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Al pie del sendero Clitemnestra asomó por las cortinas para besar la blanca frente de Ifigenia. Me estremecí. La gran reina era una mujer que se entregaba con pasión al odio y al amor, ¿qué haría cuando tuviera conocimiento de la verdad, cómo llegaría a suceder? Si en alguna ocasión odiaba a Agamenón, él tendría excelentes razones para temer su venganza.

Apresuré todo lo posible la marcha de los portadores que transportaban la litera, deseoso de llegar a Áulide. Siempre que nos deteníamos a descansar o acampábamos, Ifigenia charlaba conmigo ingenuamente, me explicaba cuánto había admirado a Aquiles cuando lo miraba furtivamente en el palacio del León, cuan ardientemente se había enamorado de él y lo maravilloso que sería que fuera su esposo, puesto que lo deseaba con todo su corazón.

Me había endurecido para no compadecerme de ella, pero en ocasiones me resultaba difícil. ¡Su expresión era tan inocente, se la veía tan dichosa! Pero Ulises es más fuerte que nadie en ese aspecto humano que le confiere resistencia y victoria ante la adversidad.

Cuando cayó la noche hice entrar la litera con las cortinas echadas en el campamento imperial y acomodé a Ifigenia inmediatamente en una pequeña tienda próxima a la de su padre. Allí se quedó con él mientras Menelao vigilaba obstinado por temor a que, al verla, se quebrantara la decisión de Agamenón. No aposté guardianes en torno a su tienda puesto que consideraba más oportuno mantener con discreción su llegada. Menelao tendría que asegurarse de que ella permanecía allí.

CAPITULO ONCE

NARRADO POR AQUILES

Cada día adiestraba a mis hombres entre el frío y la lluvia y ellos entraban en calor con el duro ejercicio. Aunque otros jefes dejaran inactivas a sus tropas, los mirmidones sabían perfectamente que yo no era como ellos. Mis hombres disfrutaban de las condiciones en que vivían, se sometían gustosos a la rígida disciplina y se sentían superiores a los restantes soldados porque se sabían más profesionales.

Nunca me molestaba en visitar el cuartel general imperial por considerarlo inútil. Y cuando apareció en el cielo la segunda luna, un octante, todos comenzamos a imaginar que no se llevaría a cabo la expedición contra Troya. Simplemente aguardábamos la orden de disolver nuestro ejército.

La primera noche de luna llena Patroclo acudió a pasar la velada con Ayax, Teucro y Áyax el Pequeño. Yo también había sido invitado pero decidí no asistir. No estaba de humor para frivolidades cuando se presagiaba el ignominioso fin de la gran empresa. Pasé un rato tocando la lira y cantando y luego sucumbí a la inercia.

Alcé la cabeza al oír que alguien llegaba a mi tienda. Una mujer, cubierta por una capa mojada y humeante, entreabría la cortina de entrada. La miré asombrado, sin poder dar crédito a mis ojos. Entonces ella pasó, corrió la cortina, se echó atrás la capucha y sacudió la cabeza para liberarse de las gotas de lluvia.

– ¡Aquiles! -exclamó, brillantes los ambarinos ojos-. ¡Te había visto en Micenas, a hurtadillas, tras el trono de mi padre! ¡Oh, soy tan feliz!

En aquellos momentos yo ya me encontraba de pie, aún boquiabierto.

La muchacha no tendría más de quince o dieciséis años, lo comprobé cuando se quitó la capa para mostrarme su piel blanca como mármol lechoso bajo la que se advertían tenues las venas y sus senos rollizos. Tenía la boca sonrosada y delicadamente curvada y sus cabellos eran como el fuego, tan vivos que parecían crujir en el aire. En su rostro risueño se reflejaba una oculta fortaleza bajo tan extrema juventud.

– Mi madre no ha tenido que convencerme -se apresuró a añadir ante mi silencio-. ¡No podía aguardar hasta mañana para decirte cuan feliz me siento! ¡Ingenia acepta encantada ser tu esposa!

Me sobresalté. ¿Ifigenia? ¡La única Ingenia que conocía era la hija de Agamenón y Clitemnestra! ¿Pero qué decía aquella muchacha? ¿Con quién me habría confundido? Seguí mirándola como un perfecto idiota, totalmente enmudecido.

Mi silencio y la sorpresa que reflejaba mi rostro mudaron por fin su expresión, que en lugar de placer irradió cierta ansiedad.

– ¿Qué haces en Áulide? -conseguí preguntarle. En aquel momento entró Patroclo y se quedó sorprendido al vernos.

– ¿Tienes visita, Aquiles? Entonces me marcho -exclamó con ojos brillantes.

Crucé rápidamente el espacio que nos separaba y lo así del brazo.

– ¡Dice ser Ifigenia, Patroclo! -le susurré-. ¡Debe de ser la hija de Agamenón! ¡Y, según ella, cree que he enviado a buscarla a Micenas y que la he pedido en matrimonio a su madre!

Su expresión divertida desapareció.

– ¡Por los dioses! ¿Será un complot para desacreditarte o poner a prueba tu lealtad?

– No lo sé.

– ¿Se la devolvemos a su madre?

Consideré la cuestión más tranquilizado.

– No. Es evidente que se ha escapado para verme y que nadie sabe que se encuentra aquí. Lo mejor que puedo hacer es retenerla mientras tú te acercas a Agamenón para enterarte de lo que se propone. Actúa con la mayor rapidez posible.

El joven desapareció.

– Siéntate, señora -le ofrecí al tiempo que yo ocupaba también una silla-. ¿Quieres un poco de agua? ¿Un pastel?

Al instante se había instalado en mis rodillas, se abrazaba a mi cuello y apoyaba su cabeza en mi hombro con un suave suspiro. Me disponía a depositarla en el suelo cuando reparé en sus alborotados rizos y mudé de idea. Era una criatura y estaba enamorada de mí. Me consideraba inmensamente mayor, lo que constituía una sensación nueva para mí. Hacía medio año que no veía a Deidamía y aquella muchacha despertaba sentimientos muy diversos en mí. Mi perezosa y autosuficiente esposa tenía siete años más que yo y era quien había realizado todo el cortejo. Para un muchacho de trece años que acababa de despertar a las funciones sexuales de su cuerpo había sido maravilloso, pero en aquellos momentos me preguntaba qué sentiría hacia Deidamía cuando regresara de Troya convertido en un hombre curtido en las batallas. Era muy agradable abrazar a Ifigenia y aspirar no un perfume sino el dulce y natural olor de la juventud.

Sonriente y contenta, levantó la cabeza para mirarme y luego apoyó la espalda en mi hombro. Sentí que sus labios acariciaban mi garganta y su pecho contra el mío, que ardió como un atizador de fuego. ¡Que Patroclo no se demorase! Entonces ella murmuró palabas que no distinguí. Le pasé la mano por la densa y flameante cabellera y eché hacia atrás su cabeza para poder contemplar su rostro encantador. -¿Qué sucede? -inquirí. Ella se sonrojó.

– Te preguntaba si ibas a besarme. Hice una mueca de contrariedad.

– No. Fíjate en mi boca, Ifigenia, no está hecha para besos. La sensación de besar radica en los labios.

– Entonces deja que te bese yo por todas partes. Aquella declaración debía haberme impulsado a rechazarla, pero no lo hice. En lugar de ello dejé que paseara por mi rostro sus labios, tan suaves como plumas de cisne, que besara con fuerza mis párpados cerrados y que recorriera el contorno de mi cuello donde los nervios desencadenan los latidos del corazón masculino. Ansiaba estrecharla contra mí con fuerza hasta hacerla perder el aliento, pero tuve que esforzarme por liberarme de ella y fijar en sus ojos una severa mirada. -¡Basta ya, Ifigenia! ¡Siéntate! -le dije. Y la mantuve sujeta hasta que por fin volvió Patroclo.

Mi compañero me observó burlón desde la puerta. Aparté los brazos de ella y los alcé en el aire, mientras me debatía entre la risa y el malestar. No era insólito que Patroclo se burlara de mí. Entonces acaricié la mejilla de la muchacha y, tras apartarla de mis rodillas, la instalé en la silla. Del rostro de Patroclo había desaparecido la expresión de burla y su aire era severo y muy enojado. Hasta que se aseguró de que ella no podía oírnos no pronunció palabra.