensación, porque ignorábamos qué se proponían. Sencillamente se entregaban a sus misteriosos asuntos. Los restos del ejército de Troya se concentraban en la Cortina Occidental, pues allí era donde Agamenón debería atacar, si se decidía a hacerlo.

Cada noche yacía insomne, cada mañana me encontraba totalmente despierto. Sin embargo no estaba derrotado. Mientras el espíritu residiera aún en mi marchita carcasa no me dejaría arrebatar Troya. Aunque tuviera que vender a cuantos se encontraban tras sus murallas, conservaría Troya a salvo de las dentelladas de Agamenón.

Pero al tercer día de soplo boreal yacía con el rostro vuelto hacia la ventana cuando la aurora avanzaba lentamente por el monte Ida con una luz grisácea manchada con el húmedo resplandor del llanto vertido por Héctor.

Percibí un tenue grito, me estremecí y me esforcé por saltar del lecho. El sonido parecía proceder de la Cortina Occidental. Pensé que debía ir allí y averiguar de qué se trataba. Ordené que me trajesen mi carro.

El ruido fue creciendo en intensidad y cada vez se incorporaron más voces a él, pero estaba demasiado lejos para advertir si el alboroto lo producía el miedo o el dolor. Deífobo se reunió conmigo frotándose los ojos para despejarlos del sueño y haciendo amargos visajes.

– ¿Nos atacan, padre?

– ¿Cómo he de saberlo? Me dirijo a las murallas para enterarme.

El jefe de cuadras acudió con mi carro, y mi auriga, semiaturdido, llegó tropezando de sus habitaciones. Partí y dejé al heredero en libertad de seguirme.

El núcleo de la ciudad que rodeaba la puerta Escea y la Cortina Occidental rebosaba de gente, los hombres corrían en todas direcciones gritando y gesticulando, pero nadie parecía ceñirse una armadura. En lugar de ello saltaban por doquier y gritaban a los demás para que se levantaran y vieran.

Un soldado me ayudó a subir la escalera de la torre de vigilancia escea. Entré silencioso en la sala de guardia. El capitán se cubría con un taparrabos y las lágrimas corrían por su rostro mientras su lugarteniente, sentado en una silla, se reía de manera demencial.

– ¿Qué significa esto, capitán? -inquirí.

El hombre, demasiado absorto en lo que le afectaba para reparar en lo que hacía, me asió con gran fuerza del brazo y me empujó hacia el paso superior. Una vez allí dirigió mi atención hacia el campamento griego, al que señaló con un dedo tembloroso.