El arado se encontraba entonces cerca de nosotros, la yunta cada vez más irritada, más difícil de dominar. Palamedes entró en acción sin previo aviso mientras Menelao y yo seguíamos paralizados. Arrebató a la criatura de los brazos de Penélope y la dejó casi bajo los cascos del buey. Penélope trató de recoger al pequeño con un grito desgarrador, pero Palamedes la contuvo. De pronto la yunta se detuvo. Ulises corrió ante el buey y recogió a su hijo del suelo.
– ¿Qué sucede? -preguntó Menelao-. ¿Es que en realidad está cuerdo?
– Todo lo cuerdo que puede estar un hombre -repuso sonriente Palamedes.
– ¿Fingía locura? -insistí.
– Desde luego, señor. ¿Cómo si no hubiera podido evitar cumplir con el juramento?
– Pero ¿cómo lo has sabido? -le preguntó Menelao, sorprendido.
– Encontré a un sirviente hablador junto a la sala del trono y me dijo que Ulises recibió ayer un oráculo doméstico. Al parecer, le vaticina que si marcha a Troya deberá permanecer alejado de ítaca durante veinte años -me comunicó Palamedes, que disfrutaba con su pequeño triunfo.
Ulises le entregó el niño a Penélope, que en aquellos momentos lloraba sinceramente. Todos sabíamos que Ulises era un gran actor, pero Penélope también sabía actuar. Eran una pareja perfecta. Ulises la rodeó con su brazo y fijó sus ojos grises en Palamedes con una expresión desagradable. Palamedes había despertado el odio de quien podía aguardar toda una vida la oportunidad perfecta para vengarse.
– He sido descubierto -confesó Ulises, en absoluto pesaroso-. Supongo que necesitas mis servicios, ¿es así, señor?
– Así es. ¿Por qué te mostrabas tan reacio, Ulises?
– La guerra contra Troya será larga y cruenta, señor. No deseo intervenir en ella.
¡Alguien más insistía en que sería una larga campaña! ¿Cómo podría Troya resistir el ataque de cien mil hombres, por muy altas que fueran sus murallas?
Regresé a Micenas acompañado de Ulises tras ponerle plenamente al corriente de los hechos. Era inútil tratar de decirle que Helena había sido raptada. Como de costumbre, resultó un caudal de consejos y de información. Ni siquiera se volvió una vez para ver desaparecer ítaca en el horizonte; ni siquiera por un momento advertí que echara de menos a su esposa, ni ella a él. Ambos, Ulises y Penélope, la del rostro entramado, sabían dominarse y atesorar sus secretos.
Cuando llegamos al palacio del León descubrí que había llegado mi primo Idomeneo de Creta, deseoso de unirse a cualquier expedición que se formase contra Troya, a cambio de una recompensa desde luego. Me pidió compartir el mando y se lo concedí de buen grado. Aunque detentara tal cargo tendría que inclinarse ante mí. Había estado muy enamorado de Helena y tomó muy a mal su traición; también a él tuve que confesarle la verdad.
La lista estaba casi completa, los administrativos se entregaron a sus respectivas tareas y a memorizar, y todos los carpinteros de ribera de Grecia se dedicaron por entero a su trabajo. Por fortuna, los griegos construían las mejores naves y poseían extensos bosques de pinos y abetos altos y rectos que derribar, la brea que necesitábamos de su resina, suficientes esclavos que entregaban sus cabellos para mezclarlos con ella y el ganado preciso para la piel de las velas. No precisaríamos encargar embarcaciones en otros lugares y denunciar así nuestros planes. El resultado era incluso mejor de lo que yo había previsto: me habían prometido mil doscientas naves y más de cien mil hombres.
En cuanto la flota estuvo en construcción convoqué al consejo interior a una sesión. Néstor, Idomeneo, Palamedes y Ulises se reunieron conmigo y lo revisamos todo concienzudamente. Después de lo cual le encargué a Calcante que efectuase un augurio.
– Buena idea -aprobó Néstor, a quien le agradaba someterse a los dioses.
– ¿Qué dice Apolo, sacerdote? -le pregunté a Calcante-. ¿Será victoriosa nuestra expedición?
– Únicamente si contáis con Aquiles, séptimo hijo del rey Peleo -repuso sin vacilar.
– ¡Oh, Aquiles, Aquiles! -mascullé-. ¡No dejo de oír ese nombre por doquier!
– Es un hombre importante, Agamenón -repuso Ulises con un encogimiento de hombros.
– ¡Bah! ¡Ni siquiera tiene veinte años!
– Aun así -intervino Palamedes-. Creo que deberíamos saber más cosas de él.
Se volvió hacia Calcante y le ordenó:
– Cuando te vayas dile a Áyax, hijo de Telamón, que se reúna con nosotros.
A Calcante no le gustaba recibir órdenes de los griegos, pero el bisojo albino obedeció. ¿Sería consciente de que yo lo hacía vigilar noche y día por prudencia?
Áyax apareció poco después de que Calcante se hubiera marchado.
– Habíame de Aquiles -le dije.
Aquella simple petición desencadenó una sarta de calificativos superlativos que me resultaron difíciles de resistir. El caso es que no nos dijo nada que desconociéramos. Agradecí al hijo de Telamón sus palabras y lo despedí. ¡Vaya palurdo!
– ¿Y bien? -les pregunté entonces a mis compañeros.
– Sin duda no importa lo que pensemos, Agamenón -repuso Ulises-. El sacerdote dice que debemos contar con Aquiles.
– Que no acudirá en respuesta a una invitación -dijo Néstor.
– ¡No era necesario que me lo dijeras! -repliqué.
– Conten tu genio, señor -dijo el anciano-. Peleo no es joven ni pronunció el juramento. Nada lo obliga a ayudarnos ni ha ofrecido su colaboración. ¡Sin embargo, piensa, Agamenón, piensa! ¿Qué podríamos hacer si nuestro ejército contara con los mirmidones?
Tras acentuar aquella mágica palabra se produjo un prolongado silencio que él mismo interrumpió.
– Yo mismo preferiría tener un mirmidón a mi espalda que medio centenar de otros soldados -dijo.
– Entonces, sugiero que tú, Ulises, vayas con Néstor y Áyax a Yolco y le pidas al rey Peleo los servicios de Aquiles y de los mirmidones -dije, decidido a que alguien más compartiera mis sufrimientos.
CAPITULO NUEVE
Ya me encontraba cerca de él, pues percibía su pestilencia y su furia. Así con firmeza la lanza y me deslicé en pos del animal entre la espesura. Percibía su jadeante respiración y el sonido de la tierra que desprendía con sus pezuñas. De pronto lo vi; era tan grande como un ternero y apoyaba su enorme masa sobre patas cortas y potentes, su negra piel estaba erizada y su hocico tenso mostraba los colmillos afilados y amarillos. Sus ojos eran los de alguien condenado al Tártaro: ya veía a las fantasmagóricas Furias y estaba invadido por la terrible cólera de una bestia inconsciente. Era un viejo y brutal asesino.
Grité estentóreamente para darle a conocer mi presencia. Al principio el animal no se movió, luego alzó lentamente su enorme cabeza para mirarme. Arañó el suelo con las patas levantando nubes de polvo e inclinó el hocico desprendiendo terrones del suelo con los colmillos mientras hacía acopio de fuerzas para el ataque. Salí al descubierto y me planté ante él en actitud de desafío armado de Viejo Pelión. Encontrarse ante un hombre que se le enfrentaba audazmente era nuevo para él. Por un momento pareció inseguro, luego prorrumpió en un trote pesado que agitó la tierra y se transformó en galope precipitado. Resultaba sorprendente que un ser tan enorme pudiera correr tanto.
Calculé el ímpetu de su carga y permanecí inmóvil. Sostenía mi lanza con ambas manos, la punta ligeramente hacia arriba. Mi enemigo se aproximaba por momentos. A impulsos de su enorme masa corpórea podría haber atravesado el tronco de un árbol. Cuando advertí el rojo resplandor de sus ojos me agaché y acto seguido me adelanté y le hundí mi arma en el pecho. La bestia se me echó encima y ambos caímos rodando bañados en su cálido chorro vital. Pero por fin logré asentar los pies y arrastré hacia arriba su cabeza para liberarme de su peso, aferradas las manos al mango de la lanza y resbalando en su sangre. Y así halló la muerte, asombrado al encontrarse con alguien más poderoso que él. Arranqué de su pecho a Viejo Pelión, le corté los colmillos -eran un trofeo singular para adornar un casco de guerra- y lo dejé allí tendido para que se corrompiese.