– No estoy de acuerdo -prosiguió-. Prefiero tener por enemigo a un troyano que a un griego.
– Es una lucha franca y abierta. Vamos a ganarla.
– Tal vez. ¿Pero no te has detenido a preguntarte por qué Agamenón iba a provocar tanto alboroto por una mujer cuando las tiene a cientos?
– Lo importante es que lo ha hecho. La razón es indiferente.
– Creo que la razón es el todo. Nunca subestimes a un griego astuto. Y, sobre todo, no menosprecies a Ulises.
– ¡Bah! Es fruto de la imaginación.
– Eso quiere que pienses. Pero yo lo conozco mejor.
Dio media vuelta y entró en palacio. No se veía ni rastro de París. Bien. Habría estado observando, pero sin participar.
Setenta y cinco mil soldados de infantería y diez mil carros me aguardaban hilera tras hilera por las calles laterales y las plazuelas que se dirigían a la puerta Escea. En la misma plaza esperaba el primer destacamento de caballería, mis propios carros. Al verme aparecer me recibieron con estruendosos gritos y yo alcé mi clava para saludarlos. Monté en mi carro y me tomé el tiempo necesario para introducir cuidadosamente los pies en los estribos de mimbre que protegían de los bandazos que se producirían durante el trayecto, en especial cuando marchásemos al galope. Al hacerlo así paseé la mirada sobre aquellos miles de cascos con penachos de plumas moradas; el resplandor del bronce tenía matices rosados y sangrientos bajo el gran sol dorado y la puerta se levantaba majestuosa ante mí.
Restallaron los látigos. Los bueyes uncidos a la enorme roca que sostenía la puerta Escea bramaron angustiados mientras inclinaban sus testuces esforzándose en su tarea. La zanja había sido engrasada y aceitada, las bestias inclinaron sus cabezas hasta casi tocar el suelo. La puerta se abrió con gran lentitud crujiendo estridente mientras se deslizaba la piedra, vacilando a lo largo del fondo de la zanja. La misma puerta pareció empequeñecerse y la extensión de cielo y llanura que se distinguía entre las almenas se acrecentó. Luego el sonido producido por la apertura de la puerta Escea por vez primera desde hacía diez años se vio sofocado por los gritos de alegría que surgían de las gargantas de miles de troyanos.
Cuando las tropas iniciaban su avance hacia la plaza, las ruedas de mi carro comenzaron a rodar. Crucé la puerta y me encontré en la llanura seguido de mis carros. El viento azotó mi rostro, los pájaros volaban en la pálida bóveda del cielo, mis caballos erguían las orejas y extendían sus esbeltas patas al galope mientras mi auriga, Quebriones, enrollaba las riendas en su cintura y comenzaba a practicar los tirones y sacudidas con que solía dominar a los corceles. ¡Entrábamos en combate! ¡Aquélla era la auténtica libertad!
A media legua de la puerta Escea me detuve y di media vuelta para dirigir mis tropas. Formé una primera línea recta de carros al frente; la guardia real de diez mil infantes troyanos y un millar de carros de guerra constituían el centro de mi vanguardia. Todo se hacía con limpieza y rapidez, sin pánico ni confusión.
Cuando todo estuvo en orden me volví a contemplar el extraño muro que se levantaba al otro lado de la llanura desde un río a otro, y que nos separaba de la playa donde se encontraban los griegos. En los pasos elevados de cada extremo del muro destellaban millares de puntos de fuego mientras los invasores salían a borbotones a la llanura. Entregué mi lanza a Quebriones y me ajusté el casco en la cabeza echando hacia atrás el penacho de crines escarlata. Mi mirada se cruzó con la de Deífobo, que se encontraba a mi lado en la línea, y uno a uno designé sus funciones hasta donde alcanzaba el frente, de una legua de extensión. Mi primo Eneas se hallaba al frente del flanco izquierdo; el rey Sarpedón, a la diestra. Yo dirigía la vanguardia.
Los griegos se aproximaban por momentos, el sol destacaba cada vez más el brillo de sus armaduras; agucé la vista para distinguir quién se detendría ante mí, preguntándome si sería el mismo Agamenón, Áyax u otro de sus campeones. Mi corazón latía sin entusiasmo porque no se trataría de Aquiles. Entonces contemplé de nuevo nuestra línea y me sobresalté. ¡París se encontraba allí! Lucía su magnífico arco y aljaba al frente del destacamento de la guardia real que le había sido asignada en algún instante que se remontaba a las nieblas del tiempo. Me pregunté de qué artimañas se habría valido Helena para incitarlo a abandonar la seguridad de sus aposentos.
CAPITULO VEINTICUATRO
Elevé una breve oración al Acumulador de Nubes. Aunque yo había combatido en más campañas que nadie, nunca me había enfrentado a un ejército como el troyano. Ni Grecia había formado jamás un ejército como el de Agamenón. Alcé los ojos a las altas y confusas cumbres del distante Ida y me pregunté si todos los dioses habrían abandonado el Olimpo para sentarse en ella y observar la batalla. Sin duda era algo muy digno de su interés: la guerra a una escala jamás imaginada por simples mortales… ni por los dioses, que sólo luchaban íntimas batallitas entre sus limitadas filas. Tampoco (aunque se hubieran reunido en el monte Ida para observarnos) serían aliados de nadie; era bien sabido que Apolo, Afrodita, Artemisa y su cuadrilla se inclinaban vivamente hacia Troya, mientras que Zeus, Poseidón, Hera y Palas Atenea simpatizaban más con Grecia. Nadie podía imaginar hacia quién tendería Ares, dios de la guerra, porque, aunque habían sido los griegos quienes habían difundido extensamente su culto, su amante secreta Afrodita estaba a favor de Troya. Como era lógico, su esposo Hefesto se inclinaba hacia los griegos. Muy oportuno para nosotros puesto que, entre sus actividades, se cuidaba de fundir los metales y así nuestros artificieros contaban con algún guía divino.
Si aquel día había alguien dichoso, ése era yo. Sólo una cosa empañaba mi placer: la presencia del muchacho que me acompañaba en mi carro, inquieto e irritado porque ansiaba disponer de su propio vehículo, más guerrero que auriga. Miré de reojo a mi hijo Antíloco. Era una criatura, el menor y más querido, fruto de mis años crepusculares. Cuando salí de Pilos él tendría doce años. Yo había respondido con firmes negativas a todos los mensajeros que me había enviado con el ruego de que le permitiera venir a Troya. Pero, a pesar de todo, el muy bribón había viajado de polizón en una expedición que me remitieron y se había presentado. A su llegada no había acudido a mí sino a Aquiles, y entre ambos consiguieron convencerme para que le permitiera quedarse. Era su primera batalla, pero yo hubiera preferido con todo mi corazón que aún se encontrara en la lejana y arenosa Pilos recopilando listas de tenderos.
Nos alineábamos frente a los troyanos, extendiéndonos en una legua de terreno. Advertí sin sorpresa que Ulises no se equivocaba. Nos superaban en mucho, incluso aunque hubiéramos contado con toda Tesalia. Escudriñé sus filas tratando de localizar a los hombres que los dirigían y en seguida distinguí a Héctor en el centro de su vanguardia. Mis tropas de Pilos formaban parte de nuestra primera línea, junto con las de los dos Áyax y dieciocho reyes menores. Agamenón, que nos capitaneaba, se enfrentaba a Héctor. Nuestro flanco izquierdo se hallaba bajo el mando de Idomeneo y Menelao; el diestro, a las órdenes de Ulises y Diomedes, aquellos inadecuados amantes. Uno tan ardiente, el otro tan frío. ¿Formarían juntos la perfección?
Héctor conducía un magnífico tronco de caballos negros como el azabache y se erguía en su carro igual que el propio Ares enyalio, matador de héroes. Tan corpulento y erguido como Aquiles. Sin embargo, no advertí barbas canosas entre los troyanos; Príamo y sus congéneres se habían quedado en palacio. Yo era el más anciano de todos los combatientes.
Resonaron los tambores, cuernos y platillos prorrumpieron estruendosos proclamando el desafío y la batalla comenzó en el centenar de pasos que aún nos separaban. Volaron las lanzas como hojas entre el espantoso soplo del viento, las flechas descendieron en picado por los aires como águilas, los carros rodaron y se dispararon arriba y abajo, y la infantería cargó y fue rechazada. Agamenón nos dirigía con un vigor y disposición que no imaginaba en él. En realidad, hasta entonces la mayoría de nosotros no habíamos tenido la oportunidad de ver cómo se comportaban los demás en combate. Gritábamos, pues, entusiasmados al comprender que Agamenón era muy competente y aquella mañana se desenvolvía a la perfección contra Héctor, el cual no hizo intento alguno de comprometer en duelo a nuestro gran soberano.