– Éste es Héctor, mi heredero, querida -dijo mi padre.
Ella inclinó la cabeza con grave majestuosidad.
– Es un gran placer, Héctor -dijo. Y con exagerado asombro y coquetería añadió-: ¡Dios mió, qué grande eres!
Lo había dicho como provocación, aunque no para despertar mi deseo. Evidentemente le gustaban los tipos bellos y afeminados como París, no los hercúleos guerreros como yo. Mejor para mí, pensé, no estaba muy seguro de poder resistirme.
– El más grande de Troya, señora -dije secamente.
Helena se echó a reír.
– No lo dudo -repuso.
– ¿Me disculpas, señor? -le dije a mi padre.
– ¿Verdad que mis hijos son magníficos, reina Helena? -dijo mi padre riendo entre dientes-. ¡Éste es el orgullo de mi corazón… un gran hombre! Y algún día será un gran rey.
Ella me miró pensativa sin decir palabra, pero tras su brillante mirada comprendí claramente que se preguntaba si no sería posible deponerme y colocar a París en mi lugar. La dejé en tal incógnita. Con el tiempo se enteraría de que París no deseaba asumir ninguna responsabilidad.
Me encontraba ya casi en la puerta cuando el rey me llamó.
– ¡Aguarda, aguarda! ¡Avisa a Calcante para que acuda a mi presencia, Héctor!
Una orden desconcertante. ¿Por qué deseaba el rey ver a aquel tipo repulsivo sin avisar al mismo tiempo a Laoconte y Téano? Había muchos dioses en nuestra ciudad, pero nuestra principal deidad era Apolo. Su culto era característicamente troyano, lo que hacía de sus sacerdotes especiales, Calcante, Laoconte y Téano, los más poderosos prelados de Troya.
Encontré a Calcante paseando tranquilamente por el patio, a la sombra del altar dedicado a Zeus. No le pregunté qué hacía allí, pues no era persona propicia para ser interrogada. Por unos momentos lo observé con sigilo, tratando de adivinar su auténtica naturaleza. Vestía una larga y flotante túnica de color negro bordada con extraños símbolos y signos en plata, y el enfermizo color de su cráneo completamente calvo brillaba grisáceo con la postrera luz del día. En una ocasión, cuando era niño y estaba dispuesto a hacer toda clase de travesuras, descubrí un nido de serpientes blancas en el mundo subterráneo de la cripta de palacio. Pero tras encontrarme con aquellas criaturas ciegas y tenues de Coré jamás me aventuré a entrar en la cripta. Calcante despertaba exactamente los mismos sentimientos en mí.
Se decía que había viajado a lo largo y ancho del mundo, desde las latitudes boreales al río oceánico que circunvala todas las tierras conocidas, hasta las tierras más remotas de Babilonia y muy al sur de Etiopía. Su forma de vestir procedía de Ur y Sumer y, en Egipto, había presenciado los rituales transmitidos por aquellos ilustres sacerdotes desde los comienzos de los dioses y los hombres. Otras cosas se susurraban de éclass="underline" que podía conservar un cadáver de tal modo que pareciera tan natural un siglo después como cuando fue sepultado; que había participado en los espantosos rituales del negro Set, e incluso que había besado el falo de Osiris y por ello había obtenido la suprema clarividencia. Aquel individuo no me gustaría nunca.
Salí de las columnas y llegué al patio. Sabía quién se acercaba aunque no había mirado ni una sola vez en mi dirección.
– ¿Me buscas, príncipe Héctor?
– Sí, sagrado sacerdote. El rey desea que acudas a la sala del trono.
– Para interrogar a la mujer venida de Grecia. Iré ahora mismo.
Le precedí, como me correspondía por derecho, porque había oído hablar de sacerdotes que deseaban ser verdaderas potencias tras los tronos y no quería que Calcante llegase a abrigar tales esperanzas.
El hombre besó la mano de mi padre y aguardó respetuoso bajo la mirada incómoda y asqueada de Helena.
– Mi hijo París ha traído a su prometida a nuestra patria. Deseo que los cases mañana, Calcante.
– Como ordenes, señor.
A continuación el rey despidió a París y a Helena.
– Ahora ve a mostrarle a Helena su nuevo hogar -le dijo a mi necio hermano.
Se marcharon cogidos de la mano. Yo desvié la mirada. Calcante permanecía inmóvil y silencioso.
– ¿Sabes quién es ella, sacerdote? -inquirió mi padre.
– Sí, señor, la mujer tomada como botín en Grecia. La estaba esperando.
¿Sería cierto? ¿O eran sus espías tan eficaces como siempre? -Tengo una misión para ti, Calcante. -Dime, señor.
– Necesito el consejo de la pitonisa de Delfos. Ve allí tras celebrar la boda y entérate de lo que significa Helena para nosotros.
– Sí, señor. ¿Debo obedecer a la pitonisa?
– Desde luego, es la mensajera de Apolo.
Me pregunté qué se proponían con todo aquello, a quién estarían engañando yendo a Grecia en busca de respuestas. Parecía que siempre había que recurrir a Grecia. ¿Era el oráculo de Delfos servidor del Apolo troyano o del griego? ¿Eran incluso el mismo dios?
Cuando se hubo marchado el sacerdote por fin me quedé a solas con mi padre.
– Has hecho una cosa terrible, señor -dije.
– No, Héctor, he hecho lo único posible -repuso con un ademán de impotencia-. ¿No comprendes que no podía devolverla? El mal ya estaba hecho, Héctor. Lo estuvo desde el momento en que Helena dejó el palacio de Amidas.
– Entonces no la devuelvas entera, padre, sino sólo su cabeza.
– Es demasiado tarde -repuso ya divagando-. Demasiado tarde… Demasiado tarde…
CAPITULO OCHO
Mi esposa se hallaba junto al ventanal bañada por la luz del sol, que arrancaba destellos cobrizos a sus cabellos tan encendidos y brillantes como ella misma. Aunque no tan bella como Helena, sus encantos eran más interesantes para mí; su atractivo sexual, más intenso. Clitemnestra era una fuente viva de poder, no un simple adorno.
Aquella vista la atraía intensamente, tal vez porque demostraba la elevada posición que ocupaba Micenas sobre las restantes ciudadelas. Micenas, que dominaba desde la montaña del León hasta el valle de Argos con sus verdes cosechas, y se remontaba después a las sierras que nos rodeaban, pobladas por densos pinares sobre olivares.
Se produjo una conmoción en el exterior y distinguí las voces de mis guardianes manifestando que los soberanos no deseaban ser molestados. Fruncí el entrecejo y me levanté, pero aún no había avanzado un paso cuando la puerta se abrió bruscamente y Menelao irrumpió en la sala. Vino directamente hacia mí, apoyó la cabeza en mis piernas y prorrumpió en sollozos. Miré a Clitemnestra, que lo observaba también sorprendida.
– ¿Qué sucede? -le pregunté obligándolo a levantarse e instalarse en una silla.
Pero él no podía contener su llanto. Tenía los cabellos sucios y enmarañados, vestía con descuido y llevaba barba de tres días. Clitemnestra sirvió un vaso de vino sin aguar y me lo entregó. Cuando él hubo bebido se tranquilizó un poco y dejó de llorar con tanta desesperación.
– ¿Qué sucede, Menelao? -¡Helena se ha ido!
– ¿Ha muerto? -exclamó Clitemnestra apartándose de la ventana.
– No, se ha marchado. ¡Se ha fugado, Agamenón! ¡Me ha abandonado!
Se incorporó en su asiento y trató de serenarse.
– Cuéntamelo poco a poco, Menelao -le dije.
– Hace tres días que regresé de Creta y ella no estaba… ¡Se ha marchado, hermano! ¡Se ha ido a Troya con París!
Lo miramos boquiabiertos.
– ¿Que se ha ido a Troya con París? -repetí cuando me fue posible articular palabra.
– ¡Sí, sí! Se llevó las arcas del tesoro y huyó.
– No lo creo -repuse.
– ¡Oh, sí! ¡Esa necia y lujuriosa ramera! -siseó Clitemnestra-. ¿Qué más podía esperarse cuando ya se había escapado con Teseo? ¡Puta, ramera, inmoral!