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Como respuesta, mis músculos se pusieron en tensión; aun así respondí con la boca reseca:

– No, nunca se me han ocurrido cosas así.

– A mí sí cuando pienso en ti. Veo tu larga y rubia cabellera flotando al viento y tus largas piernas mientras tratas de huir de mi persecución. Deberíamos habernos encontrado así y no en este palacio vacío y sin vida.

Mientras hablaba separaba mis ropas y posaba en mis senos las palmas de sus manos ligeras como plumas.

– Tú has hecho desaparecer esa imagen.

Y aquél fue el instante decisivo. Me arrojé en sus brazos y lo olvidé todo salvo que él era mi pareja natural. Y que lo amaba, lo amaba con todo mi corazón.

Como su fiel esclava yacía inerte entre sus brazos como la muñeca de trapo de mi hijita, y deseaba que no despuntara el alba.

– Ven a Troya conmigo -dijo de repente.

Me erguí para mirarlo al rostro y en sus maravillosos ojos negros descubrí el mismo amor que yo sentía.

– Es una locura -respondí.

– No, es de sentido común.

Me acariciaba el vientre con una mano y, con la otra, jugaba con mis cabellos.

– No perteneces a un patán insensible como Menelao, sino a mí.

– He nacido en esta tierra, en esta misma habitación. Soy la reina. Y aquí están mis hijos -repuse enjugándome las lágrimas.

– ¡Tú perteneces a Afrodita como yo, Helena! En una ocasión le formulé un solemne juramento, entregárselo todo… La escogí sobre Hera y Palas Atenea a cambio de que me concediera lo que le pidiese. Y lo único que le pedí fuiste tú. -¡No puedo marcharme! -No puedes quedarte. Y tampoco yo. -¡Oh, te amo! ¿Cómo podré vivir sin ti? -No tienes por qué vivir si mí, Helena. -¡Pides lo imposible! -repuse sollozando cada vez más. -¡Absurdo! ¿Qué te resulta tan difícil? ¿Dejar a tus hijos? Aquello me hizo meditar.

– En realidad, no -repuse con sinceridad-. No. ¡El caso es que son tan vulgares! Son iguales que Menelao, incluso tienen sus mismos cabellos. ¡Y son pecosos!

– Entonces, si no se trata de tus hijos, será por Menelao. ¿Era eso? No. El pobre, oprimido y tiranizado Menelao estaba dirigido por una férrea mano desde Micenas. ¿Qué le debía yo después de todo? Nunca había deseado ser su esposa. Como tampoco le debía nada a su cejijunto hermano, aquel tipo severo que nos utilizaba como piezas de un juego monumental. A Agamenón no le importaban en absoluto mis deseos, mis necesidades ni mis sentimientos.

– Iré a Troya contigo -le dije-. No hay nada que me retenga aquí. Nada.

CAPITULO SIETE

NARRADO POR HÉCTOR

Por fin el capitán del puerto de Sigeo me avisó de que la flota de París había regresado de Salamina y al acudir a la asamblea diaria envié a un paje para que le transmitiera discretamente la noticia a mi padre. Se trataba de la audiencia habitual, aburrida y tranquila, en la que se debatían asuntos de propiedades, esclavos y tierras entre otros; se recibía a una embajada de Babilonia y se atendían quejas sobre derechos de pastoreo de nuestros parientes nobles en Dardania, expuestas como siempre por tío Antenor.

La embajada babilónica había sido atendida y despedida y el rey se disponía a emitir su decisión sobre algún asunto trivial cuando sonaron las trompas y París entró pavoneándose en la sala del trono. Se me escapó una sonrisa ante su aspecto, pues había vuelto convertido en un verdadero cretense. Todo en él era perfecto, desde el faldellín morado con franjas de oro que vestía hasta sus joyas y sus rizos. Tenía un aspecto inmejorable y se veía muy complacido consigo mismo. ¿Qué travesuras habría cometido para parecer un chacal que se anticipa al león para la caza? Nuestro padre, como de costumbre, lo contemplaba complacido. ¿Cómo era posible que a un hombre tan prudente que ocupaba un trono le cegase de tal modo el simple encanto y la belleza?

París cruzó todo el trecho que lo separaba del estrado y se disponía a subir el peldaño superior cuando me acerqué a él. El impenitente y quisquilloso Antenor también se aproximó para no perderse detalle. Me instalé descaradamente junto al trono.

– ¿Traes buenas noticias, hijo mío? -inquirió el rey. -Acerca de tía Hesíone no -repuso París negando con la cabeza de modo que agitó sus rizos-. El rey Telamón fue muy amable pero expresó con gran claridad que no pensaba renunciar a ella.

El rey resopló peligrosamente. ¿Hasta dónde alcanzaba aquel antiguo odio? ¿Por qué, al cabo de tantos años, nuestro padre seguía mostrándose implacable contra Grecia? El silbido de su aliento contenido silenció a toda la sala.

– ¿Cómo se atreve? ¿Cómo osa insultarme Telamón? ¿Viste a tu tía, tuviste la oportunidad de hablar con ella? -No, padre.

– Entonces, ¡al diablo con todos ellos! Echó atrás la cabeza, miró hacia el techo y cerró los ojos. -¡Oh poderoso Apolo, dios de la luz, que riges el Sol, la Luna y las estrellas, concédeme la oportunidad de abatir el orgullo griego!

Me incliné sobre el trono.

– ¡Tranquilízate, señor! ¿Acaso esperabas otra respuesta? Volvió la cabeza hacia mí y abrió los ojos. -No, creo que no. Gracias, Héctor. Como siempre, me has devuelto a la cruda realidad. ¿Pero por qué han de tenerlo todo los griegos? ¿Quieres decírmelo? ¿Por qué se atrevieron a secuestrar a una princesa troyana?

París apoyó la mano en la rodilla del rey y le dio unos suaves golpecitos. El monarca suavizó su expresión al mirarlo.

– He castigado adecuadamente la arrogancia griega, padre -dijo París con ojos brillantes.

Me disponía a alejarme pero aquellas palabras me impulsaron a detenerme.

– ¿Cómo, hijo mío?

– ¡Ojo por ojo, señor! ¡Ojo por ojo! Los griegos robaron a tu hermana, pues yo te he traído un galardón de Grecia muy superior a cualquier muchachita quinceañera.

Se levantó bruscamente, tan satisfecho de sí mismo que no podía seguir a los pies de Príamo un instante más.

– ¡Señor -exclamó con voz resonante entre las vigas del techo-, conmigo ha venido Helena, reina de Lacedemonia, esposa de Menelao, cuñada de Agamenón y hermana de Clitemnestra, esposa a su vez de Agamenón!

Me quedé atónito, incapaz de pronunciar palabra. Aquello era una tragedia porque le daba ocasión a tío Antenor para entrometerse al punto. El hombre se adelantó bruscamente y las hinchadas articulaciones de sus manos me recordaron enormes y deformes garras.

– ¡Necio, ignorante, entrometido! -rugió-. ¡Conquistador de rostro afeminado! ¿Por qué no hiciste algo más sonado, raptar a la propia Clitemnestra? Los griegos soportan dócilmente nuestros embargos comerciales y su propia escasez de estaño y de cobre, pero ¿acaso esperas que asuman también esto sumisamente? ¡Eres un insensato! ¡Le has dado a Agamenón la oportunidad que esperaba desde hace años! ¡Nos has sumergido en una conflagración que será la ruina de Troya! ¡Insensato, idiota engreído! ¿Por qué no te desenmascaró tu padre? ¿Por qué no detuvo tu carrera libertina antes de que comenzara? ¡Cuando hayamos cosechado las consecuencias de este acto, todos los troyanos pronunciarán tu nombre con desprecio!

Aplaudí mentalmente las palabras del anciano, que expresaban con exactitud mis sentimientos. Sin embargo, por otra parte, también lo maldije. ¿Qué hubiese decidido mi padre si él hubiera contenido su lengua? Cuando Antenor encontraba defectos, el rey se inclinaba al perdón. Fuesen cuales fuesen sus pensamientos privados, Antenor lo había impulsado a favor de París.

Mi hermano se había quedado atónito.

– ¡Lo hice por ti, padre! -gimió.

– ¡Oh, sí, desde luego! -intervino Antenor con sarcástica risita-. ¿Y has olvidado el más famoso de nuestros oráculos? «Cuidado con la mujer traída como botín de Troya.» ¿No se explica por sí mismo?