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– ¡Desde luego! -dijo Ulises cordialmente-. ¡Cuando gustes!

– Dejad que Calcante entre en el secreto. Si lo sabe, vuestras dificultades se verán reducidas.

Ulises se golpeó la mano con el puño.

– ¡No, de ningún modo! ¡Ese hombre es troyano! No se debe depositar la confianza en un hombre nacido de una mujer enemiga en un país contrario cuando se lucha en su propia tierra y con probabilidades de vencer.

– Tienes razón, Ulises -dijo Aquiles.

No hice comentario alguno, pero me sorprendí. Durante años yo había defendido a Calcante, pero algo había cambiado en mi interior aquella mañana, algo que ignoraba por completo. El hombre había sido origen de cosas que habían causado mucho daño. Él fue quien me obligó a sacrificar a mi propia hija y, por consiguiente, el causante de la disensión con Aquiles. Si realmente no se debía confiar en él, sería evidente el día en que me peleara con Aquiles. Pese a su forzada inexpresión, denunciaría su placer interno en el rostro si realmente lo sentía. Después de tantos años había llegado a conocerlo.

– ¡Estamos embarcados en ello, Agamenón! -exclamó Menelao desde la puerta con voz quejumbrosa-. ¿Nos autorizas ya a salir?

CAPITULO VEINTIDOS

NARRADO POR AQUILES

Con el temor a enfrentarme a quienes amaba y tener que conservar mi secreto, regresé a la empalizada de los mirmidones con pasos vacilantes. Patroclo y Fénix estaban sentados ante una mesa al aire libre y jugaban a las tabas entre grandes risas.

– ¿Qué ha sucedido? ¿Ha sido importante? -se interesó Patroclo.

Y se levantó para pasarme el brazo por los hombros.

Se había aficionado a ello últimamente, desde que Briseida había entrado en mi vida, y era una lástima. Aquella reivindicación pública hacia mí no contribuiría a su causa y, por añadidura, me irritaba. Era como si intentara abrumarme con el peso de la culpabilidad… «Soy primo hermano tuyo y tu amante y no puedes dejarme por un nuevo juguete.»

Me liberé de su abrazo.

– No ha pasado nada. Agamenón deseaba saber si teníamos dificultades en controlar a nuestros hombres.

Fénix pareció sorprendido.

– Podía comprobarlo por sí mismo si se molestara en dar una vuelta por el campamento.

– Ya conoces a nuestro jefe supremo. No ha convocado consejo desde hace una luna y odia imaginar que se relaja el dominio que ejerce sobre nosotros.

– ¿Y por qué sólo a ti, Aquiles? Yo suelo servir el vino y cuido de que todos estén cómodos cuando se celebra un consejo -dijo Patroclo, al parecer herido.

– Ha sido un grupo muy reducido.

– ¿Estaba presente el sacerdote? -se interesó Fénix.

– Calcante no goza en estos momentos del favor imperial.

– ¿Es por causa de Criseida? Debía haber mantenido la boca cerrada sobre ese tema -dijo Patroclo.

– Tal vez cree que, si se muestra muy insistente, se saldrá por fin con la suya -dije con despreocupación.

Patroclo parpadeó sorprendido.

– ¿Lo crees sinceramente así? Yo no.

– ¿No sabéis hacer nada más importante que jugar a las tabas? -pregunté para mudar de conversación.

– Nada más agradable en un hermoso día en que no veremos salir a los troyanos -repuso Fénix.

Me miró sagazmente y añadió:

– Has estado ausente toda la mañana. Mucho tiempo para una reunión intrascendente.

– Ulises estaba en plena forma.

– Ven y siéntate -dijo Patroclo cogiéndome del brazo.

– Ahora no. ¿Está dentro Briseida?

Nunca había visto enfurecido a Patroclo, pero de pronto se le encendieron los ojos y se mordió los labios.

– ¿En qué otro lugar podría estar? -replicó al tiempo que me daba la espalda y se sentaba ante la mesa-. Juguemos -le dijo a Fénix, que puso los ojos en blanco.

La llamé por su nombre y entré en la casa. La muchacha acudió corriendo y se echó en mis brazos.

– ¿Me echabas de menos? -le dije con simpleza. -¡El tiempo se me ha hecho eterno! -Digamos como medio año -repuse con un suspiro. Pensaba en cuanto había sucedido en la sala tapiada del consejo.

– Aunque ya debes de haber bebido más que suficiente, ¿quieres otra copa?

La miré sorprendido.

– Ahora que caigo en ello, no hemos probado una gota.

En sus ojos azules desbordaba la risa.

– Al parecer ha sido muy absorbente.

– Aburrida, diría yo.

– ¡Pobrecito! ¿Os dio de comer Agamenón?

– No. Sé buena y tráeme algo.

Se afanó por complacerme, charlando como un pájaro enjaulado mientras yo la observaba sentado pensando en cuan encantadora era su sonrisa, cuán gracioso su aire y la gracilidad de su cuello de cisne. La guerra comporta una amenaza de muerte continua, pero ella parecía inconsciente a cualquier peligro inminente. Yo nunca le hablaba de la guerra.

– ¿Has visto a Patroclo fuera, tomando el sol?

– Sí.

– Pero me prefieres a él -dijo satisfecha demostrando que la rivalidad no existía sólo por una parte.

Me entregó pan recién horneado y un plato de aceite de oliva para mojarlo.

– ¡Ten, recién salido del horno!

– ¿Lo has hecho tú? -pregunté.

– Sabes perfectamente que no sé hacer pan, Aquiles.

– Cierto. No posees habilidades femeninas.

– Dímelo esta noche cuando corramos la cortina en nuestra puerta y me encuentres en tu lecho -repuso ella imperturbable.

– De acuerdo. Te reconozco una habilidad femenina.

En aquel momento se instaló en mis rodillas, cogió mi mano libre y la introdujo en la holgada túnica que vestía, sobre su seno izquierdo.

– Te amo muchísimo, Aquiles.

– Y yo a ti.

La cogí por los cabellos y alcé su rostro para verla de frente.

– ¿Me prometerás algo, Briseida?

– Lo que tú quieras -respondió sin reflejar en sus ojos preocupación alguna.

– ¿Y si te despidiera y te ordenara que fueses con otro hombre?

– Si tú me lo ordenaras, lo haría -repuso con labios temblorosos.

– ¿Qué pensarías de mí?

– No te tendría en peor estima que ahora. Contarías con suficientes razones o tal vez significaría que te habías cansado de mí.

– Nunca me cansaré de ti. Jamás, en lo que me reste de vida. Algunas cosas no pueden cambiar.

El color retornó violentamente a sus mejillas.

– Te creo. -Se echó a reír presa del entusiasmo-. Pídeme algo fácil, como que muera por ti.

– ¿Antes de acostarnos?

– Bueno, mejor mañana.

– Aún quiero que me hagas otra promesa, Briseida.

– ¿De qué se trata?

Retorcí entre los dedos un rizo de su espléndida cabellera.

– Que si llegara un momento en que parezco un insensato, un necio o un ser despiadado, seguirás creyendo en mí.

– Siempre creeré en ti. -Oprimió con más fuerza mi mano en su seno-. Tampoco yo soy una necia, Aquiles, y me consta que algo te preocupa.

– Si es así, no puedo decírtelo.

Con aquello, desechó el tema y no volvió a tratar de suscitarlo.

No comprendimos cómo se las ingenió Ulises para realizar las tareas que se había impuesto; sabíamos que había sido obra suya, pero no distinguimos rastro de ello. Fuera como fuese, en todo el ejército bullían las noticias de que el resentimiento existente entre Agamenón y yo alcanzaba su punto crítico, que Calcante demostraba una exasperante insistencia en la cuestión de Criseida y que Agamenón se estaba crispando.

Tres días después de celebrarse el consejo se olvidaron tan interesantes tópicos de conversación y el desastre nos fulminó. Al principio los oficiales trataron de echar tierra al asunto, pero en breve el número de hombres que enfermaban fue excesivo para poder ocultarlo. La temida palabra se transmitió de boca en boca: epidemia, epidemia, epidemia. En el intervalo de un día sucumbieron cuatro mil hombres, otros cuatro mil al siguiente día y parecía que aquello nunca iba a concluir. Visité a algunos mirmidones que se encontraban entre los afectados y el espectáculo que presencié me hizo rogar a Leto y a Artemisa que Ulises supiera lo que hacía. Los hombres, febriles y delirantes, estaban cubiertos con un sarpullido supurante y gemían sometidos a fuertes jaquecas. Hablé con Macaón y Podaliero y ambos me aseguraron que sin duda se trataba de una epidemia.