Al cabo de unos momentos me encontré con el propio Ulises, que sonreía radiante.
– Tendrás que reconocer que he creado una especie de hito capaz de engañar a los hijos de Asclepios, Aquiles -me dijo.
– Confío en que no te hayas excedido -repuse secamente.
– Tranquilízate, no habrá víctimas permanentes. Todos saldrán recuperados de sus lechos de enfermos.
Agité la cabeza exasperado ante su autocomplacencia.
– Supongo que en el momento en que Agamenón obedezca a Calcante y entregue a Criseida se producirá una magnífica y milagrosa recuperación por obra divina… Sólo que en esta ocasión se tratará de un dios no accidental.
– No lo digas demasiado fuerte -respondió.
Y se alejó para atender personalmente a los enfermos y granjearse así una inmerecida reputación por su valentía.
Cuando Agamenón recurrió a Calcante para que efectuase un augurio público, el ejército suspiró aliviado. A nadie le cabía la menor duda de que el sacerdote insistiría en que Agamenón debía devolver a Criseida y comenzó a despejarse el pesimismo ante la perspectiva de que concluyese la epidemia.
Un augurio público implicaba la asistencia personal de todos los oficiales, desde los veteranos del ejército hasta los que dirigían simples escuadrones. Todos ellos se reunieron en el espacio reservado para las asambleas, tal vez eran un millar los que se alineaban tras los reyes, frente al altar, la mayoría desde luego estaban emparentados con los soberanos; otros, muy próximos a ellos.
Sólo Agamenón se hallaba sentado. Cuando pasé por delante de su trono no hice intento alguno de inclinar la rodilla ante él y lo miré con ferocidad. Mi actitud no pasó inadvertida y todos reflejaron profunda preocupación. A modo de advertencia, Patroclo incluso llegó a tocarme el brazo con la mano, que yo aparté irritado. Acto seguido ocupé mi lugar y oí decir a Calcante que la epidemia no se mitigaría hasta que se le hiciera justicia a Apolo y se devolviera a la joven Criseida, a quien Agamenón debía enviar a Troya.
Ni él ni yo tuvimos que fingir demasiado, pues estábamos prendidos en la red tejida por Ulises y odiábamos aquella situación. Yo me reí y me mofé de él, que se desquitó ordenándome que le entregase a Briseida. Aparté a un lado al frenético Patroclo, abandoné el recinto de la asamblea y me dirigí a la empalizada de los mirmidones. Briseida guardó silencio ante la expresión de mi rostro, pero sus ojos se anegaron en llanto. Regresamos sin cruzar palabra y ante aquella multitud puse su mano en la de Agamenón. Néstor se ofreció a cuidar de ambas muchachas y a enviarlas a sus destinos. Mientras se alejaba con él, Briseida se volvió a mirarme por última vez.
Cuando le anuncié a Agamenón que mis tropas y yo nos retirábamos de su ejército me expresé con absoluta determinación. Ni Patroclo ni Fénix dudaron por un instante de mi sinceridad. Salí con pasos airados hacia la empalizada de los mirmidones seguido por ellos.
La casa estaba vacía sin Briseida, llena de sus resonancias. Eludí a Patroclo y me escabullí por el hogar todo el día, a solas con mi vergüenza y mi pesar. Mi primo vino a cenar conmigo, pero no mantuvimos conversación alguna pues se negaba a hablarme.
Al final fui yo quien le interpelé:
– ¿No puedes comprenderlo, primo?
– No, Aquiles, no puedo -me respondió con los ojos velados por las lágrimas-. Desde que esa muchacha ha entrado en tu vida te has convertido en un desconocido para mí. Hoy has hablado en nombre de todos nosotros sobre algo que no tenías derecho a decidir por tu cuenta. Has retirado nuestros servicios sin consultarnos. Sólo nuestro gran soberano podía decidir en ese sentido y Peleo jamás lo hubiera hecho. No eres un hijo digno de él.
¡Oh, cómo dolía aquello!
– ¿Me perdonarás aunque no lo comprendas?
– Sólo si te presentas a Agamenón y te retractas de lo que has dicho.
– ¿Retractarme? ¿Estás loco? -exclamé con dureza-. ¡Agamenón me insultó moralmente!
– ¡Un insulto que te ganaste de forma merecida, Aquiles! Si no te hubieras mofado de él y lo hubieras humillado, jamás te hubiera insultado. Sé honesto. Te comportas como si tuvieras el corazón destrozado al separarte de Briseida… ¿No se te ha ocurrido que tal vez Agamenón también sufre al separarse de Criseida?
– ¡Ese tirano testarudo no tiene corazón!
– ¿Por qué eres tan obstinado?
– No lo soy.
Dio una fuerte palmada.
– ¡Oh, no puedo creerlo! ¡Todo es por causa de su influencia! ¡Cómo ha debido influirte!
– Sé por qué imaginas tal cosa, pero no es así. Perdóname, Patroclo, por favor.
– No puedo perdonarte -dijo.
Y me dio la espalda. El ídolo Aquiles por fin se había caído de su pedestal. ¡Y cuánta razón tenía Ulises! Los hombres creían que los problemas los causaban las mujeres.
La noche siguiente Ulises se presentó en mi casa con gran sigilo. Celebré tanto ver un rostro amigo que lo saludé casi con entusiasmo.
– ¿Te autocondenas al ostracismo? -me preguntó.
– Sí. Incluso Patroclo se desentiende de mí.
– Bien. Eso podía esperarse, ¿no es cierto? ¡Pero cobra ánimos! Dentro de pocos días volverás a estar en el campo y justificado.
– Justificado. Una palabra interesante. Sin embargo, se me ha ocurrido algo que debía haber pensado en el consejo y no fue así. En tal caso nunca hubiera accedido a seguir tus proyectos.
– ¿Sí?
Parecía saber lo que iba a decirle.
– ¿Qué será de todos nosotros? Como es natural suponíamos que cuando el proyecto resultara, si ése es el caso, estaríamos en libertad de explicarlo. Ahora comprendo que nunca podremos hacerlo. Ni los oficiales ni los soldados nos perdonarían tal patraña. Un medio insensible para lograr un fin. Lo único que verán serán los rostros de los hombres que deberán morir para cumplirlo. ¿Acaso me equivoco?
Se frotó la nariz pesaroso.
– Me preguntaba cuál de vosotros sería el primero en comprenderlo. Había apostado por ti… He vuelto a ganar.
– ¿Acaso pierdes alguna vez? ¿Pero he llegado a una conclusión correcta o has elaborado alguna solución que nos deje a todos satisfechos?
– No existe tal solución, Aquiles. Por fin has comprendido lo que debería haberte resultado muy evidente en la cámara del consejo. Algo menos de apasionamiento en tu pecho y lo hubieras advertido entonces. Nunca se revelará la conjuración. Deberemos llevarnos a la tumba ese secreto, ligados todos nosotros por el juramento que Agamenón se vio obligado a sugerir… evitándome así la molestia y, por añadidura, algunas preguntas que me hubiera resultado difícil responder -repuso con gravedad.
Cerré los ojos.
– Así pues, hasta su tumba y más allá, Aquiles parecerá un fanfarrón egoísta, tan henchido de su propia importancia que permitió la muerte de incontables hombres para alimentar su orgullo herido.
– Sí.
– ¡Debería cortarte el gaznate, retorcido conspirador! ¡Has echado sobre mí una carga de vergüenza y deshonor que ensombrecerá siempre en mi nombre! En tiempos futuros, cuando los hombres hablen de Aquiles, dirán que lo sacrificó todo por su orgullo herido. ¡Confío en que vayas al Tártaro!
– Sin duda así será -respondió con despreocupación-. No eres el primero que me maldice, ni serás el último. Pero todos notaremos las repercusiones de ese consejo, Aquiles. Los hombres acaso nunca sepan lo que realmente sucedió, pero se sospechará que en algún lugar intervino la mano de Ulises. ¿Y qué me dices de Agamenón? Si tú parecerás la víctima de un orgullo aplastante, ¿qué imagen será la suya? Por lo menos tú fuiste engañado, pero él causó el enredo.