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– Un espléndido trofeo -respondí vacilante.

Hizo caso omiso de aquella trivialidad y se abstrajo de nuevo. Intenté devolverlo otra vez a la realidad.

– Después de tantos años aún dices cosas que no llego a comprender. Sin duda te agradará la belleza en alguno de sus aspectos. Vivir considerándola una enfermedad no es vivir, Aquiles.

– Me importa poco cómo vivo ni cuánto viviré siempre que haya conseguido la fama -gruñó-. Los hombres nunca deben olvidarme cuando esté en mi tumba.

De nuevo surgió su mal talante.

– ¿Crees que he seguido un camino erróneo para conseguir la gloria?

– Ésa es una cuestión pendiente entre tú y los dioses -respondí-. No has pecado contra ellos, no has asesinado a mujeres fértiles ni a niños demasiado pequeños para empuñar armas. No es ningún pecado entregarlos a la esclavitud. Tampoco has ganado una ciudad por hambre. Aunque tu mano ha sido dura, nunca se ha comportado de modo criminal. Yo soy más blando, eso es todo.

Una sonrisa iluminó su rostro.

– Te subestimas, Patroclo. Con una espada en la mano eres tan inflexible como cualquiera de nosotros.

– En las batallas es diferente. Puedo matar sin misericordia. Pero a veces tengo sueños sombríos y siniestros.

– Al igual que los míos. Ingenia me maldijo antes de morir.

Se durmió, incapaz de proseguir la charla. Me dediqué a observarlo, pues era lo que más me agradaba. Muchas de sus cualidades me resultaban incomprensibles; sin embargo, si alguien conocía a Aquiles, ése era yo. Poseía la habilidad de conseguir que la gente lo amara, ya fueran sus mirmidones, sus cautivas… o yo mismo. Pero la razón no radicaba en su atractivo físico, sino que era una faceta de su espíritu, una grandeza de la que los demás siempre parecían carecer.

Desde que zarpamos de Áulide hacía tres años se había vuelto en extremo autosuficiente. A veces me preguntaba si su propia mujer lo reconocería cuando volvieran a encontrarse. Por supuesto que sus problemas venían de la muerte de Ifigenia, y aquello yo lo compartía y lo comprendía. Pero ignoraba adonde se dirigían sus pensamientos y las capas más profundas de su mente.

Una repentina ráfaga de aire frío agitó los cortinajes a ambos lados de la ventana. Me estremecí. Aquiles aún yacía de costado con la cabeza apoyada en una mano, pero su expresión había cambiado. Pronuncié su nombre en voz alta pero no me respondió.

Me levanté del diván repentinamente alarmado, me senté en el borde del suyo y apoyé una mano en su hombro desnudo sin que pareciera advertirlo. Entre los fuertes latidos de mi corazón contemplé su piel bajo la palma de mi mano e incliné la cabeza hasta posar mis labios en ella; las lágrimas brotaban de mis ojos con tal fluidez que una de ellas le cayó en el brazo. Aparté los labios horrorizado mientras él se estremecía y volvía la cabeza para mirarme con una expresión extraña, como si en aquel momento viese por vez primera al auténtico Patroclo.

Abrió sus tenues labios para hablar pero no llegó a formular sus pensamientos. Miró hacia la puerta y dijo:

– Madre.

Observé aterrado que babeaba, que le temblaba la mano izquierda y la misma parte de su rostro se movía nerviosamente. Luego se cayó del diván al suelo y se quedó rígido, con la espalda arqueada y los ojos tan cegados y blancos que pensé que iba a morir. Me senté en el suelo para sostenerlo y aguardé a que se diluyera la negrura de su rostro en un gris moteado, que se interrumpieran sus temblores y volviera a la vida. Cuando aquello hubo concluido le limpié la saliva de la barbilla, lo mecí relajadamente y acaricié sus cabellos empapados en sudor.

– ¿Qué te ha sucedido, Aquiles?

Me miró con turbia expresión, reconociéndome lentamente. Luego suspiró como una criatura agotada.

– Ha venido mi madre con su hechizo. Creo que he estado presintiendo su llegada todo el día.

¡El hechizo! ¿Era aquello el hechizo? Me había parecido un ataque de epilepsia, aunque, en los casos que yo había presenciado, a las víctimas se les debilitaba el cerebro hasta quedar anulados por la imbecilidad y poco después morían. Fuese lo que fuese lo que afectase a Aquiles no había atacado a su mente ni tampoco se habían vuelto más frecuentes los ataques. Pensé que era el primero que sufría desde Esciro.

– ¿Por qué ha venido, Aquiles? -Para recordarme que debo morir.

– ¡No puedes decir eso! ¿Cómo lo sabes?

Lo ayudé a levantarse y a recostarse en su diván y me senté junto a él.

– Te he visto cuando sufrías el hechizo, Aquiles, y me ha recordado un ataque de epilepsia.

– Tal vez lo sea. De ser así, mi madre me lo envía para recordarme mi mortalidad. Y no se equivoca. Debo morir antes de que caiga Troya. El hechizo es un anticipo de la muerte, la existencia como una sombra, insensible.

Frunció los labios y añadió:

– Larga e infame o breve y gloriosa. No cabe elección, lo que ella se niega a comprender. Sus visitas mediante el hechizo no cambiarán nada, pues ya tomé mi decisión en Esciro.

Me volví y apoyé la cabeza en mi brazo.

– ¡No llores por mí, Patroclo! He escogido el destino que deseo.

Me pasé la mano por los ojos.

– No lloro por ti, sino por mí.

Aunque no lo miraba advertí un cambio en él.

– Compartimos la misma sangre -dijo entonces-. Antes de que el hechizo se presentara distinguí algo en ti que no había visto antes.

– El amor que me inspiras -repuse con un nudo en la garganta.

– Sí, y lo siento. Debo de haberte herido muchas veces al no comprenderlo. Pero ¿por qué lloras?

– Cuando el amor no es correspondido provoca llanto.

Se levantó del diván y me tendió las manos.

– Te correspondo, Patroclo -dijo-. Siempre lo he hecho.

– Pero tú no eres un hombre que ame a los hombres, y ése es el amor que deseo.

– Quizá sería así si escogiera una existencia larga e ignominiosa. Tal y como están las cosas, y por si sirve de algo, no siento aversión a amarte. Estamos juntos en el exilio y me parece muy dulce compartirlo en la carne así como en espíritu -repuso Aquiles.

Así fue como nos hicimos amantes, aunque no encontré el éxtasis que había imaginado. ¿Lo hallamos alguna vez? Aquiles se apasionaba por muchas cosas, pero la satisfacción de los sentidos nunca fue una de ellas. No importaba. Tenía más de él que cualquier mujer y por lo menos encontré cierta satisfacción. En realidad, el amor no se circunscribe al cuerpo. El amor es la libertad de vagar por la mente y el corazón del amado.

Hacía cinco años que no visitábamos Troya ni a Agamenón. Como es natural, fui con Aquiles, que llevó asimismo consigo a Áyax y a Meriones. Me constaba que hacía tiempo que debíamos haber efectuado aquella visita pero pensé que ni siquiera entonces él hubiera ido allí si no hubiera necesitado entrevistarse con Ulises. Los estados de Asia Menor se habían vuelto recelosos e ideaban estratagemas para anticiparse a nuestros ataques.

La larga y accidentada playa que se extendía entre el Simois y el Escamandro no se parecía en absoluto al lugar que habíamos dejado cuatro años antes. Había perdido su aire destartalado y provisional y el propósito de permanencia era evidente. Las fortificaciones eran prácticas y estaban bien proyectadas. El campamento contaba con dos accesos, uno por el Escamandro y otro por el Simois, sobre los que se habían levantado puentes de piedra que cruzaban las zanjas y con grandes puertas practicadas en los muros.

Áyax y Meriones desembarcaron en el extremo de la playa donde desembocaba el Simois mientras Aquiles y yo lo hacíamos por el Escamandro, y nos encontrábamos con que habían sido construidos barracones para albergar a los mirmidones a su regreso. Avanzamos por la calle principal que atravesaba el campamento, buscando la nueva residencia de Agamenón que, según nos habían informado, era muy grande.