– ¿Una colonia de espías? ¿Y qué es eso? ¿Qué pueden hacer los espías? ¿Para qué servirán?
– Serán sumamente útiles -repuse cada vez más entusiasmado con mi idea-. ¡Piénsalo, Diomedes! Incluso diez años son mucho tiempo en la vida de un hombre, tal vez tan poco como una séptima u octava parte, pero acaso tanto como un tercio o la mitad. Entre mis trescientos efectivos habrá algunos capaces de pasear por los salones de un palacio, y eso es lo que harán. El año próximo los diseminaré por la propia Ciudadela; a otros, que también les agrade actuar, los introduciré en los estratos medio y bajo de la ciudad, entre los esclavos y los mercaderes. Deseo estar al corriente de todos los movimientos de Príamo.
– ¡Por Zeus tonante! -exclamó Diomedes lentamente. Y añadió con escepticismo-: Serán detectados al punto.
– ¿Por qué? Te consta que no enviaré a Troya a unos inexpertos. No pareces haber comprendido que mis trescientos hombres tendrán una inteligencia superior, pues los seres problemáticos, temerarios y descontentos son tipos brillantes. Los lerdos no constituyen un peligro en las filas. Ya he estado dentro de Troya y mientras estuve allí memoricé la versión troyana del griego: acento, gramática, vocabulario… Estoy muy dotado para las lenguas.
– Lo sé -repuso Diomedes con sonrisa sincera.
– También descubrí muchas cosas que no le transmití a nuestro querido amigo Agamenón. Antes de que cualquiera de mis espías ponga los pies en Troya sabrá cuanto le sea preciso. A algunos, los que no tengan habilidad para las lenguas, los aleccionaré para que digan que son esclavos que han huido de nuestro campamento. Como no necesitan ocultar su calidad esencial de griegos serán especialmente valiosos. Otros que estén algo más capacitados para las lenguas fingirán ser licios o carios. Y eso es sólo el principio -dije alegremente mientras me ponía las manos tras la cabeza.
Diomedes profirió un prolongado suspiro.
– Agradezco a los dioses que estés de nuestra parte, Ulises. Me preocuparía muchísimo tenerte como enemigo.
Todos los ciudadanos de Troya se encontraban en lo alto de las murallas para ver pasar al gran soberano de Micenas al frente de los miembros de la realeza. Advertí el creciente sonrojo de Agamenón mientras captaba los abucheos y rudas expresiones que el incesante viento troyano transportaba a nuestros oídos y me alegré profundamente de que no llevase consigo al ejército.
Me dolía el cuello de levantar constantemente la cabeza, pero cuando llegamos a la Cortina Occidental la escudriñé cuidadosamente, pues en realidad no la había visto desde el exterior durante mi visita a Troya. Tan sólo por allí era posible asaltar las murallas, aunque incluso Agamenón había abandonado aquella idea cuando las dejamos atrás, pues dada su escasa longitud, cuarenta mil defensores nos arrojarían desde arriba aceite hirviendo, rocas al rojo vivo, carbones encendidos e incluso excrementos.
Cuando Agamenón nos ordenó regresar al campamento tenía una expresión muy preocupada.
No convocó consejo, y transcurrieron los días uno tras otro sin que tomara decisiones ni emprendiera acción alguna. Yo lo dejé sufrir a solas porque tenía cosas más provechosas que hacer que discutir con él. Comencé a reunir a los hombres que deseaba para mi colonia de espías.
Los oficiales al mando no me pusieron trabas; es más, se sintieron muy satisfechos de solucionar su peor problema. Carpinteros y albañiles trabajaron con denuedo en la hondonada para levantar treinta sólidos módulos de piedra y un edificio mayor que sería utilizado como comedor y sala de recreo e instrucción. A medida que llegaban mis reclutas se integraban asimismo en la tarea; desde el momento en que fueron escogidos habían sido mantenidos aislados por una guardia de soldados de ítaca apostados alrededor de la hondonada. En cuanto a los oñciales al mando, suponían que me limitaba a construir una prisión donde me proponía encerrar a todos los delincuentes.
Hacia otoño todo estaba dispuesto. Reuní a mis reclutas en el salón principal del edificio mayor para dirigirme a ellos. Mientras marchaba hacia el estrado me seguían trescientos pares de ojos recelosos, curiosos, desconfiados o aprensivos. Llevaban ya mucho tiempo confinados en aquel lugar y habían llegado a la horrible conclusión de que habían perdido privilegios y que todos eran de la misma clase.
Me instalé en un trono soberano con patas talladas a modo de garras y con Diomedes a mi diestra. Cuando reinó el silencio apoyé las manos en los brazos del sillón y extendí un pie adoptando la postura de un rey.
– Os preguntaréis por qué os he traído aquí y qué va a ser de vosotros. Hasta ahora todo han sido simples conjeturas; a partir de este momento lo sabréis porque voy a decíroslo. En primer lugar, todos vosotros tenéis ciertos rasgos de carácter que os hacen detestables para vuestros superiores. Ninguno de los que os encontráis en esta sala es buen soldado, ya sea porque ponéis en peligro otras vidas o porque transmitís dolores de vientre con vuestras continuas jugarretas o quejas. No deseo que exista ninguna mala interpretación por vuestra parte en cuanto a las razones por las que habéis sido escogidos; ello se debe a que sois profundamente detestados.
Me interrumpí y aguardé haciendo caso omiso de sus rostros sorprendidos, irritados o indignados. Varios de ellos se mostraban especialmente inexpresivos y merecieron mi especial atención, pues aquéllos debían de ser los dotados con habilidad e inteligencia superiores.
Todo había sido dispuesto. Mi guardia ítaca estaba apostada alrededor del edificio. Su jefe, Hakios, un elemento que merecía mi absoluta confianza, había recibido órdenes de matar a cualquiera que apareciese por la puerta antes que yo. A los que decidieran que mis condiciones eran inaceptables no se les permitiría regresar a las filas generales del ejército: tendrían que morir.
– ¿Habéis comprendido la magnitud del insulto? -les pregunté-. ¡Insisto en que lo hagáis así! Las mismas cualidades que aborrecen los hombres decentes constituyen vuestra mayor ventaja. Existirán recompensas por servirme; os alojaréis en residencias dignas de príncipes, no realizaréis trabajos manuales y las primeras mujeres que el gran soberano adjudique de los despojos serán para vosotros. Entre vuestros turnos de servicio disfrutaréis de adecuados períodos de descanso. En realidad, constituís un cuerpo de élite bajo mi único mando. Ya no tendréis que responder a vuestros respectivos reyes ni al gran soberano de Micenas, sino tan sólo a mí, Ulises de ítaca.
Seguí explicándoles que el trabajo que requería de ellos era muy peligroso e insólito, y concluí aquel fragmento de mi discurso diciéndoles:
– Algún día vuestra especie será famosa. Las guerras se ganarán o perderán por la clase de función que vais a realizar. Para mí, cada uno de vosotros vale más que mil soldados de infantería, de modo que comprenderéis que es un honor ser escogido. Ahora, antes de ampliaros mis explicaciones, os permitiré comentar este asunto entre vosotros.
Durante un breve espacio de tiempo persistió el silencio, pues estaban tan sorprendidos que les resultaba difícil conversar. Luego, a medida que comenzaron las charlas, observé sus rostros con detenimiento y descubrí que más de una docena decidían hacer caso omiso de mi propuesta. Uno de ellos se levantó y marchó seguido de algunos más; Hakios surgió amenazador tras la puerta abierta sin que se produjera ninguna conmoción en el exterior. Otros ocho salieron y mis hombres siguieron cumpliendo instrucciones. Si no regresaban jamás a sus compañías, supondrían que estaban conmigo. De no ser así, se suponía que habían regresado a sus compañías. Sólo Hakios y sus hombres lo sabrían; eran de ítaca y conocían a su rey.
Me interesaron dos hombres en particular. Uno era primo de Diomedes y el peor engorro para un oficial al mando que yo había conocido durante mi reclutamiento. Se llamaba Tersites. Aparte de su habilidad, algo más me atraía en él, porque se decía que había sido engendrado por Sísifo en la tía de Diomedes. Lo mismo se decía de mí, que Sísifo y no Laertes era mi padre. Aquella afrenta sobre mi nacimiento jamás me provocó la menor angustia, pues la sangre de una brillante cabeza de lobo probablemente le sería más útil a un hombre que la de un rey como Laertes.