– Entonces, señor, si mañana no hay rastro del ejército troyano en la llanura, ¿podemos trasladarnos al pie de las murallas para inspeccionarlas más de cerca? -insistió Aquiles.
– Desde luego -repuso secamente el gran soberano.
Cuando concluyó la reunión sin decidir nada más trascendental que la visita que realizaríamos al día siguiente a las murallas, le hice una seña a Diomedes, que poco después se reunía conmigo en mi tienda. Cuando los criados hubieron servido el vino y se hubieron retirado, Diomedes se permitió mostrar su curiosidad; aprendía a controlarse.
– ¿De qué se trata? -inquirió ansioso.
– ¿Ha de tratarse de algo? Estoy a gusto contigo.
– No pongo en duda nuestra amistad, me refiero a tu expresión cuando me hiciste señas para que saliera. ¿Qué te propones, Ulises?
– ¡Ah!, te acostumbras demasiado a mis pequeñas rarezas! -Mi aparato pensante acaso esté desbaratado por la guerra, pero aún logro distinguir el olor diferente de un junquillo y un cadáver.
– Entonces considera esto como un consejo privado, Diomedes. De todos nosotros tú conoces la guerra mejor que nadie, así como el modo de tomar una ciudad fortificada. Conquistaste Tebas y construíste un santuario con los cráneos de tus enemigos. ¡Por todos los dioses, qué entusiasmo debió de impulsarte a llevarlo a cabo!
– Troya no es como Tebas -repuso seriamente-. Tebas es griega, parte de nuestra unidad de naciones. En estos momentos guerreamos contra Asia Menor. ¿Cómo no lo comprende así Agamenón? Sólo hay dos potencias de cierta importancia en el Egeo: Grecia y la federación de Asia Menor, que comprende a Troya. A Babilonia y Nínive no les preocupa gran cosa lo que sucede por el Egeo y Egipto está tan lejos que a Ramsés no le importa en absoluto. -Se interrumpió, al parecer avergonzado-. ¿Pero quién soy yo para adoctrinarte? -concluyó.
– No te juzgues tan a la ligera. Ha sido un resumen admirable. Ojalá algunos miembros del consejo hoy celebrado hubieran sido la mitad de lógicos.
Bebió largamente para despejar su oleada de placer.
– Tomé Tebas, sí, pero tras una encarnizada batalla ante sus muros. Entré en la ciudad sobre los cadáveres de sus hombres. Aquiles probablemente pensaba en ello cuando proponía atraer cuanto antes a los troyanos al exterior. ¿Pero qué me dices de la ciudad? Un puñado de mujeres y niños pueden mantenernos eternamente a raya ante sus puertas.
– Podemos rendirlos por hambre -propuse.
Mis palabras lo hicieron reír.
– ¡Eres incurable, Ulises! Sabes perfectamente que las leyes del hospitalario Zeus prohiben tal medida. ¿Podrías enfrentarte honradamente a las Furias si sometieras a una ciudad por la fuerza del hambre?
– Las hijas de Coré no me inspiran temor; las miré a los ojos hace años.
Era evidente que se cuestionaba si aquélla sería una muestra más de mi impiedad. Pero no me lo preguntó.
– Entonces dime a qué conclusión has llegado -dijo finalmente.
– Hasta el momento, a una. Que esta campaña será muy larga, cuestión de años. En consecuencia, haré mis preparativos considerando tal factor. Mi oráculo doméstico me previno de que estaría ausente del hogar durante veinte años.
– ¿Cómo puedes creer en un sencillo oráculo doméstico cuando abogas por la técnica del hambre?
– El oráculo doméstico pertenece a la Madre -repuse paciente-, a la Tierra, tan próxima a nosotros en todos los aspectos. Ella nos envía a este mundo y nos reclama a su seno cuando finaliza nuestro recorrido. Sin embargo, la guerra es de competencia humana y cómo llevarla a cabo debería corresponder a la decisión de los hombres. Todas las malditas leyes que la gobiernan me parecen inspiradas para proteger al contrario. Un día que alguien desee muy intensamente ser vencedor de un combate las quebrantará y después todo será diferente. Somete a una ciudad por medio del hambre y desencadenarás una serie de victorias aplastantes por tal sistema. ¡Y yo deseo ser el primero! No, Diomedes, no soy impío, sólo me impacientan las restricciones. Sin duda el mundo cantará las hazañas de Aquiles hasta que Cronos vuelva a casarse con la Madre y el tiempo de los humanos llegue a su fin. ¿Pero es un orgullo exagerado por mi parte desear que el mundo aclame a Ulises? Yo no poseo las ventajas de Aquiles; no gozo de gran corpulencia física ni soy hijo de un gran soberano; sólo puedo valerme de las cualidades que poseo: inteligencia, astucia y sutileza. No son malos instrumentos.
Diomedes se desperezó.
– No, ciertamente. ¿Cómo planearías esta larga campaña?
– Comenzaré mañana, cuando regresemos de nuestra inspección de las murallas troyanas. Me propongo escoger un pequeño ejército de entre nuestras numerosas filas.
– ¿Un pequeño ejército para ti?
– Sí, para mí. No un ejército corriente, las tropas habituales. Me propongo reclutar a nuestros peores elementos, los temerarios, los problemáticos y los descontentos.
Se quedó atónito, boquiabierto.
– ¡Sin duda bromeas! ¿Problemáticos, descontentos, temerarios? ¿Qué clase de tropas son ésas?
– Dejemos de momento a un lado la cuestión de si mi oráculo doméstico se equivoca al predecirme veinte años o si Calcante está en lo cierto al mencionar diez. Sea como fuere, es mucho tiempo.
Deposité mi copa de vino en la mesa y me erguí en el asiento.
– En una campaña corta un buen oficial puede mantener ocupados a sus elementos problemáticos, vigilar a sus temerarios muy de cerca para que no puedan perjudicar al resto de los hombres y apartar a sus descontentos de aquellos a quienes podrían influir. Pero en una campaña larga es previsible que se produzcan peleas. No lucharemos cada día, ni siquiera cada luna, durante el transcurso de diez o veinte años. Habrá lunas de infinito ocio, en especial durante el invierno. Y en esas treguas las lenguas producirán tales daños que los murmullos de descontento alcanzarán las proporciones de un clamor.
Diomedes parecía divertido.
– ¿Y qué me dices de los cobardes?
– ¡Oh, tendré que dejar a los oficiales suficientes elementos insatisfactorios para que caven los pozos!
Aquello le provocó una carcajada.
– De acuerdo, entonces, cuando ya cuentes con tu pequeño ejército, ¿qué harás con él?
– Mantenerlo ocupado constantemente. Confiar a sus miembros algo en qué emplearse, con lo que disfrutarán sus dudosos talentos. La clase de hombres a que me refiero no son cobardes sino refunfuñones. Los problemáticos viven para provocar problemas; los temerarios no están contentos hasta que no ponen en peligro otras vidas así como las propias, y los descontentos se lamentarían al propio Zeus de la calidad del néctar y la ambrosía del Olimpo. Mañana acudiré a todos los oficiales al mando y les pediré que me confíen a sus tres peores hombres, con la exclusión de los cobardes, y, como es natural, estarán encantados de librarse de ellos. Cuando los haya reclutado los haré trabajar.
Aunque sabía que le tomaba el pelo, inocentemente no pudo resistirse a picar el anzuelo.
– ¿Qué clase de trabajo? -preguntó.
Seguí bromeando.
– En las orillas de la playa, no lejos de donde han recalado mis naves, hay una hondonada natural. Queda fuera de la vista de todos y, sin embargo, se halla bastante próxima al campamento, situada en este lado del muro que Agamenón se propone levantar para proteger las embarcaciones y a nuestros hombres de las incursiones troyanas. Es un hueco muy profundo, capaz de contener bastantes edificios para albergar a trescientos hombres con toda comodidad. Mi ejército se alojará en ese lugar en completo aislamiento y yo los entrenaré para el trabajo que deben realizar. Una vez reclutados no tendrán ninguna clase de contacto con sus antiguas unidades ni con el ejército principal.
– ¿De qué trabajo se trata?
– Me propongo crear una colonia de espías.
No esperaba semejante respuesta. Me miró confuso y sorprendido.