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Héctor vociferaba y denostaba, impelía sus carros contra nosotros una y otra vez, pero no lograba romper nuestra primera línea. Yo dirigí algunas salidas durante la mañana, en las que Antícolo profería el grito de guerra pilio mientras yo reservaba mis alientos para la lucha. Muchos tróyanos cayeron bajo las ruedas de mi carro porque mi hijo era un excelente auriga que me resguardaba del peligro y sabía cuándo retroceder. Nadie tendría la ocasión de decir que el hijo de Néstor había puesto en peligro a su anciano padre sólo para entrar él mismo en combate.

Se me resecó la garganta y mi armadura se cubrió rápidamente de polvo. Le hice señas a mi hijo y nos retiramos a la retaguardia para tomar unos tragos de agua y recobrar el aliento. Cuando levanté la mirada para contemplar el sol me sorprendió comprobar que se aproximaba a su cénit. Regresamos a primera línea al punto y en un arrebato de osadía conduje a mis hombres entre las filas troyanas. Hicimos un trabajo rápido mientras Héctor no nos observaba y luego di la señal de retirada y regresamos a salvo a nuestras líneas sin haber arriesgado a un solo hombre cuando las pérdidas del enemigo superaban la docena. Suspirando satisfecho y animado le sonreí en silencio a Antíloco. Ambos deseábamos la armadura de un jefe, pero ninguno se nos había enfrentado.

A mediodía Agamenón envió un heraldo a la zona neutral para hacer sonar el cuerno de la tregua. Ambos ejércitos depusieron sus armas gruñendo. El hambre, la sed, el miedo y el cansancio se hacían realidad por vez primera desde que la batalla había comenzado poco después de la salida del sol. Al ver que todos los jefes se reunían con Agamenón, le ordené a Antíloco que me condujera también junto a él. Ulises y Diomedes se unieron a mí cuando virábamos bruscamente junto al gran soberano. Todos los demás se encontraban ya allí y los esclavos iban y venían apresuradamente sirviendo vino aguado, pan y pasteles.

– ¿Qué haremos ahora, señor? -pregunté.

– Los hombres necesitan descansar. Es el primer día de | lucha intensiva desde hace muchas lunas, por lo que le he enviado un heraldo a Héctor para pedirle a él y a sus jefes que nos reunamos en el centro y conferenciemos.

– Excelente -dijo Ulises-. Con suerte podemos desperdiciar una buena cantidad de tiempo mientras los hombres recogen su pan y comen.

– Como la treta funciona también a la inversa, Héctor no rechazará mi oferta -repuso Agamenón, sonriente.

Los no combatientes despejaron de cadáveres el centro de la franja que separaba los dos ejércitos, instalaron mesas y taburetes y los jefes de ambos bandos salieron a parlamentar. Yo fui con Áyax, Ulises, Diomedes, Menelao, Idomeneo y Agamenón; aguardábamos aquel primer encuentro entre el gran soberano y el heredero de Troya con gran interés y mucha curiosidad. Sí, Héctor era un soberano en potencia. Muy moreno, los negros cabellos le asomaban bajo el casco y le caían por la espalda trenzados, y sus ojos, también negros, nos miraban con profunda astucia.

Nos presentó a sus compañeros como Eneas de Dardania; Sarpedón de Licia; Acamante, hijo de Antenor; Polidamante, hijo de Agenor; Pándaro, capitán de la guardia real; y a sus hermanos París y Deífobo.

Menelao gruñó torvamente y le lanzó una mirada asesina a París, pero ambos temían demasiado a sus imperiales hermanos para crear problemas. Pensé que los troyanos constituían un magnífico grupo, todos ellos guerreros salvo París, que quedaba fuera de lugar, lindo, muy afectado y melindroso. Mientras Agamenón nos presentaba a su vez observé atentamente a Héctor para advertir su reacción al asociar los nombres con los rostros. Cuando se trató de Ulises examinó con atención a nuestro cerebro mostrando cierta perplejidad. Pero su dilema no me resultó en absoluto divertido, pues me sentía consumido por la piedad. Quienes desconocían a Ulises, el zorro de ítaca, solían despreciarlo a primera vista por su cuerpo de extrañas proporciones y su figura desaliñada y casi innoble que podía reducir cuando lo consideraba político. ¡Fíjate en sus ojos, Héctor, míralo a los ojos!, me pareció transmitirle en silencio. ¡Si le miras a los ojos conocerás cómo es realmente y lo temerás! Pero, por su naturaleza, Áyax, que se hallaba junto a Ulises en nuestra hilera, le parecio mucho más interesante y llamativo. Y así se perdió el significado de Ulises.

Héctor advirtió con asombro los poderosos músculos de nuestro segundo gran guerrero. Pensamos que por primera vez en su vida se encontraba ante un ser semejante.

– Hacía diez años que no hablábamos, hijo de Príamo -dijo Agamenón-. Fue una gran ocasión aquélla.

– ¿De qué deseas hablarme?

– De Helena.

– Este tema está zanjado.

– ¡Ni mucho menos! No me negarás que Paris, hijo de Príamo y hermano tuyo, raptó a la mujer de mi hermano Menelao, rey de Lacedemonia, y la trajo consigo a Troya como afrenta a toda la nación griega.

– ¡Lo niego!

– Ella quiso venir -intervino Paris.

– Como es natural, no reconocerás que utilizaste la fuerza.

– Como es natural, puesto que no tuvimos necesidad de ello -repuso Héctor, que resoplaba como un toro-. ¿Qué propones con este lenguaje tan formal, gran soberano?

– Que devuelvas a Helena y todos sus bienes a su legítimo esposo, que para compensarnos por el tiempo y dificultades sufridas vuelvas a abrir el Helesponto a los mercaderes griegos y que no te opongas a la colonización de nuestros compatriotas en Asia Menor.

– Me es imposible aceptar tus condiciones.

– ¿Por qué? Lo único que pedimos es el derecho a mantener una apacible coexistencia. Yo no lucharía si pudiera lograr mis fines por la vía pacífica, Héctor.

– Acceder a tus peticiones arruinaría a Troya, Agamenón.

– La guerra arruinará a Troya más rápidamente. No defiendes una situación ventajosa, Héctor. Durante diez años hemos disfrutado nosotros de los beneficios de Troya… y de Asia Menor.

Las conversaciones prosiguieron. Palabras inútiles se lanzaron de aquí para allá mientras los soldados se tumbaban en la hierba pisoteada y cerraban los ojos ante el resplandor del sol.

– Bien, entonces espero que estés de acuerdo con esto, príncipe Héctor -dijo Agamenón un rato después-. Entre nosotros hay dos partes afectadas en el inicio de todo esto, Menelao y Paris. Que ambos se enfrenten en duelo en el espacio libre entre nuestros dos ejércitos y el ganador dictará las condiciones de un acuerdo de paz.

Si Paris no se veía un duelista brillante, Menelao aún lo parecía menos. Héctor decidió al instante que Paris sería fácil vencedor.

– De acuerdo -dijo-. Mi hermano Paris se batirá en duelo con tu hermano Menelao y el vencedor fijará las condiciones de un tratado.

Miré a Ulises, que se sentaba a mi lado.

– Por la reputación futura de Agamenón confiemos en que sea un troyano quien tenga que quebrantar el duelo, Néstor -me susurró.

Nos retiramos a nuestras líneas y dejamos cien pasos de terreno despejado a los dos rivales. Menelao comprobó su escudo y su lanza y Paris se pavoneó pagado de sí mismo. Mientras se rodeaban el uno al otro con lentitud, Menelao asestaba estocadas que Paris esquivaba. Alguien que se encontraba detrás de mí profirió un burlón comentario que arrancó un grito de miles de gargantas troyanas, pero Paris ignoró el insulto y siguió esquivando a su adversario ágilmente. Yo nunca le había atribuido a Menelao grandes méritos en ningún sentido, pero era evidente que Agamenón sabía lo que se hacía al proponer el enfrentamiento. Había considerado fácil ganador a Paris, pero me había equivocado. Aunque Menelao nunca tendría el arrojo y el instinto característicos de un líder, había aprendido el arte de batirse en duelo tan concienzudamente como lo hacía con todo. Carecía de energía, no de valor, lo que significó una excelente ventaja en un combate cuerpo a cuerpo. Al arrojar su lanza le arrancó el escudo a Paris y éste, cuando vio que debía enfrentarse a una espada desnuda, decidió echarse a correr en lugar de desenvainar la propia y puso pies en polvorosa seguido de cerca por Menelao.