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Cuando la conferencia hubo concluido, salí de la casa del señor del puerto para respirar el despejado, frío y salobre aire marino y observar las actividades de aquella playa tan concurrida, con los barcos fondeados sobre los guijarros durante el invierno. Embarcaciones que en aquellos momentos bullían con equipos de hombres que inspeccionaban sus curvados costados y se aseguraban de que eran navegables. Un enorme navio de color escarlata maniobraba cerca de la playa, los ojos de la proa trataban de sobrecogerme, el mascarón que coronaba su curvada popa representaba sin duda a mi diosa especial, Afrodita. ¿Qué carpintero de ribera la habría visto en sueños para concretarla de modo tan maravilloso?

Al fin el propietario de la embarcación halló suficiente espacio para acomodar sus pesados costados en los guijarros y echaron las escaleras de cuerda, en cuyo momento advertí que el barco ostentaba un estandarte real en la proa que lucía incrustaciones de color escarlata y estaba ribeteado de oro macizo; ¡en él viajaba un rey extranjero! Me adelanté lentamente retorciendo mi capa en elegantes pliegues.

El personaje real descendió con cuidado. Era griego, algo evidente por su vestimenta y la instintiva superioridad que hasta el más inferior de ellos poseía cuando se encontraba en el resto del mundo. Pero a medida que aquel monarca se aproximaba perdí mi temor inicial. ¡Se trataba de un hombre de aspecto muy corriente! No era especialmente alto ni agraciado y, por añadidura, era pelirrojo. Sí, definitivamente era griego. La mitad de ellos parecían ser pelirrojos. Su faldellín de cuero estaba teñido de púrpura y repujado en oro y el ribete era también de oro, al igual que el ancho cinturón con gemas incrustadas; el blusón era cárdeno y estaba recortado, mostrando un pecho enjuto; en el cuello lucía un gran collar de oro y joyas. Era un hombre muy rico.

Al verme varió su rumbo.

– Bien venido a las playas de Troya, real señor -lo saludé formalmente-. Soy París, hijo del rey Príamo.

El hombre enlazó sus dedos en el brazo que le tendía.

– Gracias, alteza. Yo soy Menelao, rey de Lacedemonia y hermano de Agamenón, monarca supremo de Micenas.

Abrí los ojos sorprendido.

– ¿Quieres ir a la ciudad en mi carro, rey Menelao? -le ofrecí.

Mi padre presidía su audiencia de los asuntos diarios. Susurré unas palabras al heraldo, que se cuadró y abrió la doble puerta.

– ¡El rey Menelao de Lacedemonia! -exclamó.

Entramos juntos ante una multitud que parecía haberse petrificado. Héctor estaba al fondo, con la mano extendida y la boca abierta sin proferir palabra, Antenor se había vuelto a medias a mirarnos y mi padre, que se sentaba muy erguido en su trono, apretó su cetro con tanta fuerza que éste se agitó. Si mi compañero llegó a advertir que los griegos no eran bien recibidos, no dio muestras de ello, aunque cuando más tarde llegué a conocerlo mejor decidí que probablemente no había reparado en tal cosa. El hombre paseó su mirada por la sala y su decoración, al parecer poco impresionado, lo que me hizo preguntarme cómo serían los palacios griegos.

Mi padre se apeó del estrado y le tendió la mano.

– Nos sentimos muy honrados, rey Menelao -dijo.

Y le señaló un gran sofá cubierto de cojines al que lo condujo llevándolo del brazo.

– ¿Quieres sentarte, por favor? París, acompáñanos, pero primero indícale a Héctor que nos acompañe y encárgate de que nos sirvan refrescos.

La corte, inmóvil, nos lanzaba miradas especulativas, pero la conversación que sostenían en el diván apenas resultaba audible a escasa distancia.

Una vez finalizados los saludos, mi padre tomó la palabra.

– ¿Qué te trae a Troya, rey Menelao?

– Un asunto de importancia vital para mi pueblo de Lacedemonia, rey Príamo. Me consta que lo que busco no se halla en tierras troyanas, pero me ha parecido el lugar más apropiado donde iniciar mis pesquisas.

– Pregunta.

Menelao se inclinó hacia él ladeándose para contemplar el rostro inexpresivo de mi padre.

– Mi reino está azotado por una plaga, señor. Como mis propios sacerdotes no han podido adivinar la causa que la provoca, recurrí a la pitonisa de Delfos, quien me dijo que debo acudir personalmente a recoger los huesos de los hijos de Prometeo y conducirlos a Amidas, mi capital, donde deben ser enterrados de nuevo para que cese la epidemia.

¡Vaya! Su misión no tenía nada que ver con tía Hesíone, la escasez de cobre y estaño ni los embargos comerciales del Helesponto. Su propósito era mucho más mundano, muy corriente. Enfrentarse a la plaga exigía medidas extraordinarias, y siempre había algún rey vagando por mares y playas en busca de algún objeto que, según los oráculos, debía ser restituido a la patria. A veces me preguntaba si el verdadero propósito que se ocultaba tras tales oráculos no consistía en enviar a los reyes a cualquier otro lugar hasta que el desgaste natural condujese a la plaga a su inevitable final. Era un modo de proteger al rey de cualquier peligro, pues si permanecía en su patria era muy probable que falleciese de la misma epidemia o que fuese sacrificado de manera ritual.

Como es natural, el rey Menelao debía ser acomodado. ¿Quién sabía si el año próximo el oráculo enviaría al rey Príamo a pedirle ayuda a él? La realeza, pese a sus diferencias o nacionalidades, se apoyaba mutuamente en determinadas situaciones. Así que mientras el rey Menelao residió en nuestra ciudad, mi padre envió exploradores para localizar los huesos de los hijos de Prometeo, que hallaron finalmente en Dardania. El rey dárdano Anquises protestó amargamente, pero fue inútil. Le gustara o no, las mencionadas reliquias le serían arrebatadas.

Me fue confiada la tarea de cuidar de Menelao hasta que pudiera viajar oficialmente a Lirneso y reclamar los huesos. Lo que me indujo a hacerle un ofrecimiento cortés que era habituaclass="underline" la elección por su parte de cualquier mujer que le agradase, siempre que no perteneciese a la familia real.

El hombre se echó a reír y negó rotundamente con la cabeza.

– No necesito más mujeres que Helena, mi esposa.

– ¿De verdad? -repuse aguzando el oído.

– Estoy casado con la mujer más hermosa del mundo -dijo con aire solemne, resplandeciente el rostro y muy halagado.

Aunque sin perder mi aire cortés, no pude evitar mostrarle mi incredulidad. -¿Es cierto eso? -Sí, París. Helena no tiene igual.

– ¿Es más hermosa que la mujer de mi hermano Héctor? -La princesa Andrómaca es una pálida Selene comparada con el esplendor de Helio -respondió. -Habíame más de ella. Suspiró y agitó los brazos en el aire.

– ¿Cómo puede describirse a Afrodita? ¿Cómo describir la perfección visual con simples palabras? Ven a mi barco y contempla el mascarón de proa, París; es Helena.

Cerré los ojos y traté de recordar. Pero sólo logré visualizar unos ojos verdes como los de un gato egipcio.

¡Tenía que conocer a semejante belleza! Y no porque no diera crédito a sus palabras, pues el mascarón de proa tenía que ser superior al modelo que lo había inspirado. Ninguna estatua de Afrodita por mí conocida podía rivalizar con aquel rostro (aunque, a decir verdad, los escultores eran unos majaderos que insistían en dotar a las estatuas de sonrisas necias, rasgos duros y cuerpos aún más envarados).

– Señor -dije impulsivamente-, en breve tendré que marchar a Salamina al frente de una embajada para visitar al rey Telamón e interesarme por el bienestar de mi tía Hesíone.

Pero mientras me halle en Grecia debo asimismo purificarme por un crimen involuntario que cometí. ¿Está Salamina muy lejos de Lacedemonia?

– Es una isla situada frente a las playas del Ática y Lacedemonia se encuentra en el interior de la isla de Pélops, pero no hay mucha distancia entre ellas, es un viaje viable.