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Me convertí en centro de miradas amenazadoras y me vi desafiado por numerosas espadas, pero retrocedí y abatí el hacha con tal fuerza que partí a un hombre por la mitad del cráneo a la entrepierna. Aquello los detuvo. Un acertado consejo de mi padre, que así había aleccionado a los mirmidones: una agresión feroz en la lucha cuerpo a cuerpo hace retroceder a los hombres de modo instintivo. Utilicé de nuevo el hacha, en esta ocasión en círculo, como una rueda, y los todavía bastante necios para tratar de atacarme sintieron que la hoja les cortaba el vientre bajo sus armaduras de bronce. ¡Las armaduras troyanas no eran de cuero! Naturalmente, puesto que tenían el monopolio del bronce. ¡Cuan rica debía de ser Troya!

Patroclo iba tras de mí con su escudo para protegerme la espalda y los mirmidones surgían en número infinito a nuestra retaguardia saltando de las naves a la playa. El antiguo ejército se hallaba en acción. Avancé rompiendo las filas que tenía ante mí utilizando el hacha como la varita de un sacerdote, reduciendo a todo aquel que lucía un penacho purpúreo. Aquello no podía considerarse un auténtico enfrentamiento de fuerzas ni tampoco había tiempo ni espacio para escoger a un príncipe o a un rey, ni una zona que separara a las fuerzas enemigas. Era sólo un montón de guerreros de toda condición enzarzados en una lucha cuerpo a cuerpo. Parecía que habían transcurrido siglos desde que me prometí llevar la cuenta de los enemigos que exterminaba, pero en breve estuve demasiado entusiasmado para cumplir mi propósito, enardecido por la repentina blandura de la carne bajo el duro bronce a medida que caía el hacha.

Para mí sólo existían la sangre y los rostros, que reflejaban furia o terror, de aquellos valientes que trataban de desviar el arma con sus espadas y perecían en el intento, o de los cobardes que caían farfullando de miedo, peores que los cobardes que volvían las espaldas y se daban a la fuga. Me sentía invencible, sabía que en aquel campo nadie me abatiría. Y me complacía ante el espectáculo de los rostros partidos, sangrientos y boquiabiertos; el ansia de matar me calaba hasta el mismo tuétano. Era una especie de locura, recoger una cosecha de pechos, vientres y cabezas con el hacha goteando sangre, que también corría por la empuñadura hasta las toscas fibras de las cuerdas enrolladas en su base para que no me resbalaran las manos. Lo olvidé todo. Lo único que deseaba era ver los penachos púrpura teñidos de rojo. Si alguien me hubiera puesto un casco troyano y me hubiera soltado entre mis propios hombres, los hubiera sacrificado de igual modo. Lo justo y lo injusto no existían, sólo el placer de matar. Tal era el significado de todos los años que había vivido bajo el sol, en eso yo había permitido que se convirtiera un ser mortaclass="underline" en una perfecta máquina de matar.

Convertimos en polvo la tierra de Sigeo bajo nuestras botas, un polvo que se levantaba sobre nuestras cabezas y se remontaba hasta la bóveda celeste. Aunque en mis últimas batallas me había comportado con más lógica y había pensado en mis hombres, en aquélla ni por un instante había pasado por mi mente velar por su seguridad. No me importaba quién ganara o perdiese mientras yo resultara vencedor. Si el mismo Agamenón hubiera luchado junto a mí, no me hubiera enterado. Ni siquiera la presencia de Patroclo influía en mi entusiasmo, aunque tan sólo gracias a él sobreviví a aquella primera batalla, porque mantuvo mi espalda libre de troyanos.

De pronto alguien interpuso su escudo en mi camino. Lo golpeé con todas mis fuerzas para encontrarme con el rostro que ocultaba, pero, como la flecha disparada por un arco, se hizo a un lado y su espada pasó rozándome el brazo derecho. Resoplé como si me hubieran arrojado a un charco de agua helada y, cuando él bajó el escudo para verme mejor, temblé de emoción. ¡Por fin tenía ante mí a un príncipe totalmente cubierto de oro! El hacha que él había utilizado para acabar con Yolao había desaparecido, sustituida por una larga espada.

Me enfrenté a él ansioso, con un gruñido de placer. Era muy corpulento, tenía el aspecto de quien suele sobresalir en los combates y era el primero que se atrevía a desafiarme. Giramos cautelosamente en círculo mientras arrastraba el mango del hacha por el suelo hasta que él me dio una oportunidad.

Cuando me abalanzaba sobre mi enemigo, éste giró y se ladeó, pero también yo fui rápido y esquivé el amplio abanico de su espada tan fácilmente como él había eludido mi hacha. Al comprender los dos que habíamos encontrado en el otro un adversario importante, nos concentramos en un duelo formal y paciente. El bronce chocaba contra el bronce laminado en oro, siempre esquivado, incapaces ambos de herir al otro, muy conscientes de que los soldados de los dos bandos se habían retirado para facilitarnos espacio.

Él se reía de mí siempre que fallaba en mis golpes aunque su escudo de oro mostraba huellas en cuatro lugares que descubrían el bronce y capas más profundas de estaño. Tuve que esforzarme por sofocar mi creciente ira tanto como mis ataques. ¿Cómo osaba reírse? Los duelos eran sagrados, no podían ser profanados por el ridículo y me exasperaba que él no pareciera comprender tal condición. Intenté dos potentes acometidas, una tras otra, y también las esquivó. A continuación me habló:

– ¿Cuál es tu nombre, torpón? -inquirió entre risas. -Aquiles -respondí entre dientes. Aquello intensificó su risa.

– ¡Nunca había oído hablar de ti, torpón! Yo soy Cienos, hijo de Poseidón, dios de las profundidades.

– Todos los cadáveres apestan por igual, hijo de Poseidón, estén engendrados por dioses u hombres -exclamé. Lo que provocó de nuevo sus risas.

Volví a experimentar la misma cólera que me había invadido ante el cuerpo sin vida de Ifigenia sobre el altar y olvidé todas las normas de combate que Quirón y mi padre me habían enseñado. Salté sobre él lanzando un grito y levanté mi hacha bajo la punta de su espada. El hombre retrocedió a trompicones y se le cayó la espada, que yo partí en mil pedazos. Cienos dio la vuelta y echó a correr cubriéndose la espalda con su escudo del tamaño de un hombre, abriéndose paso entre las tropas troyanas con desesperación salvaje mientras pedía a gritos una lanza. Alguien le entregó el arma, pero como yo me hallaba demasiado cerca para que pudiera utilizarla, siguió retrocediendo.

Me sumergí en las densas filas troyanas en su busca sin que nadie me atacara, ya fuese porque los soldados estaban demasiado asustados o porque respetaban los principios consagrados del duelo, jamás llegaré a saberlo.

La multitud fue disminuyendo hasta que la batalla quedó a nuestras espaldas y llegarnos a una roca amenazadora que obligó a detenerse a Cienos, hijo de Poseidón. Mi enemigo se volvió para hacerme frente describiendo perezosos círculos con su lanza y yo también me detuve aguardando a que la arrojase, pero prefirió utilizarla como arma de mano en lugar de lanzarla. Muy prudente por su parte, puesto que yo disponía de hacha y espada. Él amagó un rápido ataque que yo rehuí ladeándome. Una y otra vez apuntó hacia mi pecho, pero yo era joven y tan ágil de movimientos como si fuera más esbelto. En la primera oportunidad que tuve arremetí contra él y partí su lanza por la mitad. Sólo le quedaba la daga, que buscó a tientas; aún no estaba derrotado.

Nunca había deseado tanto acabar con alguien como con aquel bufón, aunque no quería producirle una muerte limpia sino destrozarlo con el hacha o la espada. Dejé caer mi arma y tiré del pesado tahalí alzando la espada sobre mi cabeza. A continuación siguió mi daga. Por fin había desaparecido el regocijo de su rostro. Finalmente me concedía el respeto que yo me había jurado que me rendiría. ¡Pero aún era capaz de hablar! -¿Cómo has dicho que te llamabas, torpón? ¿Aquiles?

El sufrimiento me consumía. Fui incapaz de responderle. Él no estaba tan cerca del dios para comprender que un duelo entre miembros de la realeza debía ser tan silencioso como sagrado.