Como en otras ocasiones, sentí una punzada de envidia porque Diomedes había jurado construir un santuario con los cráneos de sus enemigos y mantenía su promesa. Era hijo de Tideo, un famoso argivo, pero al que superó con creces. Diomedes no fracasaría ante Troya. Había llegado a Micenas procedente de Argos con el ardiente entusiasmo que cabía en su corazón porque había amado a Helena con frenesí y, como el pobre Menelao, se negaba a creer que hubiera huido por voluntad propia. Me tenía en muy alta estima, un sentimiento que en ocasiones se aproximaba a la adoración hacia el héroe. ¿Adorarme a mí como a un héroe? ¡Qué extraño!
– Mañana lloverá -dijo levantando la cabeza y observando las profundidades del cielo. -No hay nubes -observé. Se encogió de hombros.
– Me duelen los huesos, Ulises. Mi padre siempre decía que un hombre sometido muchas veces al fragor de las batallas, con el cuerpo fracturado o herido por lanzas y flechas, siente dolores con la llegada de la lluvia o el frío. Esta noche el dolor es tan grande que no puedo dormir.
Me habían hablado anteriormente de tal fenómeno y al oírlo sentí un estremecimiento.
– Por el bien de todos confio en que en esta ocasión tus huesos se equivoquen, Diomedes. ¿Pero por qué me buscas?
– Sabía que el Zorro de ítaca no dormiría hasta sentir las olas bajo su nave -repuso con una sonrisa-. Y quería hablar contigo.
Le pasé el brazo por los anchos hombros y lo conduje hacia mi tienda.
– Vamos, pues, a hablar. Tengo vino y un buen fuego en el trípode.
Nos instalamos en sendos divanes junto al trípode donde se mantenía el fuego encendido entre nosotros y ante sendas copas de vino. La luz era tenue, el ambiente cálido, los asientos estaban protegidos con cojines y el vino no había sido aguado con la confianza de que nos induciría al sueño. Era improbable que nadie nos molestara pero, para asegurarnos, corrí la cortina que cubría la entrada de la tienda.
– Eres el hombre más importante de esta expedición, Ulises -dijo gravemente. No pude contener la risa.
– ¡De ningún modo! ¡El más importante es Agamenón! ¡O, en su defecto, Aquiles!
– ¿Agamenón? ¿Ese autócrata envarado y cabezota? ¡No, de ningún modo! Acaso dé esa impresión, pero es porque se trata del soberano supremo, no porque sea el más importante. En cuanto a Aquiles, es sólo un muchacho. ¡Oh, admito que posee un gran potencial para alcanzar la fama! Posee cerebro y acaso demuestre ser formidable en el futuro, pero en estos momentos aún debe demostrarlo. Quién sabe, acaso dé media vuelta y eche a correr a la vista de la sangre.
– No, Aquiles no hará tal cosa -repuse sonriente.
– De acuerdo, lo admito. Pero nunca será el hombre más importante de nuestro ejército porque lo eres tú, Ulises. ¡Tú lo eres! Serás tú y nadie más quien ponga Troya en nuestras manos.
– ¡Tonterías, Diomedes! -repuse amablemente-. ¿Qué puede lograr la inteligencia en diez días?
– ¿Diez días? -rió burlón-. ¡Por la Madre, más bien serán diez años! Ésta es una auténtica guerra, no una cacería.
Depositó su copa vacía en el suelo.
– Pero no he venido a verte para hablar de guerra, sino a pedirte tu ayuda.
– ¿Mi ayuda? ¡Eres tú el guerrero experto, Diomedes, no yo! -¡No, no, no tiene nada que ver con los campos de batalla! Por ellos puedo andar con los ojos vendados. Se trata de otras cuestiones en las que necesito tu ayuda, Ulises. Deseo observar cómo trabajas, aprender cómo controlas tu genio. -Se inclinó hacia mí-. Verás, necesito que alguien vigile este maldito carácter que tengo, que me enseñe a dominar mis demonios internos en lugar de desatarlos en mi propio perjuicio. He pensado que si te viera con frecuencia, quizá me transmitirías parte de tu frialdad.
Su sencillez me había impresionado. -Entonces considera tuyo mi cuartel general, Diomedes. Manten tus naves cerca de las mías, despliega tus tropas junto a mis tropas en la batalla y acompáñame en todas mis misiones. Todos los hombres necesitamos un buen amigo que sea paciente con nosotros. Es la única panacea para la soledad y la nostalgia.
Extendió el brazo sobre las vivas llamas, sin advertir al parecer cómo lamían su muñeca, y yo enlacé los dedos en su antebrazo; de este modo sellamos nuestro pacto de amistad. Compartimos nuestra soledad para hacerla más soportable.
En algún momento a medida que avanzó la noche debimos de dormirnos porque me despertó la luz del amanecer entre el bramido de un viento creciente que envolvía como un sudario todos los navios y circulaba estrepitoso y maligno entre sus proas. Al otro lado del ennegrecido y apagado fuego Diomedes se removía interrumpiendo la suave belleza de su despertar con un gruñido de dolor.
– Mis huesos han empeorado esta mañana -dijo mientras se sentaba.
– No sin razón. Afuera sopla un vendaval.
Se puso prudentemente en pie, fue hacia la abertura cubierta de la tienda y, tras asomarse al exterior, retornó a su diván.
– El padre de todas las tormentas desciende del norte. El viento aún se halla en aquel sector y ya siento el hálito de la nieve. Hoy no zarparemos, pues seríamos enviados hacia Egipto.
En aquel momento acudió un esclavo portador de un trípode encendido, arregló los divanes y nos trajo agua caliente para lavarnos. No era necesario apresurarse, ya que Agamenón estaría tan irritado que no convocaría consejo antes de mediodía. Mi esposa me había preparado humeantes pasteles de miel y pan de cebada, queso de cabra y vino caliente con azúcar y especias para concluir la comida. Fue un almuerzo excelente, y más puesto que era compartido. Nos entretuvimos calentándonos las manos en el fuego hasta que Diomedes regresó a su tienda para cambiarse a fin de asistir al consejo. Yo me puse un faldellín y una blusa de cuero, me até las altas botas y me eché una capa forrada de piel por los hombros.
El rostro de Agamenón era más sombrío y tempestuoso que el cielo; la furia y la contrariedad pugnaban en sus rígidos rasgos, todos sus planes se habían desplomado entre sus dorados pies. Tenía la secreta sensación de parecer ridículo, de que su gran aventura se había ido a pique antes de haberse iniciado.
– ¡He convocado a Calcante para que efectúe un augurio! -exclamó.
Con un suspiro nos abrimos paso entre las inhóspitas ráfagas del vendaval, arrebujándonos en nuestras capas. La víctima yacía con las cuatro patas atadas sobre el altar de mármol, bajo el plátano. ¡Y Calcante vestía de púrpura! ¿De púrpura? ¿Qué habría sucedido en Áulide antes de mi llegada? Agamenón debía quererlo con locura para permitirle llevar tales ropas.
Mientras aguardaba a que comenzase la ceremonia pensé que tal coincidencia era excesiva para poder asimilarla; dos lunas de tiempo perfecto y luego, el mismo día en que la expedición debía zarpar, todos los elementos se combinaban contra ella. La mayoría de soberanos habían decidido regresar a sus cuarteles generales en lugar de sufrir el viento helado y el aguanieve al quedarse a presenciar los resultados del augurio. Sólo aquellos decanos en años o autoridad permanecimos para apoyar a Agamenón: Néstor, Diomedes, Menelao, Palamedes, Filoctetes, Idomeneo y yo mismo.
Era la primera vez que veía a Calcante en funciones y tuve que admitir que lo hacía muy bien. Con rostro cerúleo y manos tan temblorosas que apenas podía levantar el enjoyado cuchillo, degolló a la víctima y estuvo a punto de volcar el gran cáliz de oro cuando lo sostenía para recoger la sangre. Al verter el chorro rojizo sobre el frío mármol pareció que humeaba. Luego abrió el vientre y comenzó a interpretar los múltiples pliegues de las entrañas según la práctica de los sacerdotes instruidos en Asia Menor. Sus movimientos eran rápidos y arrítmicos y su respiración, tan estertórea que se distinguía en todo momento en que el viento se apaciguaba.