Saltaron sobre matojos de hierbas entre un aire claro y tonificante. Ulises demostró su agilidad superando un montón de plantas y chocando sus talones. Filoctetes lo imitó y aterrizó ligero y ágil, pero al cabo de unos instantes profirió un breve y agudo grito de alarma con el rostro contraído mientras se apoyaba en una rodilla y extendía la otra pierna. Corrimos hacia él preguntándonos si se la habría roto y lo hallamos encorvado y jadeante, sujetándose la pierna extendida con las manos. Ulises desenvainó su puñal.
– ¿Qué sucede? -inquirió Néstor.
– ¡He pisado una serpiente! -respondió Filoctetes.
Sentí una oleada de temor. En Grecia no abundaban las serpientes venenosas, criaturas muy diferentes a aquellas domésticas y religiosas que amábamos y honrábamos en gran manera porque ahuyentaban a las ratas y ratones.
Ulises realizó unos cortes profundos con su puñal en la pierna y acto seguido se inclinó y aplicó los labios, para escupir sangre y veneno tras cada sonora aspiración. A continuación le hizo señas a Diomedes.
– Ven, argivo, cógelo y llévaselo a Macaón. Y procura que no se mueva demasiado para que el veneno no circule hacia sus partes vitales.
»En cuanto a ti -le dijo a Filoctetes-, permanece inmóvil y no te desanimes; no en vano Macaón es hijo de Asclepios y sabrá lo que debe hacerse.
Diomedes se adelantó a nosotros conduciendo su pesada carga con tanta agilidad como si de una criatura se tratase, al paso ligero que yo le había visto mantener durante largo tiempo cuando llevaba su armadura completa.
Como es natural, acudimos al consultorio de Macaón inmediatamente. El hombre disponía de una excelente morada que compartía con su hermano Podaliero, mucho más tímido que él, pues los hombres enferman incluso antes de que comiencen las guerras. Filoctetes yacía en un diván con los ojos cerrados y respiración estertórea.
– ¿Quién cuidó la herida? -inquirió Macaón. -Yo -repuso Ulises.
– Bien hecho, ítaco. Si no hubieras actuado tan expeditivamente, hubiera fallecido allí mismo. Incluso ahora se halla en peligro de muerte. El veneno debía de ser muy letal. Ha sufrido cuatro convulsiones y siento su corazón fibrilar bajo mi mano.
– ¿Cuánto tardaremos en conocer el resultado? -me interesé.
Remiso como buen físico a pronunciarse sobre un pronóstico fatal, movió dubitativo la cabeza y respondió:
– No lo sé, señor. ¿Capturó alguien a la serpiente o por lo menos la vio?
Movimos negativamente la cabeza.
– Entonces, definitivamente no lo sé -respondió Macaón con un suspiro.
La delegación partió hacia Troya al día siguiente en un gran navio con las cubiertas en desorden para demostrar que habían emprendido solos el largo viaje desde Grecia; los restantes nos dispusimos a aguardar su retorno. Nos manteníamos en gran silencio y nos asegurábamos de que el humo de nuestras hogueras no se remontaba sobre las colinas para denunciar nuestra presencia a cualquier posible observador del continente. Los tenedios no nos causaron problemas, aún sorprendidos por las dimensiones de la flota que los había invadido inesperadamente.
Yo veía poco a los jefes jóvenes, quienes habían elegido a Aquiles como su superior y lo tomaban como ejemplo en lugar de a mí. Desde la muerte de Ifigenia, él no se me había vuelto a acercar. Lo había visto en más de una ocasión, su altura y su porte lo hacían inconfundible, pero él había simulado no verme y había seguido su camino. Aunque no podía menos que reparar en los métodos que utilizaba con sus mirmidones, pues no perdía el tiempo ni les permitía estar ociosos al igual que a los restantes soldados.
Cada día los obligaba a entrenarse y a ejercitarse; aquellos siete mil soldados eran los más aptos, los más capacitados que yo había visto en mi vida. Me sorprendió enterarme de que sólo había llevado siete mil mirmidones a Áulide, pero a la sazón ya comprendía que Peleo y su hijo habían preferido calidad a cantidad. Ninguno de ellos superaba los veinte años y todos eran soldados profesionales en lugar de voluntarios más acostumbrados a arrastrar un arado o a pisotear uvas. Según se murmuraba, ninguno de ellos estaba casado. Una medida muy acertada, pues sólo los jóvenes sin esposa ni hijos montaban en los carros de batalla sin importarles su destino.
La delegación regresó a los siete días de su partida. Su nave arribó cuando ya había oscurecido y los tres embajadores acudieron al punto a mi residencia. Por sus rostros comprendí que no habían tenido éxito, pero aguardé a que Néstor llegara para recibir su comunicado. No era necesario convocar a Idomeneo.
– ¡Se han negado a devolverla, Agamenón! -exclamó mi hermano dando un puñetazo en la mesa.
– ¡Tranquilízate, Menelao! Nunca imaginé que accedieran a ello. ¿Qué sucedió exactamente? ¿Viste a Helena?
– No, la ocultaron a mi vista. Fuimos escoltados hasta la Ciudadela, me conocían por la anterior visita que realicé a Sigeo. Príamo, sentado en su trono, me preguntó qué deseaba en esta ocasión. Le respondí que iba en busca de Helena, ¡y se rió de mí! ¡Si su maldito hijo hubiera estado presente, lo hubiera matado allí mismo!
Se desplomó en una silla y apoyó la cabeza en las manos. -Y te hubieran matado a ti. Prosigue. -Príamo dijo que Helena había acudido por propia voluntad y que no deseaba regresar a Grecia, que consideraba a París su esposo y que prefería conservar en Troya las propiedades que se había llevado consigo, donde podía utilizarlas para asegurarse de que nunca se convertiría en una carga financiera para su nueva patria. Llegó a insinuar que yo había usurpado el trono de Lacedemonia. ¿Puedes imaginarlo? Dijo que tras la muerte de sus hermanos Castor y Pólux ella debía haber reinado por derecho propio. ¡Que era la hija de Tíndaro y que yo sólo soy un títere de Micenas!
– Bien, bien -intervino Néstor con una risita-. Me parece que Helena se hubiera rebelado aunque hubiera decidido quedarse contigo en Amidas, Menelao.
Mi hermano se volvió enfurecido hacia el anciano y yo golpeé con mi bastón en el suelo. -¡Prosigue, Menelao!
– De modo que le entregué a Príamo la placa roja en la que figuraba el símbolo de Ares y él me miró como si nunca hubiera visto nada igual. Le tembló la mano de tal modo que la dejó caer al suelo y se rompió. Todos se sobresaltaron. Entonces Héctor la recogió y se la llevó.
– Todo eso debió de haber ocurrido hace algunos días. ¿Por qué no regresasteis inmediatamente? -pregunté.
Pareció avergonzarse, no respondió y yo, al igual que Néstor, comprendí la razón: confiaba ver a Helena.
– No les has explicado cómo concluyó aquella primera audiencia -señaló Palamedes.
– ¡Así lo haré si me lo permitís! -replicó Menelao-. Deífobo, primogénito de Príamo, le rogó públicamente a su padre que nos diera muerte. Entonces Antenor intervino y se ofreció a alojarnos. Invocó al hospitalario Zeus y prohibió que cualquier troyano levantase la mano contra nosotros.
– Muy interesante, procediendo de un dárdano -repuse dándole unas palmaditas cariñosas a Menelao-. ¡Anímate, hermano! ¡En breve podrás ser vengado! Ahora retírate a descansar. Cuando Néstor y yo nos quedamos a solas con Ulises y Palamedes descubrí lo que realmente deseaba saber. Menelao era el único que había estado en Troya, pero durante el año en que nos habíamos estado preparando para la guerra no había conseguido facilitarnos ninguna información útil. ¿Cuan altas eran las murallas? ¡Muy altas! ¿Cuántos hombres podía reunir Príamo para la lucha? ¡Muchísimos! ¿Cuan firmes eran sus vínculos con el resto de Asia Menor? ¡Estrechísimos! Había resultado casi tan difícil como tratar de arrancarle información a Calcante, aunque mi hermano no podía presentar la inocua excusa del sacerdote: que Apolo había sellado su lengua.