Mi madre me aguardaba entre las sombras, junto al altar. De pronto descubrí que necesitaba valerme de Viejo Pelión como si fuera un bastón, que mis piernas se habían debilitado y apenas podía mantenerme erguido. ¡Era mi madre! ¡La madre que nunca había conocido!
¡Y cuan menuda era! Apenas me llegaba a la cintura. Tenía los cabellos de un blanco azulado, los ojos grises oscuros y su piel era tan traslúcida que se le podían distinguir las venas.
– Tú eres mi hijo, al que Peleo negó la inmortalidad.
– Lo soy.
– ¿Te ha enviado en mi busca?
– No, he venido por casualidad -dije apoyándome débilmente en mi lanza.
¿Qué debe de sentir un hombre cuando se encuentra por vez primera con su madre? Edipo había experimentado deseo por su madre y, aunque lo había criado, la había tomado como reina y esposa. Pero, al parecer, yo no sentía lo mismo que Edipo porque no experimentaba ningún amago de lujuria, ningún asomo de admiración por su belleza ni por su aparente juventud. Tal vez mis sentimientos se resumieran más bien en una sensación de sorpresa, de incomodidad, como de rechazo. Aquella extraña mujercilla había asesinado a mis seis hermanos y había traicionado a mi padre, al que yo amaba.
– ¡Me odias! -exclamó indignada.
– No se trata de odio, es desagrado.
– ¿Qué nombre te dio Peleo?
– Aquiles.
Me miró la boca y asintió despectiva.
– Muy apropiado. Hasta los peces tienen labios, pero tú careces de ellos. Y esa carencia convierte tu rostro de cierta belleza en algo inacabado. Como una bolsa con una ranura.
Tenía razón y la odié por ello.
– ¿Qué haces en Esciro? ¿Está Peleo contigo?
– No. Vengo solo cada año durante seis lunas. Soy yerno del rey Licomedes.
– ¿Ya estás casado? -preguntó reticente.
– Desde los trece años. Ahora tengo casi veinte y un hijo de seis.
– ¡Vaya fiasco! ¿Y tu esposa es también una criatura?
– Se llama Deidamía y es mayor que yo.
– Bien, muy adecuado para Licomedes y también para Peleo. Te han embaucado y de modo insensible.
Guardé silencio sin saber qué responderle. Tampoco ella parecía saber qué decir. El silencio se prolongó de manera interminable. Yo, bien aleccionado por mi padre y Quirón para tratar con deferencia a mis mayores, no lo interrumpí porque no podía hacerlo cortésmente. Tal vez ella fuese una diosa, aunque mi padre lo negaba cada vez que se dejaba dominar por el vino.
– Deberías haber sido inmortal -me dijo por fin. Aquello provocó mi risa.
– No deseo la inmortalidad. Soy guerrero y disfruto con las acciones de los hombres. Rindo homenaje a los dioses, mas nunca he anhelado ser uno de ellos.
– Entonces no has imaginado lo que supone la mortalidad.
– ¿Qué puede suponer salvo que debo morir? -Exactamente -repuso ella con dulzura-. Debes morir, Aquiles. ¿Y no te horroriza la idea de la muerte? Dices ser un hombre, un guerrero, pero los guerreros mueren pronto, antes que los hombres de paz. Me encogí de hombros.
– Sea como fuere, mi destino es morir. Prefiero una existencia corta pero gloriosa a una vida más larga pero ignominiosa…
Por un instante sus ojos se tornaron azules y se nublaron y su rostro expresó una tristeza que no la creía capaz de experimentar. Una lágrima se deslizó por su traslúcida mejilla pero la enjugó con impaciencia y de nuevo se convirtió en una criatura implacable.
– Es demasiado tarde para discutir esta cuestión, hijo mío. Debes morir. Pero puedo ofrecerte una elección porque veo el futuro y conozco tu destino. En breve se presentarán unos hombres a pedirte que te incorpores a una gran guerra. Mas si accedes a sus deseos, morirás en ella. De no ser así, llegarás a hacerte muy viejo y serás muy dichoso. Joven y glorioso o viejo y en la ignominia. A ti compete la elección.
– ¿Qué clase de elección es ésa? -repuse riendo-. ¡Me decido por una existencia breve pero gloriosa!
– ¿Por qué no piensas primero un poco en la muerte? -me preguntó.
Sus palabras se infiltraron en mí cargadas de veneno. La miré a los ojos y los vi girar y desaparecer, su rostro se volvió informe y el cielo que nos cubría se fundió y flotó bajo sus piececitos. Al verla crecer hasta que su cabeza se sumergió en las nubes comprendí que yo volvía a ser víctima del hechizo y quién lo había conjurado. De las comisuras de mi boca surgió salmuera, un hedor a corrupción inundó mi olfato y el terror y la soledad me impulsaron a arrodillarme ante ella. La mano izquierda comenzó a agitárseme y la misma parte de mi rostro a moverse nerviosamente. Pero en aquella ocasión llevó más adelante el conjuro y perdí el conocimiento.
Al despertar ella estaba junto a mí en el suelo frotando suavemente unas hierbas perfumadas entre sus manos.
– Levántate -me ordenó.
Me levanté lentamente, incapaz de ordenar mis pensamientos, debilitado de cuerpo así como de espíritu.
– ¡Escúchame, Aquiles! -gritó-. ¡Escúchame! Vas a pronunciar un juramento de la Antigua Religión y por lo tanto mucho más grave que si te atuvieras a la Nueva. Jurarás a mi padre Nereo, el viejo del mar, a la Madre, que nos ha alumbrado a todos, a Coré, reina del horror, a los soberanos del Tártaro, lugar de tormento, y a mí en mi divinidad. Formularás ahora ese juramento, a sabiendas de que no puedes quebrantarlo. Si así lo hicieras, enloquecerías para siempre jamás y Esciro se sumergiría bajo las olas como sucedió con Thera tras el gran sacrilegio.
Me asió del brazo y lo sacudió con fuerza.
– ¿Me has oído bien, Aquiles?
– Sí -murmuré.
– Tengo que salvarte de ti mismo -dijo.
Rompió un correoso huevo sobre sangre grasicnta y aguardó a que ésta salpicase el altar. Luego me cogió la diestra y la aplastó sobre aquella mezcla apretándola con firmeza.
– ¡Jura ya!
Repetí las palabras que me dictaba:
– Yo, Aquiles, hijo de Peleo, nieto de Eaco y biznieto de Zeus, juro que regresaré al punto al palacio del rey Licomedes, vestiré un traje femenino y permaneceré en el palacio durante un año, vestido siempre de mujer. Cuando alguien se presente con la intención de ver a Aquiles, me ocultaré en el harén y no tendré contacto con él, ni siquiera por intermediarios. Dejaré que el rey Licomedes hable en mi nombre en cualquier ocasión y acataré lo que él diga sin discusión. Y todo esto lo juro por Nereo, por la Madre, por Coré, por los soberanos del Tártaro y por Tetis, que es una diosa.
En el momento en que acabé de pronunciar aquellas espantosas palabras se despejó mi confusión, el mundo recobró sus auténticos colores y contornos y pude volver a pensar con claridad. Pero era demasiado tarde. Nadie podía asumir tan terrible juramentó y no cumplirlo. Mi madre me había atado de pies y manos a su voluntad.
– ¡Te maldigo! -grité echándome a llorar-. ¡Te maldigo! ¡Me has convertido en una mujer!
– En todos los hombres hay una mujer -repuso con afectación.
– ¡Me has deshonrado!
– He evitado que te precipites a una muerte temprana -respondió, y me dio un empujón-. Ahora regresa con Licomedes. No tendrás que explicarle nada. Cuando llegues a palacio lo sabrá todo.
Sus ojos volvían a ser azules.
– Hago esto por amor a ti, mi pobre hijo sin labios. Soy tu madre.
Cuando encontré a Patroclo no le dije nada, simplemente recogí mi parte del equipo y emprendí el regreso a palacio. Y él, adaptándose como siempre a mi estado de ánimo, no me formuló una sola pregunta. O quizá ya estaba al corriente al igual que Licomedes cuando apareció por las puertas que daban al patio. Allí me aguardaba con aire encogido y derrotado.
– He recibido un mensaje de Tetis -me anunció.
– Entonces ya sabrás lo que se nos exige.