Выбрать главу

CAPITULO VEINTE

NARRADO POR ENEAS

Llevé conmigo a Troya mil carros y quince mil soldados de infantería. Príamo se tragó la antipatía que me profesaba y me trató muy bien, abrazó a mi pobre y demente padre y dispensó una cálida acogida a mi esposa Creusa, hija suya y de Hécuba. Al ver a nuestro hijo Ascanio sonrió radiante y lo comparó con Héctor. Lo que me complació mucho más que si le hubiera recordado a Paris, al que se asemejaba en gran manera.

Mis tropas fueron alojadas por la ciudad y a mi familia se le asignó un palacete dentro de la Ciudadela. Yo sonreía amargamente cuando no me veían, pues no había sido un error negarles mi ayuda durante tanto tiempo. Príamo estaba tan ansioso de liberarse de la sanguijuela griega que chupaba la sangre troyana que se hallaba dispuesto a simular que Dardania era un don de los dioses.

La ciudad había cambiado. Sus calles eran más tristes y estaban menos conservadas que antaño; el ambiente de ilimitada riqueza y poder había desaparecido. Al igual, advertí, que algunos clavos de oro de las puertas de la Ciudadela. Antenor, que se mostró encantado al verme, me confesó que gran cantidad del oro troyano había sido destinado a comprar los mercenarios a los hititas y a los asirios, pero que ninguno de ellos se había presentado ni habían devuelto el oro.

Durante todo aquel invierno, entre los años noveno y décimo del conflicto, recibimos mensajes de nuestros aliados costeros prometiendo cuanta ayuda pudieran reunir. En aquella ocasión nos sentimos inclinados a creer que vendrían los reyes de Caria, Lidia, Licia y los demás. La costa había sido arrasada de un extremo al otro, los colonos griegos la invadían y no quedaba nadie en las ciudades para intentar protegerlas. La última esperanza de Asia Menor consistía en unirse a Troya y luchar contra los griegos allí establecidos. La victoria les permitiría regresar a su patria y expulsar a los intrusos.

Recibimos noticias de todos, incluso de algunos de los que habíamos perdido toda esperanza. El rey Glauco se presentó y, también en nombre de su compañero en el trono, el rey Sarpedón, informó a Príamo de que actuarían como jefes de las fuerzas restantes: veinte mil efectivos reunidos de entre los en otro tiempo populosos estados desde Misia hasta la lejana Cilicia. Príamo lloró cuando Glauco le expuso la situación.

Pentesilea, reina de las amazonas, prometió diez mil guerreras de caballería; Memnón, pariente consanguíneo de Príamo sometido a la infuencia de Hattussili, rey de los hititas, acudía con cinco mil hititas de infantería y quinientos carros; ya contábamos con cuarenta mil soldados troyanos; si se presentaban todos cuantos lo habían prometido, en el verano superaríamos con creces a los griegos.

Los primeros en llegar fueron Sarpedón y Glauco. Su ejército estaba muy bien equipado, pero cuando paseé la mirada por sus filas me fue sencillo comprobar cuán gravemente había castigado Aquiles la costa. Sarpedón se había visto obligado a reclutar a jóvenes inexpertos y a hombres maduros que se resentían de sus años, a toscos campesinos y a pastorcillos de las montañas que nada sabían de la vida militar. Pero eran entusiastas, y Sarpedón no era ningún necio sabría moldearlos.

Héctor y yo comentamos la situación en su palacio ante unas copas de vino.

– Tus quince mil soldados de infantería, veinte mil efectivos costeros, cinco mil hititas, diez mil guerreras amazonas y cuarenta mil troyanos de infantería, más diez mil carros de guerra en conjunto… ¡Podemos conseguirlo, Eneas! -comentó Héctor.

– Son cien mil… ¿Cuántos griegos calculas que quedan para luchar? -pregunté.

– Eso sería difícil de calcular salvo por las informaciones recibidas de algunos esclavos que han huido del campamento en el transcurso de los años -repuso Héctor-. Uno en particular, que he llegado a apreciar, llamado Demetrio, egipcio de nacimiento. Por él y por otros me he enterado de que las tropas de Agamenón se han quedado reducidas a cincuenta mil efectivos. Y que tan sólo cuenta con mil carros de guerra. -¿Cincuenta mil? -repuse con el entrecejo fruncido-. Parece imposible.

– En realidad no es así. Cuando llegaron eran sólo ochenta mil. Demetrio me explicó que diez mil griegos han envejecido demasiado para empuñar las armas y que Agamenón nunca ha pedido que vengan más hombres de Grecia para incorporarse a sus filas, que en lugar de ello los ha enviado a la costa para colonizarla. Cinco mil soldados fallecieron por causa de una epidemia hace dos años; diez mil miembros del segundo ejército han muerto o están discapacitados, y cinco mil regresaron a Grecia por nostalgia hogareña. De ahí mis cálculos: cincuenta mil y ni uno más, Eneas.

– Entonces podríamos aniquilarlos -repuse. -Estoy de acuerdo -dijo Héctor, entusiasmado-. ¿Me apoyarás ante mi padre, en la asamblea, cuando le proponga salir con el ejército?

– ¡Pero aún no han llegado los hititas ni las amazonas! -¡No los necesitamos!

– Tendrías que ponderar su experiencia contra nuestra falta de ella, Héctor. Los griegos están curtidos en la lucha y nosotros no. Y sus tropas acatan fielmente a sus dirigentes.

– Aunque reconozco nuestra inexperiencia no puedo aceptar tu argumento acerca de sus dirigentes. Contamos con una considerable participación de famosos guerreros… Tú, por ejemplo. ¡Y por añadidura, Sarpedón, hijo de Zeus, cuyas tropas lo adoran! -Tosió cohibido-: Y aquí está Héctor.

– No es lo mismo -repuse-. ¿Qué piensan los dárdanos de Héctor o los troyanos de Eneas? ¿Y quién, aparte de los licios, conoce el nombre de Sarpedón, sea o no hijo de Zeus? ¡Recuerda los nombres griegos! Agamenón, Idomeneo, Néstor, Aquiles, Áyax, Teucro, Diomedes, Ulises, Meriones… y tantos y tantos otros. Incluso Macaón, su principal cirujano, lucha con brillantez. Todos los soldados griegos conocen esos nombres y probablemente podrían decirte los caprichos culinarios de cada uno o sus colores preferidos. No, Héctor, los griegos son una nación que lucha bajo las órdenes de Agamenón, un rey de reyes. Mientras que nosotros constituimos facciones que se debaten entre mezquinas rivalidades y envidias.

Héctor me miró largamente y suspiró.

– Tienes razón, desde luego. Pero una vez incorporados a la lucha, nuestro ejército políglota sólo pensará en expulsar a los griegos de Asia Menor. Lucharán para vencer, lo haremos por nuestras vidas.

Me eché a reír.

– ¡Eres un idealista incurable, Héctor! Cuando un hombre se encuentra con su lanza en tu garganta no se detiene a razonar si lucha por vencer, lo hace por salvar su existencia al igual que todos.

Héctor rellenó las copas de vino sin preocuparse en responder.

– ¿Así que quieres proponer atacar con el ejército? -le dije.

– Sí -respondió-. Hoy mismo. ¡Contemplo estas murallas y las veo como barreras, y mi hogar, como una prisión!

– A veces lo que más queremos es lo mismo que nos destruye -repliqué.

Esbozó una sonrisa carente de alegría.

– ¡Qué extraño eres, Eneas! ¿Acaso crees en algo? ¿Amas algo?

– Creo y me amo a mí mismo -repuse yo mismo.

Príamo vacilaba, el sentido común pugnaba contra su abrumador deseo de expulsar a los griegos. Pero al final escuchó a Antenor en lugar de a Héctor.

– ¡No lo hagas, señor! -le rogó el sacerdote-. Enfrentarnos prematuramente a los griegos representaría el fin de nuestras esperanzas. ¡Aguarda a que lleguen Memnón con los hititas y la reina de las amazonas! Si Agamenón no contara con Aquiles y los mirmidones sería diferente, pero no es así y los temo enormemente. Desde que nacen, los mirmidones sólo viven para la lucha, sus cuerpos están formados de bronce; su corazón, de piedra; y su espíritu es tan obstinado como las hormigas de las que reciben el nombre. Sin contar con las guerreras amazonas para enfrentarse a los mirmidones, harán pedazos tu vanguardia. ¡Aguarda, señor!