– Como es natural, he convocado este primer consejo para tratar de la travesía más que de la campaña. Pero en vez de dictar órdenes considero preferible responder a preguntas. No es necesario un debate riguroso. Calcante sostendrá el bastón. Sin embargo, si alguno de vosotros desea tomar extensamente la palabra, deberá utilizarlo.
Con aire satisfecho devolvió el bastón al sacerdote.
– ¿Cuándo piensas zarpar? -preguntó Néstor en tono cordial.
– Con la próxima nueva luna. He delegado la parte principal de la organización en Fénix, el marino más experto de todos nosotros. Fénix ya ha establecido un destacamento especial de oficiales que dispondrán la orden de zarpar, establecerán qué contingentes son los más rápidos o lentos, las naves que deben transportar las tropas indispensables y las que trasladarán caballos o personal no combatiente. Podéis estar tranquilos, pues no se producirá un caos cuando desembarquemos.
– ¿Quién es el piloto principal? -inquirió Aquiles.
– Télefo. Él me acompañará en la nao insignia. Los pilotos de cada embarcación tendrán órdenes de mantener su nave a la vista de, por lo menos, una docena de los restantes. Ello nos asegurará de que la flota permanece intacta, contando con un tiempo favorable, claro está. Las tormentas dificultarían la situación, pero la época del año nos es propicia y Télefo prepara cuidadosamente a los pilotos.
– ¿Con cuántas naves de abastecimiento contaremos? -le pregunté.
Agamenón pareció algo ofendido, no había esperado una pregunta tan prosaica.
– Se han destinado cincuenta para tal fin, Ulises. La campaña será breve y rápida.
– ¿Sólo cincuenta para cien mil hombres? Agotarán los alimentos en menos de una luna.
– En menos de una luna disfrutaremos de todos los alimentos que Troya haya almacenado -manifestó el gran rey de Micenas.
Su rostro era mucho más elocuente que sus palabras: había tomado una decisión y no pensaba hacer concesiones. ¿Por qué en aquel punto, el más insignificante, el más imprevisible? Pero en ocasiones se comportaba de aquel modo y entonces ni Néstor, ni Palamedes ni yo mismo podíamos hacerlo mudar de opinión.
Aquiles se levantó y tomó el bastón.
– Esto me preocupa, señor. ¿No deberías dedicar tanta atención a nuestros medios de suministro como a nuestras tácticas de embarcación, navegación e incluso bélicas? Más de cien mil hombres deben comer más de cien mil raciones de grano diarias, más de cien mil pedazos de carne, platos de huevos o porciones de queso cada día y beber más de cien mil copas de vino diario. Si los medios de suministro no están debidamente organizados, el ejército se morirá de hambre. Como Ulises dice, cincuenta naves no durarán más de una luna. ¿Y si esas cincuenta naves estuvieran en constante tránsito entre Grecia y la Tróade para suministrarnos víveres? ¿Y si resulta una campaña larga?
Si Néstor, Palamedes y yo no podíamos hacerlo mudar de opinión, ¿qué oportunidad tenía un joven cachorro como Aquiles? Agamenón se irguió con los labios apretados y las mejillas muy sonrojadas.
– Agradezco tu interés, Aquiles -dijo secamente-. Pero te sugiero que delegues tales preocupaciones en mí.
Aquiles devolvió el bastón a Calcante sin inmutarse y se sentó. Y sin que pareciera dirigirse a nadie en particular dijo:
– Bien, mi padre siempre dice que aquel que no se preocupa personalmente de sus soldados es un necio, por lo que creo que llevaré provisiones adicionales para mis mirmidones en mi propia embarcación. Y contrataré a algunos mercantes que transporten más.
Un mensaje que encontró eco: advertí que algunos de los presentes decidían hacer lo mismo.
También pareció comprenderlo así Agamenón. Observé que fijaba pensativo sus negros ojos en el rostro aniñado y entusiasta del joven y que suspiraba. Agamenón estaba celoso. ¿Qué habría sucedido en Áulide durante mi ausencia? ¿Se ganaría Aquiles partidarios a costa de Agamenón?
A la mañana siguiente nos reunimos y salimos a inspeccionar el ejército. Fue algo impresionante. Pasamos casi todo el día recorriendo la playa de uno a otro extremo, las rodillas me temblaban de permanecer erguido en los estribos de mimbre de mi carruaje sosteniendo el peso de toda la armadura. Dos hileras de naves se levantaban sobre nuestras cabezas, altas y con rojos costados, cubiertas las cuadernas de negras franjas de brea y las avanzadas proas embadurnadas de azul y rosa, con grandes ojos que nos miraban inexpresivos.
El ejército permanecía en las sombras que las naves proyectaban sobre la arena. Todos los hombres iban armados de pies a cabeza, con la lanza y el escudo preparados, hileras interminables de soldados, todos ellos leales a una causa de la que nada conocían salvo que les aguardaba la perspectiva del botín. Ninguno gritaba ni se adelantaba para ver mejor a sus reyes.
En el extremo de la hilera se encontraban las naves de Aquiles y los hombres de quienes tanto habíamos oído hablar y que sin embargo nunca habíamos visto, los mirmidones. Por mi parte contaba con suficiente experiencia para no haberlos imaginado de otro modo, pero sí eran diferentes: altos, rubios, de brillantes ojos azules, verdes o grises bajo sus cascos de excelente bronce, e iban totalmente protegidos de dicho material en lugar de llevar el habitual equipo de cuero de los soldados corrientes. Cada uno sostenía un haz de diez jabalinas en vez de las dos o tres, así como pesados escudos de la altura de un hombre, no muy inferiores al mío propio, e iban armados de espadas y dagas, en lugar de flechas u hondas. Aquéllas eran tropas de primera línea. Las mejores que teníamos.
En cuanto al propio Aquiles, Peleo debía de haberse gastado una fortuna al equipar a su único hijo para la guerra. Su carro era dorado, sus caballos, que formaban el mejor tronco, eran sementales blancos de raza tesalia en cuyos arneses resplandecían el oro y las joyas. Fuera cual fuese la procedencia de su armadura yo sólo conocía otra mejor, y era la que reposaba en mi propio tesoro. Al igual que el equipo de Agamenón, el suyo estaba chapado en oro, pero respaldado por un peso de bronce y estaño que probablemente sólo Áyax o él podían transportar, y estaba grabado totalmente con símbolos y dibujos sagrados y embellecido con ámbar y cristales. Llevaba una sola lanza, un objeto torpe y carente de gracia. Conducía su carro su primo Patroclo. ¡Oh, sorpresa! Cuando surgía algún imprevisto que detenía un instante el avance de los soberanos, los caballos de Aquiles comenzaban a hablar.
– ¡Saludos, mirmidones! -gritaba el más próximo.
Y agitaba la cabeza para ondear sus largas crines blancas.
– ¡Lo conduciremos con valentía, mirmidones! -murmuraba el caballo del centro, el más apacible.
– ¡Nunca temáis por Aquiles mientras nosotros llevemos su carro! -decía el más alejado con un sonido más relinchante que los otros.
Los mirmidones sonreían inmóviles y descansaban sus manojos de lanzas a modo de salutación mientras Idomeneo, que marchaba en el carro anterior al de Aquiles, se estremecía boquiabierto.
Pero yo había descubierto el truco, pues seguía de cerca el dorado carruaje. El que hablaba en realidad era Patroclo, sin apenas mover los labios. ¡Muy astuto!
El tiempo seguía siendo soleado y soplaba un leve céfiro, todos los presagios auguraban una navegación sin incidentes y una travesía tranquila. Pero la noche previa a nuestra partida no pude conciliar el sueño y tuve que levantarme y salir a dar un prolongado e impaciente paseo bajo las estrellas. Contemplaba el perfil de una nave próxima cuando alguien se me acercó entre las dunas.
– Veo que tampoco puedes dormir.
No tuve que esforzarme para saber quién era. Sólo Diomedes buscaría a Ulises de modo preferente. Aquel camarada marcado por cicatrices de combate era un excelente amigo y el soldado más curtido en combates de toda la gran compañía que marchaba a Troya. Había intervenido en todas las campañas libradas desde Creta hasta Tracia, fuese cual fuese su importancia, y había sido uno de los Epígonos que tomaron la ciudad de Tebas y la arrasaron, algo que sus padres no habían conseguido. A diferencia de mí, era entusiasta e implacable, porque aunque me sabía inexorable no era vehemente. Mis emociones siempre se atemperaban por la frialdad de mi mente.