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– ¡Conten tu lengua, mujer!

Me obedeció, aunque a regañadientes.

– ¿Cuándo sucedió eso, Menelao? ¡No habrá pasado hace cinco meses!…

– Casi seis… Al día siguiente de mi marcha a Creta. -¡Eso es imposible! Reconozco que no he estado en Amiclas en tu ausencia, pero tengo buenos amigos allí que me habrían informado al punto.

– Les echó mal de ojo, Agamenón. Acudió al oráculo de madre Kubaba y le indujo a anunciar que yo había usurpado su derecho al trono de Lacedemonia. Luego impulsó a madre Kubaba a lanzar una maldición contra mis nobles y nadie se atrevió a decirlo.

Traté de dominar mi ira.

– De modo que en Lacedemonia aún se someten a la Madre y a la Antigua Religión, ¿no es eso? ¡No tardaré en solucionarlo! Ya hace más de cinco meses… -Me encogí de hombros-. Bien, ahora no vamos a hacerla regresar. -¿Que no la haremos regresar?

Menelao se levantó bruscamente y se enfrentó conmigo. -¿No la haremos regresar? ¡Eres el soberano supremo, Agamenón! ¡Debes obligarla a volver!

– ¿Se llevó a los niños? -preguntó Clitemnestra.

– No -repuso él-. Sólo las arcas del tesoro.

– Lo que te demuestra cuáles son sus prioridades -gruñó mi mujer-. ¡Olvídala! ¡Estarás mejor sin ella, Menelao!

El hombre se arrodilló y de nuevo prorrumpió en sollozos.

– ¡Deseo que regrese! ¡La quiero a mi lado, Agamenón! ¡Dame un ejército! ¡Dame un ejército y zarparé hacia Troya!

– ¡Serénate, hermano! ¡Tranquilízate!

– ¡Dame un ejército! -masculló.

– Menelao, éste es un asunto personal -repuse con un suspiro-. No puedo darte un ejército con el fin de llevar a una prostituta ante la justicia. Reconozco que los griegos tenemos excelentes razones para odiar a Troya y a los troyanos, pero ningún rey subdito mío consideraría suficiente razón ir a la guerra por la huida voluntaria de Helena.

– Lo único que pido es un ejército formado por tus tropas y las mías, Agamenón.

– Troya acabaría con ellos en un abrir y cerrar de ojos. Dicen que el ejército de Príamo cuenta con cincuenta mil soldados -traté de hacerlo razonar.

Clitemnestra me dio un codazo.

– ¿Has olvidado el juramento, esposo? -inquirió-. Convoca un ejército basándote en el juramento del Caballo Descuartizado al que se comprometieron un centenar de reyes y príncipes.

Me disponía a responderle que las mujeres eran unas necias pero me contuve al instante. Fui hacia el salón del trono, que estaba próximo, me instalé en la silla del León y, apoyándome en sus brazos en forma de garras, me abstraje en mis pensamientos.

El día anterior había recibido a una delegación de monarcas de toda Grecia, quienes se lamentaban de que el continuo cierre del Helesponto los había conducido a una situación por la que ya no podían permitirse comprar cobre y estaño a los estados de Asia Menor. Nuestras reservas de metal, en especial de estaño, se habían quedado reducidas a la nada; las rejas de los arados se fabricaban con madera y los cuchillos, con hueso. Si las naciones griegas tenían que sobrevivir, no podía permitirse que prosiguiera la política troyana de intencionada exclusión del Ponto Euxino. Las tribus bárbaras se concentraban al norte y a occidente, dispuestas a precipitarse en tropel y a exterminarnos, tal como en otros tiempos habían acabado con los griegos primigenios. ¿Y dónde íbamos a encontrar el bronce necesario para enfrentarnos a ellos?

Los había escuchado y les había prometido encontrar una solución. Me constaba que no existía otra salida que la guerra, pero a sabiendas también de que la mayoría de monarcas que formaban aquella delegación eludirían las medidas más extremas. En aquellos momentos contaba con medios para ello. Clitemnestra me había mostrado cuáles eran. Yo estaba en la flor de la vida y había vivido experiencias bélicas en las que había demostrado mi valía. ¡Podía dirigir la invasión de Troya! Helena me serviría de pretexto. El astuto Ulises así lo había previsto hacía siete años cuando le aconsejó al difunto Tíndaro que exigiera un juramento a los pretendientes de la princesa.

Si deseaba que mi nombre se perpetuase tras mi muerte tenía que realizar grandes hazañas. ¿Y qué mayor proeza que invadir y conquistar Troya? El juramento me facilitaría unos cien mil soldados, suficientes para realizar aquella misión en diez días. Y, cuando Troya se hallara en ruinas, ¿qué me impediría dirigir mi atención a los estados costeros de Asia Menor, reducirlos a satélites de un imperio griego? Pensé en el bronce, el oro, la plata, el electrón, las joyas y las tierras que podían conseguirse. Que me pertenecerían si invocaba el juramento del Caballo Descuartizado. Sí, de mí dependía conquistar un imperio para mi pueblo.

Mi esposa y mi hermano me observaban desde la sala. Me erguí en el trono y los miré con severidad.

– Helena ha sido raptada -dije.

Menelao negó tristemente con la cabeza.

– ¡Ojalá fuera así, Agamenón, pero no es cierto! ¡No precisó coacción alguna!

Contuve un fuerte impulso de sacudirle como cuando éramos niños. ¡Por la Madre, cuan necio era! ¿Cómo pudo nuestro padre Atreo engendrar a semejante bobo?

– ¡No me importa lo que sucedió realmente! -repliqué-. Dirás que fue raptada, Menelao. La menor alusión a que su huida fue voluntaria lo echaría todo a perder. ¿No puedes comprenderlo? Si me obedeces y sigues mis instrucciones sin discutir, me encargaré de reunir un ejército apelando al juramento.

Superado su abatimiento, Menelao ardía de entusiasmo. -¡Así será, Agamenón, así será!

Observé a Clitemnestra, que sonrió con amargura; ambos teníamos hermanos necios y ambos así lo comprendíamos.

Un sirviente merodeaba a cierta distancia, suficiente para no captar nuestra conversación. Di una palmada para atraerlo. -¡Que Calcante acuda a mi presencia! -le ordené. El sacerdote apareció al cabo de unos momentos y se postró ante mí. Observé su cabeza inclinada preguntándome una vez más qué lo habría traído realmente a Micenas. Era un troyano de la más alta nobleza que hasta hacía poco había sido gran sacerdote de Apolo en Troya. Acudió a Delfos en peregrinaje y la pitonisa le ordenó que sirviera a Apolo en Micenas. También se le había ordenado que no regresara a Troya, que no volviese a servir al Apolo troyano. Cuando se presentó ante mí encargué que comprobaran la veracidad de sus palabras y la pitonisa las confirmó claramente. Calcante debía ser mi sacerdote en el futuro porque el dios de la luz así lo deseaba. Ciertamente no me había dado ningún motivo como sospechoso de traición. Estaba dotado de clarividencia y recientemente me había comunicado que mi hermano acudiría a verme muy preocupado.

Su aspecto era desagradable porque se trataba de uno de esos seres singulares, un auténtico albino. Era calvo y de cutis blanco como el vientre de un pez marino. Tenía los ojos de un tono rosado oscuro y bisojos en un gran rostro que mostraba una permanente expresión de estupidez. Algo totalmente engañoso, pues Calcante no era en modo alguno un necio.

Cuando se erguía traté de penetrar en su mente pero no logré discernir nada en aquellos ojos turbios y de aspecto cegato.

– ¿Cuándo dejaste exactamente de servir al rey Príamo, Calcante?

– Hace cinco meses, señor.

– ¿Había regresado el príncipe París de Salamina?

– No, señor.

– Puedes irte.

Se irguió orgulloso, ofendido al verse despedido tan secamente; sin duda estaba acostumbrado a un trato más deferente en Troya. Pero allí adoraban a Apolo como dios todopoderoso, mientras que en Micenas era Zeus quien detentaba tal rango. ¡Cómo debía indignarlo a él, un troyano, verse obligado por Apolo a servir a quien no podía entregar su corazón!

Volví a dar una palmada.

– ¡Que venga el heraldo principal!

Menelao suspiró para recordarme que seguía de pie delante de mí aunque ni por un instante había olvidado que Clitemnestra también aguardaba expectante.