– No sé cómo ha sido, padre -repuso Aquiles por fin-. Reaccioné de modo intuitivo, respondiendo a una llamada que me había sido grabada en mi niñez. Al oír a Áyax, respondí. No he quebrantado ningún juramento. La astucia ajena lo destruyó.
– Aquiles no se equivoca -exclamé dirigiéndome a todos ellos-. Te engañé. Ningún dios puede considerarte culpable de faltar a tus promesas.
Como es natural dudaron de mí, pero el daño ya estaba hecho.
Jubiloso, Aquiles extendió los brazos sobre su cabeza y luego se acercó a Patroclo y a Áyax y los abrazó.
– ¡Iremos a la guerra, primos! -dijo con una amplia sonrisa.
Y a continuación me miró reconocido.
– ¡Es nuestro destino! -dijo-. ¡Ni siquiera entre sus más viles conjuros logró convencerme mi madre de lo contrario! ¡Nací para guerrear, para combatir junto a los más grandes hombres de nuestro tiempo, para conseguir fama perdurable y gloria imperecedera!
Sus palabras sin duda eran ciertas. Contemplé con ironía a aquel espléndido trío de jóvenes mientras recordaba a mi esposa y a mi hijo y pensaba en los infinitos años que deberían transcurrir entre el comienzo de mi exilio y mi regreso al hogar. Aquiles conseguiría su fama perdurable y la gloria imperecedera en Troya, pero yo gustosamente hubiera renunciado a mi participación en tan valiosos fines a cambio de regresar al día siguiente a mi hogar.
Al final logré retornar a ítaca so pretexto de que tenía que formar en persona mi contingente para Troya. A Agamenón no le agradó en absoluto verme partir de Micenas, ya que representaba su papel mucho más fácilmente si yo me encontraba presente para respaldarlo.
Pasé tres meses preciosos con mi Penélope de rostro entramado, un tiempo con el que no habíamos contado disponer, pero al cabo no pude retrasar más mi partida. Mientras mi flotilla superaba con dificultad las tormentosas costas de la isla de Pélops, yo efectué mi viaje a Áulide por tierra. Pasé rápidamente por Etolia sin interrumpir mi avance de noche ni de día hasta arribar a la montañosa Delfos, donde Apolo, dios de las profecías, tenía su santuario, y donde su sacerdotisa, la pitonisa, emitía sus infalibles vaticinios. Le pregunté si mi oráculo doméstico se había equivocado al anunciar que pasaría veinte años lejos de mi hogar. Su respuesta fue sencilla y claramente negativa. Luego añadió que por voluntad de mi protectora Palas Atenea debería permanecer ausente de mi patria durante veinte años. Le pregunté la razón, pero sólo obtuve una risita por respuesta.
Malogradas mis esperanzas, proseguí hacia Tebas, donde había dispuesto reunirme con Diomedes, que venía desde Argos. Pero la ruinosa ciudad estaba desierta; él no se había atrevido a quedarse. Tampoco me angustiaba la soledad mientras dirigía mis caballos por la última y breve etapa de mi viaje, traqueteando por el camino rodado que conducía al estrecho de Eubea y a la playa de Áulide.
El punto de encuentro para la expedición había sido discutido detenida y cuidadosamente; más de mil naves necesitarían varias leguas de espacio y las aguas debían ser protegidas. Por consiguiente, Áulide constituía una buena elección. La playa superaba las dos leguas de longitud y estaba resguardada de las borrascas y del mar por la isla de Eubea, no lejos de la costa.
Aunque era el último en llegar, me remonté a lo alto de una colina que dominaba la costa para contemplar la perspectiva. Incluso mis corceles parecieron percibir algo siniestro en el ambiente porque se detuvieron, ofrecieron resistencia y comenzaron a retroceder, como suelen hacerlo cuando se los obliga a aproximarse a las carroñas. Mi auriga tuvo que esforzarse por controlarlos, pero por fin consiguió inducirlos a avanzar.
¡Se extendían ante mis ojos hasta el infinito! En la playa, en doble hilera, se encontraban los navios rojinegros de altas proas, capaces cada uno de ellos de transportar un centenar de hombres por lo menos, con espacio suficiente para cincuenta remeros y para que otros cincuenta pudieran descansar entre el equipo, y con altos mástiles en los que izar las velas. Me pregunté cuántos árboles habrían sido derribados para construir aquellas naves, cuántos regueros de sudor habrían empapado sus curvados costados hasta que estuvo ajustado el último perno para que pudieran deslizarse con soltura sobre las aguas.
Innumerables embarcaciones, diminutas desde la elevada perspectiva que yo disfrutaba, suficientes para trasladar a Troya a ochenta mil soldados y otros miles más de no combatientes. Aplaudí a Agamenón en mi fuero interno, pues se había arriesgado y había triunfado en su empeño. Aunque no lograra conducir a aquellas infinitas naves más allá de la playa de Áulide, no dejaba de ser un logro espléndido. En aquellos momentos yo no advertía la belleza del lugar, ya que las montañas empequeñecían y el mar se convertía en un instrumento pasivo al servicio de Agamenón, rey de reyes. Me reí y grité estentóreamente:
– ¡Has vencido, Agamenón!
Atravesé el pueblecito pescador de Áulide a trote ligero prescindiendo de la multitud de soldados que atestaban su única calle. Me detuve más allá de las casas, desorientado. ¿Dónde se hallaría el cuartel general entre tantas naves? Me dirigí a un oficial.
– ¿Dónde se encuentra la tienda de Agamenón, rey de reyes?
Me observó morosamente mientras se escarbaba los dientes y examinaba mi armadura, mi casco engalanado con colmillos de jabalí, el magnífico escudo que había pertenecido a mi padre.
– ¿Quién lo pregunta? -me preguntó con impertinencia.
– Un lobo que ha devorado ratas mayores que tú.
El hombre, atónito, tragó saliva y respondió cortésmente:
– Sigue este mismo camino durante un rato y pregunta de nuevo, señor.
– Ulises de ítaca te lo agradece.
Agamenón había establecido su campamento de modo provisional, con tiendas de cuero cómodas y de dimensiones considerables.
Con carácter sólido y permanente únicamente había construido un altar de mármol bajo un plátano solitario, un pobre y escuálido ejemplar que pugnaba contra la sal y el viento para hacer germinar brotes primaverales. Confié mis corceles y mi auriga a uno de los guardianes imperiales y me escoltaron hasta la tienda de mayores proporciones.
En su interior se encontraban los personajes más importantes: Idomeneo, Diomedes, Néstor, Áyax y su homónimo Áyax el Pequeño, Teucro, Fénix, Aquiles, Menesteo, Menelao, Palamedes, Meriones, Filoctetes, Eurípilo, Toas, Macaón y Podaliero. Calcante, el sacerdote albino, sentado discretamente en un rincón, paseaba sus ojos enrojecidos de uno a otro, entre cálculos y conjeturas. Su bizqueo no me confundió. Durante unos momentos lo observé con disimulo tratando de adivinar sus pensamientos. No me gustaba, no sólo por su repulsivo aspecto, sino por algo intangible en su apariencia que me inspiraba una profunda sensación de desconfianza.
Me constaba que Agamenón había tenido igual sensación al principio, pero tras hacer observar al hombre durante muchas lunas había llegado a la conclusión de que Calcante era leal. Yo no estaba tan seguro. Aquel tipo me parecía muy sutil y era troyano.
– ¿En qué te has demorado, Ulises? -exclamó Aquiles jovialmente-. ¡Tus naves llegaron hace una luna!
– He venido por tierra. Tenía asuntos que solventar.
– Pero llegas en el momento oportuno, viejo amigo -intervino Agamenón-. Nos disponíamos a celebrar nuestro primer consejo formal.
– ¿Soy realmente el último?
– Entre los importantes.
Ocupamos nuestros asientos. Calcante abandonó su rincón y sostuvo el dorado bastón de debate en su puño con aire indolente. Pese a que hacía un tiempo soleado y primaveral, las lámparas estaban encendidas porque sólo se filtraba una tenue luz por la puerta de la tienda. Como correspondía a un consejo oficial de guerra, vestíamos nuestras armaduras completas. Agamenón lucía un equipo de oro muy hermoso con amatistas y lapislázulis incrustados. Confié en que tuviera otro más adecuado para la batalla. Tomó el bastón de Calcante y se enfrentó orgulloso a todos nosotros.