Mi padre pronunció las palabras que Ulises había preparado y se instaló en la sala una atmósfera tan opresiva como un ser vivo. Luego llegó el caballo destinado al sacrificio, un perfecto semental blanco con ojos sonrosados y sin una mota de negro en él, cuyos cascos se deslizaban por las gastadas baldosas y que agitaba la cabeza tirando del dorado ronzal. Agamenón asió la gran hacha doble y la descargó hábilmente. El caballo se desplomó, al parecer muy lentamente, sus crines y su cola flotaron como briznas de hierba en una corriente de agua y su sangre manó en abundancia.
Mientras mi padre informaba a los reunidos del juramento que les exigía, observé con asco y horror cómo los sacerdotes dividían al encantador animal en cuatro partes. Nunca olvidaré aquella escena: los pretendientes se adelantaron uno tras otro y apoyaron los pies en los cuatro pedazos inertes de carne aún caliente mientras pronunciaban el terrible juramento de adhesión y lealtad a mi futuro esposo con voces apagadas y apáticas porque su virilidad y su poder no lograban superar aquel espantoso momento. Estaban pálidos, sudorosos, cerúleos y encogidos a la fluctuante luz de las antorchas; un ligero viento soplaba ululando como una sombra perdida.
Por fin todo concluyó. La humeante carcasa del caballo yació ignorada y los pretendientes, de nuevo en sus puestos, contemplaron al rey Tíndaro de Lacedemonia como si estuvieran drogados.
– Concedo mi hija a Menelao -dijo mi padre.
Sólo se distinguió un gran suspiro, nada más. Nadie protestó airado; ni siquiera Diomedes mostró su irritación. Lo busqué con la mirada cuando ya los sirvientes encendían las lámparas y nos despedimos sobre medio centenar de cabezas sabiendo que habíamos sido vencidos. Creo que al mirarlo corrían las lágrimas por mis mejillas, pero nadie reparó en ellas. Entregué mi entumecida mano al húmedo apretón de Menelao.
CAPITULO CINCO
Regresé a Troya a pie y solo, con el arco y la aljaba a los hombros. Había pasado siete lunas entre los bosques y claros del monte Ida aunque no había logrado obtener ningún trofeo para poder exhibirlo. Por mucho que me gustase la caza nunca he soportado ver desplomarse a un animal bajo el impacto de una flecha; he preferido verlo tan sano y tan libre como yo mismo. Mis mejores momentos de caza se centraban en presas más deseables que jabalíes o venados. Para mí la diversión cinegética consistía en perseguir a los habitantes humanos de los bosques de Ida, las muchachas salvajes y las pastoras. En que una joven se desplomara derrotada, sin otras flechas en su cuerpo que las disparadas por Eros, sin regueros de sangre ni gemidos de agonía, emitiendo sólo un suspiro de dulce contento al tomarla en mis brazos aún jadeante por el éxtasis de la persecución y dispuesta a jadear por otra clase de éxtasis.
Pasaba todas las primaveras y los veranos en Ida, pues la vida cortesana me aburría terriblemente. ¡Cómo odiaba aquellas vigas de cedro engrasadas y pulidas hasta alcanzar un magnífico tono castaño, aquellos vestíbulos de piedra pintada coronados por columnas! Verse encerrado tras enormes murallas era sentirse asfixiado, como un prisionero. Lo único que deseaba era atravesar franjas de prados y de árboles y yacer agotado, hundido el rostro entre el perfume de las hojas caídas. Pero cada otoño debía regresar a Troya para pasar allí el invierno con mi padre. Ése era mi deber, por simbólico que fuera. Al fin y al cabo yo era su cuarto hijo entre otros muchos. Nadie me tomaba en serio y yo así lo prefería.
Entré en la sala del trono cuando concluía la asamblea de una jornada borrascosa y desapacible, aún vestido con ropas de campo, sin hacer caso de las compasivas sonrisas ni de las muecas de desaprobación que me dedicaban. El crepúsculo ya se fundía con la oscuridad de la noche; la reunión había sido muy larga.
Mi padre, el rey, se hallaba instalado en su trono de oro y marfil en un estrado de mármol purpúreo situado en el otro extremo del salón, con los largos cabellos blancos complicadamente rizados y la enorme barba blanca trenzada con tenues hilos de oro y de plata. El monarca, insólitamente orgulloso de su provecta edad, se sentía más complacido que nunca cuando se encontraba como un dios antiguo sobre un alto pedestal y dominaba con la mirada todo cuanto poseía.
Si el salón hubiera sido menos imponente, el espectáculo que mi padre ofrecía no hubiera sido tan impresionante, pero la sala, según decían, era más grande incluso que el antiguo salón del trono del palacio de Cnosos en Creta, bastante espacioso para dar cabida a trescientas personas sin que se viera atestado, su elevado techo se levantaba entre las vigas de cedro pintadas de azul y salpicadas de constelaciones doradas. En la sala había columnas macizas que se adelgazaban hasta alcanzar cierta esbeltez en sus bases, de color azul oscuro o morado, con capiteles redondos y alisados y plintos dorados. Las paredes eran de mármol purpúreo, sin relieves hasta la altura de la cabeza de un hombre; por encima, aparecían frescos que representaban escenas de leones, leopardos, osos, lobos y hombres de cacería, en blanco y negro y colores amarillo, carmesí, castaño y rosado sobre un fondo azul pálido. Detrás del trono había un retablo de negro ébano egipcio incrustado con dibujos en oro, y los peldaños que conducían al estrado estaban bordeados también de oro.
Me desprendí del arco y la aljaba, que tendí a un sirviente, y me abrí camino entre los corrillos de cortesanos hasta llegar al estrado. Al verme, el rey se inclinó para acariciar suavemente mi inclinada cabeza con la esmeralda que remataba el puño de su cetro de marfil, una señal para que me levantase y me acercase a él. Así lo hice y besé su marchita mejilla. -Es agradable volver a verte, hijo mío -dijo. -Me gustaría poder alegrarme de mi regreso, padre. Me empujó obligándome a sentarme a sus pies.
– Siempre confío en que llegue la ocasión en que te quedes, París -suspiró-. Si así lo hicieras, podría sacar algún partido de ti.
Le acaricié la barba porque sabía cuánto le agradaba.
– No deseo ninguna obligación principesca, señor.
– ¡Pero eres un príncipe! -Suspiró de nuevo y movió la cabeza admonitorio-. Aunque me consta que eres muy joven. Aún hay tiempo.
– No, señor, no hay tiempo. Me consideras un muchacho pero soy un hombre. Ya tengo treinta y tres años.
Pensé que no me escuchaba porque alzó la cabeza, desvió su atención de mí e hizo señas con su bastón a alguien que se encontraba detrás de la multitud; se trataba de Héctor.
– París insiste en que tiene treinta y tres años, hijo mío -dijo cuando mi hermano llegó al pie de los tres peldaños.
Aun así era tan alto que podía mirar a mi padre frente a frente.
Héctor me observó pensativo con sus negros ojos.
– Supongo que debe de ser así, París. Yo nací diez años después de ti y hace ya seis meses que cumplí los veintitrés -comentó sonriente-. Aunque, desde luego, no representas la edad que tienes.
Me reí a mi vez.
– Gracias, hermanito. Tú sí que representas mi edad, y ello se debe a que eres el heredero. Estar comprometido con el Estado, el Ejército y la Corona envejece a un hombre. ¡Dame cada día la eterna juventud de la irresponsabilidad!
– Lo que a un hombre conviene no es necesariamente lo mejor para otro -fue su tranquila respuesta-. Puesto que tengo mucha menos afición a las mujeres, ¿qué importa si parezco mayor de lo que soy? Mientras tú disfrutas con tus aventurillas en el harén, yo lo hago dirigiendo el Ejército en sus maniobras. Y aunque mi rostro se arrugue prematuramente, mi cuerpo estará ágil y en forma cuando tú luzcas un barrigón.
Hice una mueca de contrariedad. ¡Nadie como Héctor para acertar en el punto más vulnerable! En un abrir y cerrar de ojos podía detectar la menor debilidad humana y atacarla como un león, sin importarle utilizar sus garras. Ser el heredero lo había hecho madurar. Había desaparecido de él la exuberante e irritante juventud del año anterior y sus innegables facultades se concretaban fácilmente en útiles trabajos. Aunque era lo suficientemente corpulento para asumirlos. Yo no me tenía por un enclenque, pero Héctor me sobrepasaba en altura y abultaba el doble. Vestía con suma sencillez, y por consiguiente con cierta convincente dignidad, un faldellín y camisa de cuero, y llevaba trenzados los largos cabellos, recogidos en una pulcra coleta. Todos los hijos de Príamo y Hécuba éramos famosos por nuestra belleza, pero él tenía algo más: una autoridad innata.