– ¡No, no lo he olvidado! -exclamó mi hermano-. ¡Helena no es ningún botín! ¡Ha venido conmigo voluntariamente! No ha sido víctima de un rapto sino que viene por su voluntad porque desea casarse conmigo. Y en prueba de ello ha traído consigo un gran tesoro: oro y joyas suficientes para comprar un reino. ¡Una dote, padre, una magnífica dote! -Se rió-. ¡He insultado mucho más a los griegos que si les hubiese raptado a una reina!… ¡Los he hecho cornudos!
Antenor parecía agotado. Agitó lentamente sus blancos cabellos y se escabulló entre las hileras de cortesanos. París me miraba apremiante, con aire de súplica.
– ¡Ayúdame, Héctor! -¿Cómo voy a hacerlo? -mascullé.
Se volvió, cayó de rodillas y se abrazó a las piernas del rey. -¿Qué mal puede causar esto, padre? -dijo con aire zalamero-. ¿Cuándo ha significado la guerra la huida voluntaria de una mujer? ¡Helena ha venido por su propia voluntad! ¡No es una criatura inexperta, ya tiene veinte años! Lleva seis casada y tiene hijos. ¿Y puedes imaginar lo terrible que debe de haber sido su vida para abandonar un reino y a sus hijos? ¡La amo, padre! ¡Y ella me corresponde!
Se le quebró patéticamente la voz y las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
El rey acarició cariñoso sus cabellos y le dio unas palmaditas en la cabeza. -La veré -dijo.
– ¡No, aguarda! -intervino Antenor, que de nuevo se había adelantado-. Señor, antes de que veas a esa mujer insisto en que me escuches. ¡Devuélvela a su hogar, Príamo, devuélvela! Que regrese con Menelao sin verla siquiera, con sinceras disculpas y todos los tesoros que ha traído consigo, y recomendando que le corten el cuello. ¡No merece otra cosa! ¡Amor! ¿Qué clase de amor le permite dejar a sus hijos? ¿No significa eso nada? ¡Trae un gran tesoro a Troya, pero no a sus hijos!
Aunque mi padre no lo miró, debía de suponer lo que pensábamos los demás porque no intentó interrumpir su diatriba. De modo que Antenor prosiguió.
– ¡Príamo, temo al supremo monarca de Micenas, y tú también deberías temerlo! Sin duda, el año pasado debiste oír al mismísimo Menelao explayarse acerca de cómo Agamenón ha fundido a toda Grecia y la ha convertido en obediente vasallo de Micenas. ¿Y si decide declararnos la guerra? Aunque lo venciéramos, nos arruinaría. La riqueza de Troya ha aumentado desde tiempo inmemorial por una razón: siempre hemos evitado entrar en conflictos. Las guerras arruinan a las naciones, Príamo… ¡Te lo he oído decir a ti mismo! El oráculo declara que la mujer que venga de Grecia será nuestra ruina. ¡Y sin embargo deseas verla! ¡Respeta a nuestros dioses! ¡Atente a la prudencia de sus oráculos! ¿Qué son los oráculos salvo la oportunidad concedida por la divinidad para que los mortales vean la evolución futura del telar del tiempo? Has asumido el trabajo de tu padre, Laomedonte, y te has portado peor; mientras que él simplemente restringía el número de griegos autorizados a navegar por el Ponto Euxino, tú se lo has impedido totalmente. Los griegos carecen de estaño. Sí, pueden conseguir cobre de occidente, ¡a un costo inmenso! Pero no obtienen estaño. ¡Lo que no niega el hecho de que sean ricos y poderosos!
París alzó los ojos al rey con el rostro lleno de lágrimas.
– ¡Ya te lo he dicho, padre! ¡Helena no es un trofeo! ¡Ha venido por propia voluntad! Por consiguiente no puede ser la mujer a que se refieren los oráculos. ¡Es imposible!
En esa ocasión conseguí adelantarme a Antenor y para hacerlo bajé del estrado.
– Dices que viene por voluntad propia, París. ¿Pero qué crees que pensarán en Grecia? ¿Imaginas que Agamenón le dirá a los reyes a él sometidos que su hermano es el más ridículo de los hombres, que es un cornudo? ¡Jamás hará tal cosa el orgulloso Agamenón! No, Agamenón anunciará que ha sido raptada. Antenor está en lo cierto, padre: nos hallamos a punto de entrar en guerra. Y tampoco podemos considerar la lucha con Grecia como algo que nos afecte a nosotros solos. ¡Contamos con aliados, padre! Formamos parte de la federación de estados de Asia Menor. Tenemos tratados comerciales y de amistad con todas las naciones costeras existentes entre Dardania y Cilicia, así como en el interior hasta la misma Asiría y, al norte, en Escitia. Los países costeros son ricos y poco poblados, carecen de hombres para defenderse de los invasores griegos. Nos ayudan en nuestro bloqueo y se han enriquecido vendiéndole estaño y cobre a Grecia. En el caso de que se produjera una conflagración, ¿crees que Agamenón se limitaría a enfrentarse a Troya? ¡No! ¡Habría guerra por doquier!
Mi padre me miró con fijeza y yo le devolví la mirada sin temor.
Apenas hacía unos momentos había dicho: «Siempre atraes mi atención hacia la fría realidad», pero pensé, desesperado, que en aquellos instantes se había cegado a ella. Todo cuanto habíamos conseguido Antenor y yo era indisponerlo hacia nosotros.
– Ya he oído bastante -repuso con frialdad-. Haz pasar a la reina Helena, heraldo.
Aguardamos, inmóviles y silenciosos, como si estuviéramos en una tumba. Le lancé una mirada fulminante a mi hermano París preguntándome cómo habíamos permitido que se convirtiera en semejante necio. Estaba de espaldas al estrado, aunque seguía acariciando la rodilla de nuestro padre, y miraba las puertas fijamente esbozando una sonrisa de autosuficiencia. Era evidente que esperaba darnos una sorpresa y recordé que Menelao nos había dicho que era una mujer muy hermosa. Pero siempre había mantenido mis reservas cuando los hombres califican de hermosas a reinas o princesas, pues en su mayoría heredan tal epíteto junto con sus títulos.
Las puertas se abrieron y ella se detuvo un instante en el umbral; luego inició su marcha hacia el trono. Su falda tintineaba delicadamente a su paso convirtiéndola en una melodía viva. Advertí que yo mismo contenía el aliento, que tenía que esforzarme por regularizar mi respiración. Era realmente la mujer más hermosa que había visto en mi vida. El propio Antenor se había quedado boquiabierto.
La mujer avanzó con gracia y dignidad, erguidos los hombros y la cabeza de modo arrogante, sin timidez ni insolencia. Era alta y tenía el cuerpo más perfecto que Afrodita había concedido a mujer alguna. Cintura estrecha, caderas graciosamente redondeadas y largas piernas que asomaban por su falda. Todo en ella era encantador. ¡Y sus senos! Desnudos, según la impúdica moda griega, altos y plenos, no ostentaban artificio alguno salvo que los pezones estaban pintados de oro. Transcurrieron unos instantes hasta que alcanzamos a observar su cuello de cisne y el rostro que lo coronaba. ¡Todo en ella era superior! Cuando la recuerdo aquel día pienso en que era sencillamente… hermosa. Con su abundante melena de un dorado pálido, sus oscuras cejas y pestañas y los ojos del color de la hierba en primavera subrayados con kohl que les daba forma almendrada al estilo cretense y egipcio.
¿Pero sería todo ello realidad o un hechizo? Nunca lo sabré. Helena es la mayor obra de arte que los dioses han creado en la madre Tierra.
Para mi padre ella fue el Destino. Puesto que por su edad aún no había olvidado los placeres vividos en brazos de las mujeres, al verla se enamoró de ella. O la deseó. Pero por ser demasiado viejo para robársela a su hijo, decidió considerar un cumplido que un vastago suyo hubiera podido arrebatársela a su marido, a sus hijos y a su patria. Y henchido de orgullo dirigió una mirada de admiración a París.
Sin duda constituían una pareja sorprendente: él, tan moreno como Ganímedes; ella, rubia como la silvestre Artemisa. Con un simple paseo, Helena había logrado dominar por completo a los silenciosos presentes, ninguno de los cuales podría ya censurar a París por su locura.
Cuando el rey despidió a la asamblea acudí a su lado, subí intencionadamente al estrado por un extremo y me acerqué al trono con lentitud, tres peldaños por encima de los amantes y a mucha más altura del trono de oro y marfil de mi padre. No solía hacer ostentación de mi preeminencia pero Helena me había sacado de quicio, y deseaba que supiera exactamente dónde nos encontrábamos París y yo. La mujer me observó alzando hacia mí sus extraños ojos verdes.