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– Es inútil obstinarse en los que no están disponibles -repuso mi madre con sentido práctico-. Siempre nos queda Menelao.

– No lo había olvidado. ¿Quién puede olvidarlo?

– Envía invitaciones a todos, Tíndaro. Hay herederos de tronos así como reyes. Ulises de ítaca reina actualmente dada la senilidad de Laertes. Y Menesteo es un gran monarca, mucho más estable en Ática de lo que lo fue Teseo… ¡Gracias a los dioses que no tenemos que tratar con Teseo!

– ¿Qué quieres decir? -intervine bruscamente.

Me sentía muy susceptible. En mi fuero interno había confiado en que Teseo acudiría en mi busca, reclamándome como esposa. Desde mi retorno de Atenas no había oído mencionar su nombre.

Mi madre tomó mis manos entre las suyas y las estrechó con firmeza.

– Será mejor que te enteres por nosotros, Helena. Teseo ha muerto, exiliado y asesinado en Esciro.

Me liberé de ella y salí corriendo de la sala al ver mis sueños destruidos. ¿Muerto? ¿Teseo había muerto? De ser así, parte de mí quedaría insensible para siempre.

Dos lunas después llegó mi cuñado Agamenón con su hermano Menelao en su séquito. Cuando entraron en la sala del trono me hallaba presente; lo que era una novedad para mí y por añadidura resultaba estimulante, pues de pronto yo era el eje en torno al cual giraban todas las conversaciones. Desde la entrada de palacio habían venido mensajeros a advertirnos, de modo que el gran rey de Micenas y de toda Grecia entró acompañado del estrépito de las trompas y sobre una alfombra de oro dispuesta para su imperial llegada.

Nunca acabé de decidirme sobre si Agamenón me gustaba o no, aunque sí llegué a comprender el respeto que inspiraba. Era muy alto y marchaba tan erguido y disciplinado como un soldado profesional, como si fuese el amo del mundo. Sus cabellos negros como azabache estaban tenuemente salpicados de gris, sus ojos negros tenían una expresión viva que podía ser amenazadora, su perfil era altivo, y curvaba los finos labios en permanente expresión desdeñosa.

Los hombres tan morenos no eran corrientes en Grecia, un país de hombres grandes y rubios. Pero en lugar de sentirse avergonzado por su color, se enorgullecía de él. Aunque estaba de moda ir rasurado, exhibía una larga y rizada barba negra peinada en tirabuzones ordenados con cintas de oro y llevaba los cabellos de igual modo. Vestía una larga túnica de lana púrpura totalmente cuajada de un complicado dibujo bordado con hilos de oro, y en su diestra ostentaba el cetro imperial de oro macizo que manejaba tan fácilmente como si fuera de yeso.

Mi padre descendió de su trono y se arrodilló a besarle la mano, rindiéndole así el homenaje que todos los grandes reyes debían al supremo soberano de Micenas. Mi madre se adelantó a su encuentro. Por el momento ignoraron mi presencia, lo que me dio tiempo para centrar mi atención en Menelao, mi posible pretendiente. ¡Oh dioses! Mi entusiasta impaciencia dio paso a la sorpresa y la desilusión. Me había hecho completamente a la idea de casarme con una réplica de Agamenón, pero aquel hombre no se le parecía en absoluto. ¿Sería realmente hermano del monarca supremo de Micenas, engendrado por Atreo en el mismo vientre? Parecía imposible. Era bajo y corpulento, con piernas tan gruesas e informes que se veían ridiculas con los ajustados pantalones que vestía. Sus hombros eran redondos y encorvados. Era un hombre blando e insignificante, de rasgos vulgares y cabellos igualmente pelirrojos como mi hermana. Me hubiera sentido más atraída por él si sus cabellos hubieran sido de otro color.

Mi padre me hizo señas para que me acercase. Avancé con torpeza y le di la mano. El imperial visitante me dirigió una mirada cálida de admiración. Por vez primera experimenté un fenómeno que se haría muy familiar en días venideros: yo no era ni más ni menos que un galardón animal ofrecido en subasta al mejor postor.

– Es perfecta -le dijo Agamenón a mi padre-. ¿Cómo logras engendrar criaturas tan hermosas, Tíndaro?

Mi padre se echó a reír y rodeó la cintura de mi madre con su brazo.

– Sólo participo a medias en ello, señor -dijo.

Entonces se volvieron y me dejaron para que conversara con Menelao, pero antes distinguí la última pregunta del soberano supremo.

– ¿Qué hay de cierto detrás del intermedio de Teseo? -inquirió.

– La raptó, Agamenón -intervino mi madre rápidamente-. Por fortuna los atenienses consideraron que era la gota que colmaba el vaso y lo expulsaron antes de que pudiera desflorarla. Castor y Pólux nos la devolvieron intacta.

¡Era una terrible embustera!

Observé que Menelao me miraba, me pavoneé ante sus ojos.

– ¿No habías estado antes en Amidas? -le pregunté.

Murmuró unas palabras y ladeó la cabeza.

– ¿Qué dices? -insistí.

– Nnnnno -consiguió pronunciar al fin.

¡Era tartamudo!

Los pretendientes se reunieron. Menelao era el único al que se le permitía residir en el mismo palacio, gracias a su relación con nuestra familia… y a la influencia de su hermano. Los restantes fueron acomodados en la casa de invitados y en las residencias de los nobles. Eran un centenar en total. Descubrí aliviada que ninguno era tan aburrido ni poco atractivo como el pelirrojo y tartamudo Menelao.

Filoctetes e Idomeneo llegaron juntos. El corpulento y rubio Filoctetes, irradiando energía; el altivo Idomeneo, con aire majestuoso y con la consciente arrogancia de quien ha nacido en la casa de Minos y está destinado a gobernar como rey supremo de Creta, sucesor de Catreo.

Cuando Diomedes hizo su aparición comprendí que era el mejor de todos, un auténtico soberano y guerrero. Tenía el mismo aire de experiencia mundana que poseía Teseo, aunque era tan moreno como rubio aquél, tan moreno como Agamenón. ¡Qué hermoso! Alto y esbelto como una pantera negra. Sus ojos irradiaban un humor insolente, su boca parecía estar siempre riendo. Y desde el primer instante comprendí que lo escogería. Cuando me habló, su mirada me embelesó, sentí una intensa oleada de deseo y un dolor en el sexo. Sí, escogería a Diomedes, futuro rey de Argos.

En cuanto llegó el último de todos, mi padre celebró un gran banquete. Yo me sentaba en el estrado como una reina, simulando no advertir las miradas que continuamente me dirigían un centenar de pares de ojos ardientes, mientras que mis ojos se escapaban todo lo posible hacia Diomedes, quien de pronto desvió su atención de mí y la centró en un hombre que se abría camino entre los bancos. Su llegada fue recibida con gritos de entusiasmo por unos y miradas reprobatorias por otros. Diomedes se levantó de pronto y abrazó estrechamente al desconocido. Cruzaron unas breves palabras, luego el desconocido le dio unas palmadas a Diomedes en la espalda y se adelantó hacia el estrado para saludar a mi padre y a Agamenón, quienes se habían levantado al verlo. ¿Cómo era posible que Agamenón se levantara? ¡El monarca supremo de Micenas no se levantaba por nadie!

Pero aquel hombre, el recién llegado, era diferente. Era alto, y lo hubiera sido mucho más si sus piernas hubieran estado proporcionadas al resto de su cuerpo. Pero no era así. Eran anormalmente cortas y tendían a arquearse; su estructura muscular parecía demasiado grande para apoyarse sobre miembros tan enclenques. Su rostro era realmente hermoso, de rasgos delicados y ojos grandes, de un gris luminoso, brillantes y expresivos. Era pelirrojo, sus cabellos tenían el rojo más vivo y agresivo que había visto en mi vida. Clitemnestra y Menelao palidecían a su lado.

Cuando posó su mirada en mí el influjo de su autoridad me provocó escalofríos. Me pregunté quién sería.

Mi padre hizo señas impaciente a un criado, que colocó una silla real entre él y Agamenón. ¿Quién sería para verse tan honrado y sin embargo mostrarse tan poco impresionado?

– Ésta es Helena -me presentó mi padre.

– No es de sorprender que se haya reunido aquí casi toda Grecia, Tíndaro -comentó mientras cogía un muslo de ave y le hincaba los blancos dientes con entusiasmo-. Ahora creo lo que dicen por ahí, que es la mujer más hermosa del mundo. ¡Tendrás problemas con esta manada de impulsivos para contentar a uno solo y decepcionar a tantos!