CAPITULO DOCE
Al caer la noche ordené que enterrasen a mi hija en una tumba profunda, sin identificar, bajo un montón de rocas junto a las grises aguas del mar. Como ya no podía dotarla de manera adecuada, la vestí ricamente y la cubrí con su pequeño tesoro de joyas juveniles.
Aquiles había prometido enviar un mensaje a mi esposa en el que nos responsabilizaría a todos. Pude intentar evitarlo avisándola yo previamente; sin embargo, no logré encontrar las palabras ni el hombre adecuado. ¿En quién podía confiar que no tuviese que zarpar conmigo? ¿Y de qué modo podría suavizarle el golpe a Clitemnestra? ¿Qué palabras lograrían amortiguar la pérdida sufrida? Por muchas diferencias que hubieran surgido entre nosotros, mi esposa siempre me había considerado un gran hombre, digno de ser su esposo. Aun así era lacedemonia y en su país todavía seguía muy latente la influencia de madre Kubaba. Cuando se enterase de la muerte de Ifigenia querría restituir la Antigua Religión, reinar en mi lugar como gran soberana de hecho… y detentar el poder.
En aquel momento pensé en un hombre del que podría prescindir en mi séquito, mi primo Egisto.
La historia de nuestra casa, la casa de Pélops, es horrible. Atreo, mi padre, y su hermano Tiestes, padre de Egisto, compitieron por el trono de Micenas tras la muerte de Euristeo. Heracles debía haberlo heredado, pero fue asesinado. Se cometieron muchos crímenes por el trono del León micénico. Mi padre hizo lo indecible: asesinó a sus sobrinos, los guisó y se los sirvió a Tiestes como un plato digno de un rey. Aun a sabiendas de ello el pueblo escogió a Atreo como gran soberano y desterró a Tiestes, quien engendró a Egisto en una mujer pelópida y luego intentó atribuir el hijo a Atreo como propio cuando éste se casó con ella. Pero no concluyó aquí todo. Tiestes se confabuló para asesinar a mi padre y volvió a ocupar el trono como gran soberano hasta que yo crecí bastante para arrancarlo de allí y desterrarlo.
Pero siempre había sentido afecto por mi primo Egisto, que era mucho más joven que yo, un individuo atractivo y encantador con el que me llevaba mejor que con mi propio hermano Menelao. Sin embargo, a mi mujer él nunca le gustó ni le inspiró confianza, porque era hijo de Tiestes y tenía derechos legítimos para aspirar al trono que, según ella había decidido, tan sólo Orestes heredaría.
En cuanto supe qué debía decirle, lo hice comparecer a mi presencia. Su situación dependía por completo de mi predisposición hacia él, lo que significaba que le interesaba complacerme. De modo que envié a Egisto a mi esposa Clitemnestra, bien preparado y cargado de obsequios. Ifigenia estaba muerta, sí, pero no por orden mía. Ulises había planeado y proyectado su muerte. Ella así lo creería.
– No permaneceré mucho tiempo ausente de Grecia -le dije a Egisto antes de que partiera-, pero es vital que Clitemnestra no recurra al pueblo para restituir la Antigua Religión. Tú te encargarás de vigilarla.
– Artemisa siempre ha sido nuestra enemiga -dijo mientras se arrodillaba a besarme la mano-. No te preocupes, Agamenón. Cuidaré de que Clitemnestra se comporte.
Tras una tosecilla para aclararse la voz, añadió:
– Aunque confiaba en compartir los despojos de Troya, pues soy un hombre pobre.
– Tendrás tu parte del botín -le prometí-. Ahora márchate.
A la mañana siguiente del sacrificio me desperté tras una fuerte borrachera y descubrí que el día era claro y sereno. Las nubes y el viento habían desaparecido durante la noche; sólo los goterones que caían de los aleros de las tiendas recordaban las lunas tormentosas que habíamos soportado. Agradecí forzadamente a Artemisa su colaboración, pero pensé que nunca más recurriría a la Arquera en busca de ayuda. Mi pobrecita pequeña había desaparecido y ni siquiera una estela sobre su tumba la preservaba del anonimato. Me sentía incapaz de mirar el altar.
Fénix se hallaba expectante a la puerta de mi tienda para iniciar el embarque y decidí que zarparíamos al día siguiente si se mantenía el buen tiempo.
– Así será -repuso el anciano muy convencido-. Los mares que se hallan entre Áulide y Troya permanecerán tan plácidos como la leche en un cuenco.
– En tal caso -repuse recordando de repente las críticas de Aquiles a mis planes de suministro- haremos una ofrenda a Poseidón y nos arriesgaremos. Llena bien los barcos, atéstalos hasta las bordas de alimentos, Fénix. Saquearemos el campo para ello.
El hombre pareció sorprendido. -¡Así se hará, señor! -repuso por fin sonriente. El recuerdo de Aquiles me obsesionaba. Sus maldiciones resonaban en mi mente, su odio me abrasaba la médula. No lograba comprender por qué se autoinculpaba; era tan incapaz de desafiar a los dioses como yo mismo. Sin embargo, a pesar mío, me inspiraba una gran admiración. Había tenido el valor de denunciar su culpabilidad ante sus superiores. Ojalá Ulises y Diomedes no se hubieran preocupado tanto por mi seguridad. Ojalá Aquiles me hubiera cortado la cabeza en aquel momento y todo hubiera concluido.
A la mañana siguiente, cuando el amanecer comenzaba a bañar de rosa el pálido cielo, sacaron mi nave insignia de sus gradas. Me instalé en la proa con las manos firmemente apoyadas en la barandilla, sintiendo cómo se sumergía y agitaba en las quietas aguas. ¡Por fin iniciábamos nuestra empresa! Entonces me dirigí a popa, donde los costados del buque se curvaban y remontaban en una especie de capuchón rematado por el mascarón que representaba a Anfitrión. Volví la espalda a los remeros satisfecho de que mi nave dispusiera de cubierta donde acoger a la tripulación, lo que me permitía disponer de suficiente espacio en la planta inferior para transportar el equipaje, a los criados, el cofre militar y toda la impedimenta imprescindible de un gran soberano.
Mis caballos, junto con otros doce, estaban encerrados en sus cuadras debajo de mí y las aguas del mar se estrellaban plácidamente a bastante altura, cerca de la cubierta, pues era mucha nuestra carga.
En pos de mí surcaban las aguas los grandes navios rojinegros al igual que ciempiés erizados de remos como patas, deslizándose por la superficie de las firmes y eternas profundidades de Poseidón. Eran mil doscientos al efectuar el recuento, amén de ochenta mil guerreros y veinte mil auxiliares de toda clase. Algunas naves adicionales transportaban únicamente caballos y remeros; somos gente que se traslada en carro, al igual que los troyanos. Aún creía que la campaña sería breve, pero también intuía que no veríamos a los legendarios caballos troyanos antes de que cayese la ciudad.
Contemplé fascinado la escena; apenas podía creer que mi mano guiase el timón de aquellas fuerzas poderosas, que el gran soberano de Micenas estuviera destinado a convertirse en gran soberano del Imperio griego. Apenas se había internado en las aguas una décima parte de los barcos y mi tripulación ya me había conducido al centro del estrecho de Eubea y divisábamos a lo lejos la diminuta playa. Sufrí una momentánea oleada de pánico al preguntarme cómo conseguiría mantenerse unida una flota tan inmensa a través de las vastas leguas que se extendían ante nosotros.
Rodeamos la punta de Eubea bajo un sol resplandeciente y la dejamos atrás, así como la isla de Andros; y cuando el monte Oca desaparecía en la distancia nos encontramos con las brisas que suelen soplar en pleno mar Egeo. Sujetaron los remos a las estacas y los remeros, aliviados, se agruparon en torno al mástil. La vela imperial, de cuero y en color escarlata, se infló a impulsos de un viento del suroeste, cálido y suave.
Paseé por la cubierta entre las hileras de bancos de los remeros y subí los escasos peldaños que conducían a la avanzadilla de proa, donde me habían construido un camarote especial. En pos de nosotros avanzaban muchas naves, surcando el oleaje que se rompía en pequeñas olas entre sus prominentes proas. Parecíamos avanzar unidos; Télefo, que permanecía erguido al frente de todos, volvía la cabeza de vez en cuando para vocear sus instrucciones a los dos hombres que se inclinaban sobre los remos del timón, y nos conducía con destreza. Me sonrió satisfecho.