– Aquí me tienes, señor -repuso el tal Eneas.
– ¿Has visto a los griegos?
– Aún no, señor. He entrado por la puerta Dárdana.
El énfasis al pronunciar el nombre de la entrada había sido significativo. Recordé dónde había oído su nombre. Eneas era el heredero de Dardania. Su padre, el rey Anquises, gobernaba la parte sur de aquel país desde una ciudad llamada Lirneso. Príamo siempre se mofaba al mencionar Dardania, a Anquises o a Eneas. Yo deducía que en Troya los considerábamos unos advenedizos, aunque París me había dicho que el rey Anquises era primo hermano de Príamo y que Dárdano había fundado tanto la casa real de Troya como la de Lirneso.
– Te sugiero entonces que salgas al balcón y contemples el Helesponto -repuso Príamo rebosante de sarcasmo.
– Como gustes.
Eneas desapareció unos momentos y regresó con un encogimiento de hombros.
– Parece que se proponen quedarse, ¿no es eso?
– Una conclusión perspicaz.
Eneas hizo caso omiso de la agudeza.
– ¿Por qué me has llamado? -inquirió.
– ¿No te parece evidente? Cuando Agamenón haya clavado sus dientes en Troya, le seguirán Dardania y Lirneso. Deseo que ofrezcas tus tropas para ayudarme a aplastar a los griegos cuando llegue la primavera.
– Grecia no tiene nada en contra de Dardania.
– Grecia no necesita pretextos en estos momentos. Grecia busca tierras, bronce y oro.
– Bien, señor, ante el formidable surtido de aliados aquí presentes, no creo que necesites a los hombres de Dardania para ayudarte a acabar con tus enemigos. Cuando tu necesidad sea auténtica, traeré un ejército, pero no esta primavera.
– ¡Mi necesidad será perentoria la próxima primavera!
– Lo dudo.
Príamo golpeó en el suelo con su cetro de marfil y la esmeralda que coronaba la empuñadura despidió destellos azules.
– ¡Quiero a tus hombres!
– No puedo comprometerme a nada sin la explícita autorización de mi padre el rey, señor. Y no cuento con ella.
Príamo desvió la cabeza sin saber qué responderle.
En cuanto estuvimos a solas, consumida por la curiosidad, interrogué a París acerca de aquella extraña discusión.
– ¿Qué sucede entre tu padre y el príncipe Eneas?
París me tiró perezoso de los cabellos.
– Rivalidad.
– ¿Rivalidad? Pero el uno reina en Dardania y el otro en Troya.
– Sí, pero según un oráculo, Eneas reinará en Troya algún día. Mi padre teme la sentencia de los dioses. Eneas conoce también el oráculo, por lo que siempre espera ser tratado como el heredero. Pero si consideras que mi padre tiene cincuenta hijos, la actitud de Eneas es ridicula. Creo que el oráculo se refiere a otro Eneas que existirá más adelante.
– Parece todo un hombre -dije pensativa-. Y es muy atractivo.
Me lanzó una mirada centelleante.
– No olvides de quién eres esposa, Helena, y mantente alejada de Eneas.
Los sentimientos que compartíamos París y yo se estaban enfriando. ¿Cómo era posible si me había enamorado de él a primera vista? Sin embargo, así había sido, supongo que porque no tardé en descubrir que, pese a su pasión por mí, no podía resistir el apremio de mariposear con otras mujeres. Y, al llegar el verano, tampoco contuvo sus impulsos de retozar por las proximidades del monte Ida. Aquel verano entre mi llegada a Troya y la aparición de los griegos, París desapareció durante seis lunas completas. ¡Y cuando por fin regresó, ni siquiera se disculpó! Tampoco llegó a comprender cuánto había sufrido en su ausencia.
Algunas mujeres de la corte se esforzaban todo lo posible por amargarme y hacer insoportable mi vida. La reina Hécuba me aborrecía, pues me consideraba la ruina de su querido París. Andrómaca, la esposa de Héctor, también me odiaba porque le había usurpado el título de más hermosa… y porque la aterraba que Héctor pudiera sucumbir a mis encantos.
¡Como si yo fuera a molestarme en ello! Héctor era un tipo enojoso, tan mojigato y envarado que no tardé en considerarlo el tipo más aburrido en una corte de aburridos.
Pero quien más me aterraba era la joven sacerdotisa Casandra, que recorría salones y pasillos con los negros cabellos salvajemente agitados, el rostro pálido y desencajado y reflejada la locura en sus ojos. Cada vez que me veía se enfrascaba en un estridente galimatías ofensivo, palabras e ideas tan enmarañadas que nadie alcanzaba a comprender su lógica. Yo era un diablo, un caballo, la causante de todos los desastres. Estaba confabulada con Dardania y con Agamenón. Era la ruina de Troya, etcétera, etcétera. Me trastornaba, como Hécuba y Andrómaca no tardaron en descubrir, lo que las indujo a estimularla para que me acechara constantemente, sin duda con la esperanza de que me recluyera en mis aposentos. Pero Helena estaba hecha de un material más resistente de lo que imaginaban. En lugar de retirarme, adopté la irritante costumbre de reunirme con Hécuba, Andrómaca y las restantes damas nobles en su cámara de esparcimiento para irritarlas acariciándome los senos (son realmente espléndidos) ante su escandalizada mirada (ninguna de ellas se hubiera atrevido a mostrar sus fofas y colgantes carnes). Cuando aquello se agotaba abofeteaba a las sirvientas, vertía leche en sus aburridos tapices y en los extensos productos de sus telares y me sumergía en monólogos sobre violaciones, incendios y saqueos. Una mañana memorable enfurecí de tal modo a Andrómaca que se lanzó sobre mí con uñas y dientes y se llevó una sorpresa mayúscula al descubrir que Helena se había ejercitado en la lucha siendo niña y era demasiado experta para competir con una dama educada como ella. Le puse la zancadilla y le propiné un puñetazo en el ojo, que se le hinchó, cerró y amorató durante casi una luna. Luego anduve divulgando insidiosamente que era obra de Héctor.
A París le insistían constantemente para que me castigase; su madre, en particular, lo atormentaba en todo momento. Pero siempre que trataba de amonestarme o me rogaba que fuese más amable me reía de él y le recitaba una letanía de las ofensas que las demás me infligían. Todo ello significaba que cada vez veía menos a mi marido.
Al llegar el invierno el desasosiego comenzó a dominar a la corte troyana. Se rumoreaba que los griegos se habían marchado de la playa, que hacían incursiones arriba y abajo de Asia Menor para atacar y destruir ciudades y pueblos. Sin embargo, cuando enviaron destacamentos armados hasta los dientes para examinar la playa encontraron al enemigo muy presente, dispuesto al enfrentamiento y a la lucha. Aun así, a medida que avanzaba la estación, llegaron noticias fidedignas de los ataques que realizaban. Uno tras otro, los aliados de Príamo despacharon comunicados acerca de que ya no podían cumplir sus promesas de enviar ejércitos en primavera porque sus propios países se veían amenazados. Tarses, de Cilicia, fue pasto de las llamas; su gente, exterminada o vendida como esclavos; los campos y los pastos, incendiados en cincuenta leguas a la redonda; el grano, arrebatado y cargado en naves griegas; el ganado, sacrificado y ahumado en sus propias instalaciones para alimento de los griegos; los santuarios, despojados de sus tesoros, y el palacio del rey Eetión, saqueado. Misia fue la siguiente en sufrir el ataque griego. Lesbos envió ayuda a Misia y fue atacada a su vez. Thermi fue arrasada hasta sus cimientos; los lesbianos se lamieron sus heridas y se preguntaron si sería político recordar la parte griega de sus antepasados y declararse a favor de Agamenón. Cuando Priene y Mileto sucumbieron en Caria, cundió el pánico. Incluso Sarpedón y Glauco, los dobles soberanos, se vieron obligados a permanecer en su reino de Licia.
En cuanto se producía cada ataque recibíamos la noticia de la forma más original. El mensaje corría a cargo de un heraldo griego que se plantaba ante la puerta Escea y transmitía al capitán de la torre de vigilancia occidental la información destinada a Príamo. El hombre enumeraba las ciudades saqueadas, el número de los ciudadanos muertos y de las mujeres y niños vendidos como esclavos, el valor de los despojos y las medidas de grano. E invariablemente concluía su mensaje con las mismas palabras: