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– Debemos actuar con rapidez, señor -dijo Palamedes quedamente.

– ¿Por qué?

– Troya es una ciudad de enclave singular, dominada por prudentes y necios en igual número, y ambos pueden ser peligrosos. Príamo es una mezcla de sabio y necio. Entre sus consejeros me han merecido el mayor respeto Antenor y un joven llamado Polidamante. En cuanto a Deífobo, el hijo que Menelao te ha mencionado, es un asno impetuoso. Por otra parte, no es el heredero, su puesto no es más relevante que cualquiera de los restantes hijos imperiales engendrados por Príamo con la reina Hécuba.

– Sin embargo, por su calidad de primogénito debería ser el heredero.

– Príamo fue en sus tiempos un semental lujurioso y alardea del increíble número de cincuenta hijos de la reina, de sus restantes esposas y de sus múltiples concubinas. En cuanto a hijas, se calcula que supera las cien; según me dijo, ha engendrado más hembras que varones. Le pregunté por qué no nos había mostrado a alguna de ellas. Se echó a reír y me respondió que las más hermosas resultan excelentes esposas para sus aliados y que, en cuanto a las feas, tejen suficientes telas para mantener esplendoroso el palacio.

– Hablame de él.

– Es enorme, señor. Diría que tan grande como la antigua casa de Minos en Cnosos. Cada hijo casado de Príamo cuenta con una serie aislada de habitaciones donde viven rodeados de lujo. Hay otros palacios en la Ciudadela, en uno de los cuales reside Antenor y en otro de ellos, el heredero.

– ¿Quién es el heredero? Recuerdo que Menelao mencionó a un tal Héctor pero, como es natural, yo supuse que era el primogénito.

– Héctor es el hijo más joven de la reina Hécuba. Se hallaba presente cuando llegamos pero marchó casi en seguida, al parecer para realizar una misión urgente en Frigia. Me permito añadir que rogó verse relevado de aquella tarea, pero Príamo insistió en imponérsela. Puesto que él dirige el ejército, en estos momentos carecen de su comandante en jefe. Lo que me induce a suponer que Héctor es más prudente que su padre. Es joven, no creo que tenga más de veinticinco años, y muy corpulento. En realidad, de las dimensiones de Aquiles.

Entonces me volví hacia Ulises, que se acariciaba lentamente el rostro.

– ¿Y qué opinas tú, Ulises?

– Acerca de Héctor añadiría que los soldados y la gente corriente lo adoran.

– Comprendo. De modo que no limitaste tus actividades a palacio.

– No; Palamedes se encargó de ello mientras yo merodeaba por la ciudad, ejercicio muy útil e instructivo. Troya, señor, es una nación resguardada por murallas. Dos círculos de murallas. Las que rodean la Ciudadela son imponentes, más altas que las que protegen Micenas o Tilinto. Pero las murallas exteriores, las que se hallan en torno a la ciudad, son gigantescas. Troya es una ciudad en el auténtico sentido de la palabra, Agamenón. Está construida totalmente dentro del recinto exterior de murallas, no diseminada fuera de ellas como nuestras ciudades. La gente no necesita refugiarse en el interior cuando amenaza el enemigo, porque ya vive dentro. Hay muchas callejuelas estrechas e infinitas casas de gran altura que ellos denominan edificios de apartamentos, cada uno de los cuales alberga a varias docenas de familias.

– Según me dijo Antenor, en el último censo se inscribieron ciento setenta mil ciudadanos -intervino Palamedes-. De lo cual yo deduciría que Príamo podría formar un ejército de cuarenta mil hombres excelentes sin buscar más allá de la propia ciudad… cincuenta mil si utilizara también a los ancianos.

Sonreí al pensar en mi tropa de ochenta mil efectivos.

– No bastarán para evitarnos la entrada -dije.

– Son más que suficientes -respondió Ulises-. La ciudad mide varias leguas de circunferencia, aunque es más oblonga que redonda. Las murallas exteriores son fantásticas. Medí una piedra desde mis nudillos hasta el codo y conté las hileras. Tienen treinta codos de altura y por lo menos veinte de grosor en su base. Son tan antiguas que nadie recuerda cuándo fueron construidas ni por qué. Según la leyenda, están malditas y deben desaparecer para siempre de la vista por causa de Laomedonte, el padre de Príamo. Pero dudo que sea por obra nuestra. Están ligeramente inclinadas y las piedras han sido pulidas; no existen asideros seguros para escalas ni garfios.

Carraspeé para aliviar una inquietante sensación depresiva.

– ¿No existe ningún punto débil, Ulises? ¿Algún muro o entradas inferiores?

– Sí, lo hay, aunque yo no contaría con ello, señor. En la zona occidental se desplomó parte de las murallas originales durante el que calculo sería el mismo terremoto que acabó con Creta. La brecha fue reparada por Eaco y actualmente le dan el nombre de Cortina Occidental. Tiene unos quinientos pasos de longitud y se halla toscamente labrada, por lo que su superficie aparece llena de salientes y grietas que permitirían su escalada. En cuanto a sus accesos, sólo cuenta con tres puertas: una muy próxima a la Cortina Occidental, llamada Escea; otra en la parte sur, llamada Dárdana, y otra en el noreste, llamada Ida. Las restantes entradas consisten en sumideros y conductos fácilmente custodiados que tan sólo permiten el paso individualmente. Las puertas son asimismo macizas, de veinte codos de altura y arqueadas sobre el paso elevado que discurre por la parte superior de las murallas exteriores y que permite el rápido traslado de tropas de un sector a otro. Las puertas están construidas con maderos reforzados con placas de bronce y pinchos y sería inútil emplear arietes contra ellas. A menos que alguien las abra, necesitarás un milagro para entrar en Troya, Agamenón.

¡Vaya, Ulises siempre tan pesimista!

– No puedo comprender que resistan unas fuerzas tan numerosas como las nuestras, no es posible.

Palamedes examinó el contenido de su copa de vino sin pronunciar palabra; Néstor compartía aquella opinión. Ulises prosiguió:

– Agamenón -comenzó gravemente-, si las puertas de Troya están cerradas, disponen de efectivos más que suficientes para repeler tus ataques. Sólo puedes intentar la escalada por un lugar: la Cortina Occidental. Pero únicamente cuenta con quinientos pasos de longitud. Cuarenta mil hombres la atestarían como las moscas a un trozo de carroña. ¡Créeme, pueden mantenerte a raya durante años! Todo depende de que realmente crean que aún estamos en Grecia. Pero si salen a pescar por esta parte de Ténedos, estaremos perdidos. Pienso que debes hacer planes para una campaña larga. Aunque, desde luego, también podrías rendirlos por hambre -concluyó con ojos brillantes. Néstor carraspeó indignado.

– ¡Ulises! ¡De nuevo con tus ocurrencias! ¡Nos veremos condenados a la repentina locura!

El hombre enarcó sus rojas cejas, impenitente como de costumbre.

– Lo sé, Néstor, pero, hasta donde alcanzo a comprender, todas las normas bélicas parecen favorecer al enemigo, lo que es muy lamentable. Por eso me parecía lógico confiar en ese recurso.

Me levanté presa de un súbito cansancio. -Desdichada la raza humana cuando gente como tú detente el mando, Ulises. Acostaos. Por la mañana convocaré consejo general y zarparemos pasado mañana al amanecer. Mientras los demás salían, Ulises se volvió a preguntarme: -¿Cómo está Filoctetes?

– Según Macaón, su estado no permite abrigar esperanzas.

– Lo lamento. ¿Qué pensáis hacer con él? -¿Qué puede hacerse? Tendrá que quedarse aquí. Sería el colmo de la locura conducirlo a un campo de batalla.

– Convengo en que no puede acompañarnos, señor, pero tampoco podemos dejarlo en este lugar. En cuanto volviéramos la espalda, los tenedios le cortarían el gaznate. Envíalo a Lesbos, los lesbianos son más cultos y respetarán a un enfermo.

– No sobreviviría al viaje -protestó Néstor. -Aun así, sería un mal menor.

– Te asiste la razón, Ulises -dije-. Lesbos es más adecuado.