Aunque no podía apartarme de la ventana, desde las habitaciones que tenía a mi espalda distinguí los sonidos de los que se preparaban para la batalla… Pisadas de ancianos, voces agudas que susurraban apremiantes. Mi padre se encontraba entre ellos. Sólo quedaban los sacerdotes orando ante los altares, quienes incluso, entre ellos mi tío Crises, gran sacerdote de Apolo, habían elegido abandonar su manto sagrado y vestir armadura. Según dijo mi tío, lucharía para proteger al Apolo asiático, que no era el mismo que el Apolo griego.
Acudieron con arietes para derribar las puertas de la ciudadela. El palacio se estremeció profundamente hasta sus entrañas y entre el estrépito ensordecedor creí oír el rugido del Agitador de la Tierra, un sonido de duelo. Porque Poseidón los apoyaba a ellos, no a nosotros. Debíamos ser ofrecidos como víctimas por el orgullo y desafío de Troya. Él no podía hacer otra cosa que demostrarnos su simpatía mientras prestaba sus fuerzas a los arietes griegos. La madera se redujo a astillas, los goznes se aflojaron y la puerta cedió con gran estrépito. Los griegos irrumpieron en el patio, dispuestas sus lanzas y espadas, implacables ante la patética oposición que les presentábamos, impulsados tan sólo por su ira hacia Eneas, que los había engañado.
El hombre que los capitaneaba era un gigante que vestía armadura de bronce con adornos de oro y esgrimía una poderosa hacha con la que rechazaba a los ancianos como si fueran mosquitos, hundiéndola en sus carnes despectivamente. A continuación irrumpió en el gran salón seguido de sus hombres y cerré los ojos al resto de la carnicería que se producía fuera rogando a la casta Artemisa que les inspirara la idea de matarme. Prefería la muerte a la violación y la esclavitud. Una niebla rojiza dificultaba mi visión, la luz del día se filtraba implacable en ellos y mis oídos no estaban sordos a los gritos sofocados y a los balbuceantes ruegos de misericordia. La vida es preciosa para los viejos, pues comprenden cuán duramente se gana. Pero yo no distinguía la voz de mi padre y pensé que habría encontrado la muerte con tanto orgullo como había vivido.
Llegó a mis oídos el ruido de firmes y poderosas pisadas. Entonces abrí los ojos y me volví hacia la puerta situada en el extremo opuesto de la angosta estancia. En ella aparecía un hombre que empequeñecía aquella abertura, con el hacha colgando a un costado y manchado de sangre el rostro, coronado por un casco de bronce con penacho de oro. Tenía una boca tan cruel que los dioses que lo habían creado se habían olvidado de darle labios; comprendí que un hombre sin labios no sentiría piedad ni mostraría amabilidad alguna. Por un momento se quedó mirándome como si yo hubiera surgido de la tierra y luego entró en la habitación con la cabeza ladeada como un perro que husmea. Me erguí y decidí que no le obsequiaría con mi llanto ni con gemidos me hiciera lo que me hiciera. No deduciría por mi conducta que las mujeres dárdanas éramos cobardes.
Ganó la distancia que nos separaba en lo que tan sólo me pareció un paso, me asió por una muñeca y luego por la otra y me levantó en el aire.
– ¡Carnicero de ancianos y niños! ¡Animal! -lo insulté jadeante al tiempo que le propinaba patadas.
De pronto golpeó mis muñecas entre sí con tal fuerza que los huesos crujieron. Estuve a punto de gritar de dolor, pero me contuve, ¡no lo haría! En sus ojos amarillos como los de un león brilló la ira; lo había herido en lo único aún sensible de su amor propio. No le había agradado verse calificado de carnicero de ancianos y de niños.
– ¡Conten tu lengua, muchacha! ¡En el mercado de esclavos te azotarán con un látigo erizado para despojarte de tu arrogancia!
– ¡Agradeceré que me desfiguren!
– En tu caso sería una lástima -dijo.
Me dejó en el suelo y me soltó las muñecas. A continuación me asió por los cabellos y me arrastró hacia la puerta mientras yo me revolvía y golpeaba con pies y manos contra su coraza metálica hasta lastimarme.
– ¡Déjame andar! -grité-. ¡Permíteme que marche con dignidad! ¡No pienso encaminarme a la violación y la esclavitud lloriqueante y avergonzada como una vulgar criada!
Se detuvo bruscamente y se volvió a mirarme muy confuso.
– ¡Tienes el mismo valor que ella! -dijo lentamente-. No eres igual y, sin embargo, te pareces… ¿Así imaginas tu destino? ¿Sometida a violación y esclavitud?
– ¿Qué otro porvenir le espera a una cautiva?
Sonrió, lo que le hizo más similar a cualquier otro hombre porque al sonreír los labios se adelgazan, y me soltó los cabellos. Me llevé la mano a la cabeza preguntándome si me habría desgarrado el cuero cabelludo y luego marché al frente. El hombre me asió bruscamente la dolorida muñeca con tal fuerza que no abrigué esperanza alguna de soltarme.
– Aunque respete la dignidad no soy un necio, muchacha. No te escaparás de mí por un simple descuido.
– ¿Como se le escapó Eneas en la montaña a vuestro jefe? -me mofé.
– Exactamente -repuso impasible sin que se le alterara el gesto del rostro.
Me condujo por estancias que apenas reconocí, con las paredes manchadas de sangre y el mobiliario ya amontonado para los carros que conducirían los despojos. Cuando entramos en el gran salón apartó con los pies un montón de cadáveres y empujó a uno de ellos sobre los otros sin respetar los años ni la categoría de aquellos personajes. Me detuve buscando algo en aquel anónimo montón que me permitiera identificar a mi padre. Mi captor trató de apartarme de allí con escaso entusiasmo, pero me resistí.
– ¡Tal vez esté ahí mi padre! ¡Déjame verlo! -rogué.
– ¿Quién es? -preguntó indiferente.
– Si lo supiera, no tendría que buscarlo.
Aunque no me ayudó, me dejó tirar de él siempre que deseaba mientras inspeccionaba ropas y zapatos. Por fin descubrí el pie de mi padre, inconfundiblemente calzado con su sandalia de granates incrustados. Como la mayoría de ancianos, había conservado su armadura pero no sus botas de combate. No pude liberarlo porque tenía demasiados cadáveres encima.
– ¡Áyax! -llamó mi captor-. ¡Ven a ayudar a esta dama! Debilitada por el terror sufrido aquella jornada, aguardé mientras se aproximaba otro tipo gigantesco, un hombre más corpulento que mi captor.
– ¿No puedes ayudarla tú mismo? -dijo el recién llegado. -¿Y que se me escape? ¡Áyax, por favor! Esta mujer es muy enérgica, no puedo fiarme de ella.
– ¿Te has encaprichado de ella, primito? Bien, ya es hora de que te aficiones a alguien que no sea Patroclo.
Áyax me apartó a un lado como si fuera una pluma y luego, sin desprenderse de su hacha, fue tirando los cadáveres en el suelo hasta que apareció el de mi padre y me encontré con sus ojos carentes de vida fijos en mí, su barba escondida en una herida que casi le cruzaba todo el pecho. Era una herida de hacha.
– Este anciano se me enfrentó como un gallo de pelea -comentó admirado el tal Áyax-. ¡Un viejo valiente!
– De tal palo, tal astilla -dijo el que me retenía.
Me tiró bruscamente del brazo y añadió: