Junto a él se veía a un hombre de aspecto realmente noble, erguido en el asiento, con abundante cabellera pelirroja y rizada sobre su amplia y alta frente, y de cutis claro y delicado. Bajo sus cejas sorprendentemente oscuras, sus hermosos ojos grises tenían una penetrante mirada y eran los más fascinantes que había visto en mi vida. Cuando examiné su pecho desnudo me compadecí al advertir las múltiples cicatrices que mostraba; su rostro parecía la única parte de su cuerpo que había resultado ilesa.
A la diestra de Agamenón se encontraba otro individuo pelirrojo y torpón que mantenía su mirada fija en la mesa. Cuando se llevó la copa a los labios observé que le temblaba la mano. Su vecino era un anciano de aspecto muy regio, alto y erguido, con barba plateada y grandes ojos azules. Aunque vestía con gran sencillez una túnica blanca, llevaba los dedos cargados de anillos. El gigantesco Áyax se sentaba junto a él; parpadeé de nuevo sorprendida, sin apenas poder relacionarlo con el mismo que había descubierto el cadáver de mi padre.
Pero me cansé de examinar sus distintos rostros, todos tan engañosamente nobles. El guardián obligó a Criseida a adelantarse y le arrancó el velo. El estómago se me revolvió. Estaba hermosísima con aquellas ropas extranjeras que le habrían entregado de algún ropero griego y que en nada se asemejaban a las largas y rectas túnicas que lucíamos las mujeres lirnesas y que nos cubrían desde el cuello hasta los tobillos. Nosotras nos ocultábamos a la vista de todos, salvo de nuestros esposos; era evidente que las griegas vestían como rameras.
Sonrojada de vergüenza, Criseida se cubrió los senos desnudos con las manos hasta que el guardián la obligó a retirarlos de modo que los hombres reunidos en silencio en torno a la mesa pudieran apreciar la brevedad de su cintura ceñida por una faja y la perfección de su busto. Agamenón dejó de parecerse al padre Zeus y se convirtió en el dios Pan. El hombre se volvió a Aquiles y le dijo:
– ¡Por la Madre que es exquisita!
– Nos complace que te agrade, señor -repuso Aquiles con una sonrisa-. Es para ti… en señal de la estima del segundo ejército. Se llama Criseida.
– Ven aquí, Criseida -le ordenó Agamenón haciendo con la blanca mano una señal que ella no se atrevió a desobedecer-. ¡Ven y mírame! No debes asustarte, muchacha, no te causaré daño.
Le sonrió mostrando una dentadura blanca y luego le acarició el brazo al parecer sin observar cómo se estremecía.
– Conducidla al punto a mi nave.
Se la llevaron y llegó mi hora. El guardián me arrancó el velo para exhibirme con mi indecoroso atavío. Me erguí todo lo posible con las manos en los costados y rostro inexpresivo. Eran ellos quienes debían avergonzarse, no yo. Fijé desafiante mis ojos en los ojos llenos de lujuria del gran soberano y lo obligué a desviar la mirada. Aquiles guardaba silencio. Moví ligeramente las piernas para que resonaran mis grilletes y Agamenón enarcó las cejas sorprendido.
– ¿Cadenas? ¿Quién ha ordenado que se las pusieran?
– Yo, señor. No me fío de ella -respondió Aquiles.
– ¿Sí? -Aquella simple palabra tenía un profundo significado-. ¿Y a quién pertenece?
– A mí. La capturé yo mismo -dijo Aquiles.
– Deberías haberme ofrecido la elección de ambas muchachas -comentó Agamenón, disgustado.
– Ya te he dicho que la capturé yo mismo, señor, lo que la convierte en mi propiedad. Además, no me fío de ella. Nuestro mundo griego sobrevivirá sin mí, pero no sin ti. Tengo suficientes pruebas de que esta muchacha es peligrosa.
– Hum -murmuró el gran soberano, aunque no estaba muy convencido.
Suspiró y añadió:
– Nunca había visto cabellos con este color entre rojo y dorado ni ojos tan azules.
Con un nuevo suspiro concluyó:
– Es más hermosa que Helena.
El individuo nervioso y pelirrojo sentado a la diestra del gran soberano propinó un puñetazo en la mesa con tal fuerza que las copas saltaron.
– ¡Helena es inigualable! -exclamó.
– Sí, hermano, somos conscientes de ello -repuso Agamenón, paciente-. Tranquilízate.
– Llévatela -le ordenó Aquiles al oficial mirmidón.
Aguardé en su camarote sentada en una silla. Se me cerraban los párpados, pero me esforzaba por no dormirme. Nadie más indefenso que una mujer dormida.
Aquiles llegó mucho después. Cuando levantó el pestillo, pese a mi decisión, yo dormitaba. Me sobresalté. Había llegado el momento decisivo y estaba asustada. Pero Aquiles no parecía consumido por el deseo. Sin reparar en mí acudió a la cómoda y la abrió. Entonces se quitó el collar, los anillos, los brazaletes y el cinturón enjoyado, aunque no su faldellín.
– ¡No puedo resistir por más tiempo estas tonterías! -exclamó mirándome.
Yo lo miré a mi vez sin saber qué decirle. Me preguntaba cómo comenzaría una violación.
La puerta se abrió y por ella entró un hombre muy similar a Aquiles en rasgos y complexión, aunque menos corpulento y con expresión más tierna. Tenía unos labios preciosos y sus ojos azules, no dorados, me inspeccionaron con un brillo receloso.
– Ésta es Briseida, Patroclo.
– Agamenón no se equivocaba, es más hermosa que Helena.
La mirada que dirigió a Aquiles estaba cargada de intención y dolor.
– Te dejo. Sólo quería saber si necesitabas algo.
– Aguarda fuera. No tardaré -dijo Aquiles con aire ausente.
Cuando ya se dirigía a la puerta, Patroclo se detuvo y fijó una mirada inconfundible en Aquiles, llena de absoluta alegría y posesión.
– Es mi amante -me explicó Aquiles cuando él se hubo marchado.
– Lo he comprendido.
Se sentó a un lado del angosto lecho con un suspiro de cansancio y me hizo señas para que ocupara una silla.
– ¡Vuelve a sentarte! -me ordenó.
Le obedecí y lo miré con fijeza mientras él me observaba con una expresión que sugería distanciamiento; comenzaba a sospechar que él no me deseaba lo más mínimo. ¿Por qué entonces me había reclamado para sí?
– Creí que las mujeres de Lirneso estabais muy protegidas -dijo por fin-, pero parecéis conocer las costumbres del mundo.
– Algunas, las que son universales. Aunque no comprendemos modas como éstas. -Me toqué los senos desnudos-. La violación debe de estar muy extendida en Grecia.
– Al igual que en cualquier otro lugar. Las cosas llegan a perder su novedad cuando son… universales.
– ¿Qué te propones hacer conmigo, príncipe Aquiles?
– No lo sé.
– Mi carácter no es fácil.
– Lo sé -repuso con una sonrisa seca-. En realidad, tu pregunta era muy reveladora. Lo cierto es que no sé qué hacer contigo.
Me miró con sus ojos dorados.
– ¿Sabes cantar y tocar la lira?
– Muy bien.
Se levantó y anunció:
– Entonces te conservaré para que toques y cantes para mí -dijo. Y gritó-: ¡Siéntate en el suelo!
Lo hice así. Él levantó las pesadas faldas hasta mis muslos y salió del camarote. Regresó con un martillo y un escoplo y al cabo de unos momentos me había liberado de mis cadenas.
– Has estropeado el suelo -dije señalando las profundas marcas producidas por el escoplo.
– Esto no es más que un refugio en la avanzadilla de proa -dijo al tiempo que se levantaba y me ayudaba a ponerme en pie.
Sus manos eran firmes y estaban secas.
– Ve a dormir -me dijo.
Y me dejó.
Pero antes de acostarme dediqué una oración de agradecimiento a Artemisa. La diosa virgen me había escuchado: el hombre que me había tomado como botín no era aficionado a las mujeres. Estaba a salvo. ¿Por qué parte de mi tristeza no se debía a mi querido padre?
Por la mañana arrastraron la nave insignia hasta las aguas y marinos y guerreros se apresuraron por cubierta y por los bancos de remos llenando el ambiente de risas y maldiciones escogidas. Era evidente que estaban muy satisfechos de dejar la sombría y destruida Adramiteo; quizá podrán oír los reproches de las sombras de miles de inocentes sacrificados.