Durante cinco lunas no habíamos visto ni rastro del ejército troyano y en nuestro campamento reinaba el pesimismo. El abastecimiento no había resultado un problema difícil, pues la costa norteña de la Tróade y las lejanas playas del Helesponto nos facilitaban un excelente forraje. Las tribus que vivían en aquellas zonas se perdían de vista ante nuestras patrullas carroñeras. Lo que no modificaba el hecho de que nos halláramos tan lejos de nuestros hogares que no podíamos considerar el retorno ni los permisos. Tampoco habíamos recibido órdenes del gran soberano para disgregarnos, atacar ni emprender acción alguna.
Al entrar en la tienda de Agamenón descubrí que Ulises ya se encontraba allí con aire despreocupado.
– Cuando apareció Ulises debí de haber imaginado que no estarías lejos -comentó Agamenón.
Sonreí pero no hice comentario alguno.
– ¿Qué deseas, Ulises?
– Que convoques consejo, señor. Hace mucho tiempo que no cambiamos impresiones.
– ¡Estoy totalmente de acuerdo! Por ejemplo, ¿qué sucede en cierta hondonada y por qué no puedo encontraros ni a ti ni a Diomedes cuando anochece? Anoche me proponía convocar una reunión.
Ulises se libró de la desaprobación del soberano con su gracia habitual. Esbozó una sonrisa, de aquellas con las que solía imponerse a sus más implacables enemigos, capaz de encantar a un hombre mucho más frío que Agamenón.
– Lo diré todo, señor… pero durante el consejo.
– Perfecto. Sin embargo quédate hasta que lleguen los demás. Si te dejo marchar, acaso no regreses.
El primero en llegar fue Menelao, como siempre con aire avergonzado. Nos saludó tímidamente con una inclinación de cabeza y se sentó acurrucado en la oscuridad, en el rincón más alejado de la estancia. ¡El pobre y deprimido Menelao! Tal vez comenzaba a comprender que Helena era un elemento muy secundario en las intrigas de su dominante hermano, o quizá empezaba a desesperar de conseguir que ella regresara. Pensar en su esposa le despertaba recuerdos de hacía casi nueve años, ¡al final había resultado una simple ramera! Sólo le importaba su propia satisfacción y se había mostrado indiferente a los deseos de un hombre. ¡Era tan hermosa y tan egoísta! ¡Oh, cómo debió de hacer bailar a Menelao a su aire! Yo no podía odiarlo, era un pobre hombre que más merecía ser compadecido que despreciado. Y que la amaba como jamás amaría a otra mujer.
Aquiles compareció acompañado de Patroclo; Fénix iba en pos de ellos como Argos, el perro de Ulises, cuando se hallaba en ítaca, tan fiel como el vigilante. Los soberanos tributaron homenaje, Aquiles muy protocolario y de evidente mal grado. Era un tipo extraño, pero había advertido que a Ulises no le preocupaba. Sin embargo, me era indiferente para preocuparme de advertirle en secreto de que se mostrara más amable con Agamenón. Aunque el muchacho dirigiera a los mirmidones no debería manifestar tan abiertamente su antipatía. Encontrarse abandonado en un extremo durante una batalla es bastante fácil, y muy duro tener que ceñirse a una estrategia mala y rutinaria.
Advertí la expresión de los ojos de Patroclo y sonreí instintivamente. ¡Aquélla sí era una tierna amistad! Por lo menos por una parte, pues Aquiles se dejaba querer. Y también ardía mucho más por la lucha que por el placer corporal.
Macaón llegó solo y se sentó en silencio. Él y su hermano Podaliero eran los médicos más excelentes de Grecia, mucho más valiosos para nuestro ejército que una ala de caballería. Podaliero era como un recluso; prefería su consultorio a los consejos de guerra; pero Macaón era inquieto y enérgico, tenía dotes de mando y era capaz de luchar como diez mirmidones. Idomeneo cruzó la puerta con elegancia seguido de Meriones y, en virtud de la importancia de la corona cretense que ceñía y de su posición de copartícipe en el mando, se inclinó ante Agamenón en lugar de doblar la rodilla. Los ojos del gran soberano relampaguearon ante el desaire.
Me pregunté si pensaba que Creta se engreía demasiado, pero su rostro nada reflejó. Idomeneo era un petimetre, pero un robusto y magnífico líder de hombres. Meriones, su primo y heredero, posiblemente era el mejor de ambos… no me importaba compartir con él un banquete ni luchar a su lado; ambos tenían el mismo aire generoso característico de los cretenses.
Néstor avanzó decidido hasta su asiento especial y saludó con una inclinación de cabeza a Agamenón, que no se ofendió por ello. El hombre nos había tenido a todos sobre sus rodillas cuando éramos pequeños. Si tenía un defecto, éste era su tendencia a recordar en exceso los «viejos tiempos» y a considerar pusilánime a la presente generación de reyes. Sin embargo, no podía evitar quererlo e imaginaba que Ulises lo adoraba. Lo acompañaba su primogénito.
Áyax llegó con sus alegres compañeros: su hermanastro Teucro y su primo Áyax el Pequeño, hijo de Oileo, de Locres. Se sentaron en silencio junto a la pared del fondo con aire incómodo. Ansiaba que llegara el día en que viese a Áyax en el campo de batalla (no lo había tenido próximo en Sigeo) para comprobar con mis propios ojos cómo esgrimía su famosa hacha con tan poderosos brazos.
Menesteo los seguía de cerca, pisándoles los talones; era un excelente gran soberano de Ática, pero con sentido común para no dárselas de Teseo. No era ni la décima parte de lo que aquél había sido, aunque en realidad no había nadie que pudiera comparársele. Palamedes fue el último en aparecer y se sentó entre mí y Ulises. Era poco prudente por mi parte simpatizar con él cuando Ulises lo odiaba. Ignoraba la razón, aunque deducía que Palamedes lo habría herido de algún modo cuando él y Agamenón fueron a ítaca en su busca para llevárselo a la guerra. Ulises era paciente y aguardaría el momento oportuno, pero yo estaba seguro de que se vengaría. No sería una venganza sangrienta ni violenta, pues tenía mucha sangre fría. El sacerdote Calcante no se hallaba presente, lo cual era una singular omisión.
– Es el primer consejo serio que he convocado desde que desembarcamos en Troya -comenzó secamente Agamenón-. Como todos estáis al corriente de la situación, no creo necesario que nos extendamos sobre el tema. Ulises os expondrá los hechos, no yo. Aunque sea vuestro soberano me habéis cedido vuestras tropas gustosamente y respeto vuestro derecho a retirar tal apoyo si lo creéis conveniente, a pesar del juramento del Caballo Descuartizado. Tú te encargarás del bastón, Patroclo, pero entrégaselo a Ulises.
Se encontraba en el centro de la estancia (Agamenón había sucumbido al creciente frío y se había hecho construir una casa de piedra, aunque su presencia sugiriese permanencia), peinaba la roja melena hacia atrás de modo que despejaba su delicado rostro y formaba una masa de ondas. Sus grandes ojos grises penetraban hasta nuestra médula reduciéndonos a nuestra auténtica estatura: reyes, pero hombres a pesar de todo. Los griegos siempre habíamos respetado la presciencia y Ulises la poseía en gran medida.
– Sirve vino, Patroclo -dijo para comenzar.
Aguardó a que el joven sirviera una ronda a todos y prosiguió:
– Hace cinco lunas que desembarcamos y nada ha sucedido durante ese tiempo aparte de en los confínes de una hondonada próxima a mis naves.
Aquella declaración se vio seguida de una rápida explicación de Ulises acerca de que había asumido la responsabilidad de encarcelar a los peores soldados del ejército en un lugar donde no pudieran causar daño. Yo conocía las razones por las que no deseaba divulgar las verdaderas causas de aquel reducto: no confiaba en Calcante ni en alguno de los presentes, pese a estar comprometidos por juramento.
– Aunque no hayamos celebrado ningún consejo oficial -prosiguió con su grata y serena voz-, no ha sido difícil adivinar los principales sentimientos que experimentáis. Por ejemplo, nadie desea sitiar Troya. Respeto vuestros criterios por las mismas razones que Macaón pueda aducir, que el asedio deja tras de sí plagas y otras enfermedades y que una conquista por tales medios podría fracasar. Por ello no pretendo hablar del asedio.