– ¿Chismes? -inquirió Aquiles frunciendo el entrecejo.
– Sí, chismes. A la gente le encantan.
– ¿Qué clase de chismes? -le pregunté.
– Que vosotros dos, Agamenón y Aquiles, no os apreciáis en absoluto.
Pensé que me quedaba demasiado tiempo sin aliento porque al fin tuve que respirar sonoramente.
– Que no nos apreciamos en absoluto -repetí con lentitud.
– Así es -dijo Ulises con suma autocomplacencia-. Como sabéis, los soldados rasos murmuran de sus superiores. Y entre ellos es de dominio común que de vez en cuando surgen diferencias entre vosotros dos. Últimamente he estado divulgando el rumor de que se ha intensificado mucho vuestro resentimiento mutuo.
Aquiles se levantó palidísimo.
– ¡No me agradan estos chismes, ítaco! -exclamó irritado.
– Lo imaginaba, Aquiles. Pero ¡siéntate, por favor! -Pareció pensativo-. Sucedió a fines de otoño, cuando en Adramiteo se repartieron el botín de Lirneso. -Con un suspiro prosiguió-: ¡Cuan triste es que los grandes hombres se enfrenten por una mujer!
Me aferré a los brazos del sillón para no levantarme y miré a Aquiles compartiendo su vergüenza. El joven tenía una expresión siniestra.
– Desde luego es inevitable que tal grado de encono alcance su punto culminante -prosiguió Ulises con despreocupación-. A nadie en absoluto le sorprendería que vosotros dos os peleaseis.
– ¿Por qué causa? -inquirí-. ¿Por qué? -¡Ten paciencia, Agamenón, ten paciencia! En primer lugar debo extenderme algo más sobre los sucesos ocurridos en Adramiteo. Como muestra de respeto del segundo ejército te fue ofrecido un obsequio singular: la joven Criseida, hija del gran sacerdote de Apolo esmínteo, cazador de ratas, en Lirneso. El hombre vistió armadura, empuñó una espada y halló la muerte en la lucha. Pero, ahora, Calcante augura presagios muy desfavorables si la muchacha no es devuelta a la custodia de los sacerdotes de Apolo en Troya. Al parecer, si Criseida no es devuelta, nos hallamos expuestos a la cólera del dios.
– Eso es cierto, Ulises -repuse con un encogimiento de hombros-. Sin embargo, como le dije a Calcante, no alcanzo a comprender que Apolo pueda perjudicarnos más… está completamente de parte de los troyanos. Criseida me gusta, por lo que no tengo intención de renunciar a ella. Ulises chasqueó la lengua.
– Sin embargo, he advertido que tal oposición irrita a Calcante, por lo que estoy seguro de que insistirá en exhortarte para que la envíes a Troya. Y para echarle una mano he creído conveniente provocar el comienzo de una epidemia en nuestro campamento. Dispongo de una hierba que hace enfermar gravemente a los hombres durante ocho días, después de los cuales se recuperan por completo. ¡Es algo impresionante! Una vez estalle la epidemia, Calcante se sentirá obligado a insistir en sus peticiones para que renuncies a Criseida, señor. Y, ante la intensidad de la ira del dios en forma de enfermedad, tú accederás, Agamenón.
– ¿Adonde va a parar todo esto? -exclamó Menelao, exasperado.
– No tardaréis en verlo, os lo prometo. Ulises centró su atención en mí.
– Sin embargo, señor, tú te comportarás de forma muy poco principesca al verte despojado del galardón que en justicia te corresponde. Eres rey de reyes y por consiguiente debes verte compensado. Puedes argumentar que puesto que el segundo ejército te obsequió con la muchacha, él es quien debe sustituirla. Ahora bien, otra muchacha que formaba parte del mismo botín fue asignada de modo muy arbitrario a Aquiles. Se llama Briseida y todos los reyes amén de doscientos altos oficiales tuvieron ocasión de advertir cuánto le hubiera agradado a nuestro rey de reyes tenerla para sí, en realidad, más que la propia Criseida. Las habladurías circulan, Agamenón, y en estos momentos todo el ejército sabe que hubieras preferido a Briseida. Sin embargo, también es ampliamente conocido que Aquiles ha llegado a experimentar un gran afecto por la muchacha y que se mostraría reacio a desprenderse de ella. Bien veis merodear por ahí al propio Patroclo con gran aflicción.
– Estás pisando terreno muy peligroso, Ulises -me anticipé al propio Aquiles.
Hizo caso omiso de mis palabras y reanudó sus explicaciones.
– Aquiles y tú vais a pelearos por una mujer, Agamenón. La experiencia siempre me ha demostrado que las disputas por las féminas son aceptadas por todos sin excepción. Al fin y al cabo debemos admitir que tales querellas son en extremo corrientes y que han causado la muerte de muchos hombres. Me permitiría suponer, querido Menelao, que podríamos incluir a Helena en el lote.
– ¡No te consiento tales suposiciones! -gruñó mi hermano.
Ulises parpadeó con fingida ingenuidad. ¡Oh, cuan malvado era! Una vez se lanzaba, nadie podía contenerlo.
– Yo mismo -prosiguió disfrutando plenamente- me comprometo a colocar una serie de presagios ante la digna nariz de nuestro digno sacerdote Calcante y yo mismo me encargaré de propagar la epidemia. ¡Te prometo que las características de la enfermedad confundirán a Podaliero y a Macaón! El terror se infiltrará en el campamento en cuanto comience la plaga. Cuando seas formalmente informado de su gravedad, Agamenón, acudirás al punto al sacerdote y le preguntarás qué dios se ha molestado y la razón. Eso le gustará. Pero aún le agradará más que le encargues un augurio público. Ante las filas de los principales oficiales te exigirá que envíes a Criseida a Troya. Tu posición, señor, será entonces insostenible y te verás obligado a ceder. Sin embargo, no creo que nadie te censure si te ofendes cuando Aquiles se ría de ti. ¡Durante un augurio público es algo intolerable!
En aquellos momentos nos habíamos quedado sin palabras. Pero dudo que Ulises se hubiera interrumpido aunque el propio Zeus hubiera lanzado un rayo a sus pies.
– Como es natural te pondrás furioso, Agamenón. Te volverás contra Aquiles y le exigirás que te entregue a Briseida. Entonces apelarás a los oficiales reunidos y les plantearás que te ha sido arrebatada tu presa y que, por consiguiente, Aquiles debe renunciar a la suya en tu favor. Aquiles se negará, pero su posición será tan insostenible como la tuya cuando Calcante te exigió que renunciaras a Criseida. Tendrá que entregarte a Briseida y lo hará en aquel mismo momento. Pero, una vez te la haya entregado, te recordará que ni su padre ni él habían formulado el juramento del Caballo Descuartizado y anunciará a todos los presentes que se retira del combate con sus mirmidones.
Ulises prorrumpió en sonoras carcajadas y agitó sus puños al cielo.
– En un refugio especial me consta que se halla cierto troyano furtivo. Ese mismo día toda Troya se enterará de la pelea.
Permanecíamos inmóviles en nuestros asientos como convertidos en piedra bajo la mirada de la Medusa. Yo sólo podía imaginar los tormentosos sentimientos que se habrían desencadenado en mis compañeros; en cuanto a los que a mí me embargaban, eran espantosos. Observé de reojo cómo se removía Aquiles y fijé en él mi atención, ansioso por ver cuál era su reacción. Ulises era capaz de desenterrar más esqueletos secretos de tumbas ignoradas que nadie y agitarlos de modo inimaginable, pero ¡por la Madre, cuan brillante era!
Aquiles no estaba irritado, lo que me sorprendió. En sus ojos tan sólo brillaba la admiración.
– ¿Qué clase de hombre eres para imaginar tales conflictos, Ulises? Es un proyecto perverso… y asombroso. Sin embargo, debes admitir que resulta poco halagador para Agamenón y para mí. Ambos tendremos que asumir el ridículo y el desprecio si actuamos como deseas. Y te aseguro que no renunciaré a Briseida aunque tenga que morir por ello.