– ¡Excelente, señor! Si el tiempo sigue así, mantendremos la marcha a impulsos del viento; sería perfecto. No habría ninguna necesidad de recalar en Quíos ni en Lesbos. Llegaremos a Ténedos puntualmente.
Me alegré. Télefo era el mejor navegante de toda Grecia, el único que nos guiaría a Troya sin correr el riesgo de desembarcar en alguna playa muy alejada de nuestro destino. Era el único hombre en quien hubiera confiado los destinos de aquellos mil doscientos navios. ¡Helena, pensé, tu libertad será breve! ¡Regresarás a Amidas sin darte cuenta, y tendré el gran placer de ordenar que te decapiten con la sagrada doble hacha!
Los días transcurrieron bastante felices. Divisamos Quíos pero pasamos de largo. No teníamos necesidad de reabastecernos y el tiempo era tan bueno que ni a Télefo ni a mí nos interesó apurar nuestra buena suerte demorándonos en la playa. La costa de Asia Menor apenas se distinguía y Télefo conocía bien los puntos de referencia porque había pasado arriba y abajo de aquellas playas en centenares de ocasiones durante su vida. Me señaló la inmensa isla de Lesbos alegremente y, buen conocedor de su camino, viró hacia el oeste sin ser visto desde tierra. Los troyanos no tendrían conocimiento de nuestra llegada.
Fondeamos en la parte sudoeste de Ténedos, una isla muy próxima a la región troyana, al undécimo día de haber zarpado de Áulide. Puesto que no había suficiente espacio para atracar tantos barcos, tuvimos que limitarnos a echar el ancla lo más cerca posible de la orilla y confiar que aún persistiera aquel tiempo clemente durante algunos días. Ténedos era un lugar fértil, pero contaba con una población reducida por su proximidad a una ciudad que poseía el mayor número de habitantes del mundo. Cuando nos vieron llegar, los isleños se agruparon en la playa y sus ademanes y gestos reflejaron su indefensión y el temor que sentían.
– ¡Bien hecho, piloto! -felicité a Télefo dándole una palmada en la espalda-. ¡Te has ganado una participación principesca en el botín!
Rió, orgulloso de su triunfo, y a continuación bajó la escalera que conducía al centro de la nave, donde en breve estuvo rodeado por los ciento treinta hombres que viajaban conmigo.
Al anochecer se hallaba ya próxima la última nave de la flota y los principales jefes se reunieron conmigo en mi cuartel general provisional de la ciudad de Ténedos. Yo ya había realizado la tarea más importante, que consistía en acordonar a todo ser viviente en la isla. Nadie podría acercarse al continente para informar al rey Príamo de lo que le esperaba en el otro extremo de Ténedos. Pensé que los dioses se habían unido para apoyar a Grecia.
A la mañana siguiente escalé a pie la cumbre de las colinas que coronaban el centro de la isla acompañado de algunos reyes satisfechos de pisar tierra firme. Nuestras capas ondeaban al viento mientras desde lo alto y sobre las azules y tranquilas aguas contemplábamos las tierras troyanas a escasas leguas de distancia.
Divisamos la ciudad de Troya y confieso que ante su visión me dio un vuelco el corazón. Yo la había imaginado según las únicas referencias que poseía: Micenas en lo alto de la montaña del León; el importante puerto comercial de Yolco; Corinto, que controlaba ambos lados del istmo; la fabulosa Atenas. Pero comparadas con ella resultaban insignificantes. Troya no sólo las superaba en altura sino que también se extendía como una especie de gigantesco zigurat escalonado, en tal extensión que apenas se apreciaban sus detalles.
– ¿Qué te parece? -le pregunté a Ulises.
El hombre parecía abstraído en sus pensamientos, fija la mirada de sus ojos grises. Pero reaccionó rápidamente ante mi pregunta.
– Yo aconsejaría navegar por la noche, al amparo de las sombras, formar al ejército al amanecer y atacar a Príamo por sorpresa, antes de que pueda cerrar sus puertas -repuso sonriente-. Mañana por la noche serás dueño de Troya, señor.
Néstor chilló y Diomedes y Filoctetes se mostraron horrorizados. Me conformé con mostrar una sonrisa mientras Palamedes sonreía desdeñoso.
Néstor tomó la palabra, con lo que me ahorró tal iniciativa.
– ¿Acaso no tienes ninguna idea de lo que es o no correcto, Ulises? -inquirió-. Existen leyes que lo rigen todo, comprendida la dirección de una guerra, y yo, por lo menos, no participaré en una aventura en la que no se hayan observado las formalidades. ¡El honor, Ulises! ¿Dónde queda el honor en tus planes? ¡Nuestros nombres quedarán denigrados en el Olimpo! ¡No podemos hacer caso omiso de las leyes!
Se volvió hacia mí y añadió:
– ¡No lo escuches, señor! ¡Las leyes marciales son inequívocas y debemos acatarlas!
– Tranquilízate, Néstor, conozco la ley tan bien como tú. Cogí a Ulises por los hombros y lo sacudí suavemente. -No esperarías que escuchase tan impío consejo, ¿verdad?
Se echó a reír y me respondió:
– ¡No, Agamenón, no! Pero me preguntaste qué haría yo y me sentí obligado a darte mi más selecto fragmento de sabiduría. ¿Por qué quejarme si cae en oídos sordos? Yo no soy el gran soberano de Micenas, simplemente soy tu leal subdito Ulises de la rocosa ítaca, donde a veces debemos olvidar cosas como el honor a fin de sobrevivir. Te he explicado cómo realizaría el trabajo en un día y es el único modo en que puede llevarse a cabo. Porque te advierto que si Príamo tiene la oportunidad de cerrar las puertas de la ciudad, bramarás ante sus murallas durante los diez años que Calcante profetizó.
– Los muros pueden escalarse y las puertas ser derribadas -repuse.
– ¿Lo crees así?
Se rió de nuevo y pareció olvidarse de nosotros tras recuperar su mirada introspectiva.
Su mente era algo maravilloso; podía asimilar la realidad al instante. Aunque en mi fuero interno me constaba que su consejo era acertado, también sabía que si me decidía a adoptarlo nadie me seguiría. Significaba pecar contra Zeus y la Nueva Religión. Siempre me fascinaba cómo conseguía eludir su merecido castigo por ideas tan impías. Aunque se decía que Palas Atenea lo quería más que a nadie y que constantemente intercedía por él ante su poderoso padre. Decían que lo amaba por la calidad de su mente.
– Alguien tendrá que viajar a Troya para llevarle los símbolos de guerra a Príamo y exigir el retorno de Helena -dije.
Todos parecieron ansiosos, pero yo ya había decidido a quiénes deseaba encomendar tal misión.
– Menelao, como esposo de Helena debes ir tú, naturalmente. Ulises y Palamedes te acompañarán.
– ¿Por qué no yo? -protestó Néstor, enojado.
– Porque necesito aquí a uno de mis principales consejeros -repuse.
Confiaba en que mis palabras sonaran convincentes. Si llegaba a imaginar que lo protegía intencionadamente de tan delicada situación, arremetería furioso contra mí. Me miró receloso, pero pensé que el largo viaje marítimo debía de haberlo agotado, porque no siguió discutiendo.
Ulises salió de su abstracción.
– Señor, si tengo que desempeñar esa misión voy a pedirte un favor. No debemos sugerir que ya nos encontramos aquí, escondidos detrás de Ténedos. Demos al viejo Príamo la impresión de que aún nos hallamos en nuestro país, en Grecia, preparándonos para la guerra. Nuestra única obligación legal es transmitirle formalmente una declaración de guerra antes de atacar. No tenemos que hacer nada más. Asimismo Menelao debería exigir una compensación adecuada por la angustia moral que ha sufrido desde que su esposa fue raptada. Debería exigir que Príamo abriera de nuevo el Helesponto a nuestros comerciantes y que se aboliesen los embargos comerciales.
– Excelentes observaciones -asentí.
Descendimos por la ladera hacia la ciudad, los más enérgicos delante de mí. Ulises y Filoctetes marchaban al frente, hablando y lanzando risotadas como muchachos. Ambos eran excelentes elementos, pero Filoctetes era mejor guerrero. El propio Heracles le había obsequiado con su arco y sus flechas cuando se hallaba moribundo aunque, por entonces, Filoctetes era un muchacho.