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Héctor se precipitaba contra nosotros; pedí ayuda frenéticamente mientras su carro avanzaba amenazador entre el gentío. La fortuna me acompañó. Diomedes y Ulises habían conseguido de algún modo introducirse en el centro de nuestra vanguardia y sus hombres estaban junto a los míos. Diomedes no intentó enfrentarse al propio Héctor sino que, en lugar de ello, se centró en su auriga, que no era el acostumbrado y por consiguiente no tan experto. Le arrojó su lanza y lo dejó clavado en su puesto. El cadáver siguió tirando de las riendas hasta que los caballos corcovearon al sentir el bocado. Con la ayuda de Ulises nos pusimos a salvo mientras Héctor vomitaba maldiciones y liberaba a los animales con un cuchillo.

Traté de reunirme con mi sector de la línea pero fue inútil. El ambiente estaba impregnado de terror y se difundían rumores de malos presagios. Ninguno de nosotros podía engañarse por más tiempo: estábamos en franca retirada. Al comprenderlo, Héctor lanzó contra nosotros el resto de sus líneas de reserva con una exclamación de triunfo.

Ulises salvó la jornada. Saltó en un carro libre -¿dónde estaría el suyo?- y obligó a los boecios a volver para enfrentarse al enemigo cuando ya huían precipitadamente. A continuación les hizo ceder terreno tranquilamente y en perfecto orden. Agamenón siguió al punto su ejemplo. Lo que había amenazado con convertirse en un desastre se realizó con pérdidas mínimas y sin el riesgo de sufrir una derrota aplastante.

Diomedes arremetió de pleno con sus argivos en la avanzadilla troyana y yo lo seguí con Idomeneo, Eurípilo, Áyax y todos sus hombres.

Habíamos colocado nuestros flancos en la vanguardia; el ejército se había convertido en una formación perfectamente recogida, rematada por un apéndice reducido que se enfrentaba a Héctor y la masa de nuestros hombres nos seguía en franco retroceso.

Teucro se mantenía en un rincón, tras el escudo de su hermano, y sus flechas volaban continuamente y alcanzaban siempre su objetivo. Héctor merodeaba por allí. Teucro lo vio y preparó otra flecha sonriente. Pero Héctor era demasiado astuto para caer víctima de un proyectil que sin duda esperaba de las proximidades de Áyax. Una tras otra recogió las flechas en su escudo, lo que irritó a Teucro y le hizo cometer un error y apartarse del escudo de su hermano, algo que Héctor estaba aguardando. Hacía tiempo que se había quedado sin lanzas, pero encontró una piedra que lanzó con el mismo impulso que una arma. El proyectil alcanzó a Teucro en el hombro derecho y lo derribó como un toro destinado al sacrificio. Áyax siguió luchando, demasiado absorto para advertirlo. ¡Ah, dioses! Mi exclamación de alivio halló eco en múltiples gargantas cuando Teucro asomó su cabeza entre la carnicería del suelo y comenzó a reptar entre los cadáveres y heridos para remontarse junto a Áyax. Pero en aquel momento constituía un exceso de equipaje que su hermano tenía que arrastrar y los troyanos cargaron contra ellos.

Dirigí desesperadamente la mirada hacia atrás para ver cuán lejos nos encontrábamos de nuestro propio muro y me quedé boquiabierto: nuestras líneas de retaguardia ya cruzaban atropelladamente los pasos elevados.

Entre Ulises y Agamenón mantenían el orden de nuestro ejército. La retirada concluyó sin grandes pérdidas de vidas y huimos tras nuestras murallas para refugiarnos en nuestra ciudad de piedra. Había oscurecido demasiado para que Héctor nos siguiera. Los dejamos en la orilla más alejada de nuestra zanja empalizada abucheándonos e increpándonos tras nuestros talones.

CAPITULO VEINTICINCO

NARRADO POR ULISES

Aquella noche, en casa de Agamenón se celebró una reunión poco animada; nos sentamos e iniciamos la agotadora tarea de recuperar nuestras fuerzas con el fin de resistir la próxima jornada. Me dolía la cabeza, tenía la garganta irritada de proferir gritos bélicos y los costados despellejados en los puntos donde la coraza me había rozado pese al acolchado artificio que llevaba debajo. Todos mostrábamos heridas menores: rasguños, pinchazos, cortes y arañazos, y nos moríamos de sueño.

– Ha sido un duro revés -comentó Agamenón interrumpiendo el silencio-. ¡Muy duro, Ulises!

– ¡Como él había previsto! -intervino Diomedes en mi defensa.

Néstor movió la cabeza afirmativamente. ¡Pobre viejo! Por vez primera representaba su edad y no era para sorprenderse. Había perdido dos hijos en el campo de batalla.

– No desesperes aún, Agamenón -dijo con voz estridente-. Llegará nuestra hora y será más dulce por todos los reveses que hoy sufrimos.

– ¡Lo sé, lo sé! -exclamó Agamenón.

– Alguien tendría que informar a Aquiles -dijo Néstor con voz apenas audible sólo para aquellos que estábamos al corriente de la situación-. Está con nosotros, pero si no lo mantenemos al corriente acaso actúe de modo prematuro.

Agamenón me miró malévolo.

– Ha sido idea tuya, Ulises. Ve tú a verlo.

Marché con pasos cansinos. Enviarme hasta el extremo de la hilera de casas era el modo que tenía Agamenón de vengarse de mí. Sin embargo, a medida que avanzaba, en paz y sin ser molestado por nadie, advertí que volvía a recuperar las fuerzas. Me sentía más descansado por aquel pequeño esfuerzo adicional que tras disfrutar de una noche de sueño. Puesto que cualquiera que me viese supondría que, tras los reveses de la jornada, Agamenón me enviaba a suplicarle a Aquiles, crucé abiertamente la entrada de los mirmidones y me encontré con ellos y con otros tesalios sentados con aire lastimero, pues se sentían impotentes y ávidos de combatir.

Aquiles estaba en su casa y se calentaba las manos ante un trípode de fuego. Se veía tan agotado y nervioso como cualquiera de los que llevábamos dos días de lucha. Patroclo se hallaba frente a él con expresión glacial. Supongo que en realidad no me sorprendió, teniendo en cuenta la existencia de Briseida. La relación entre Diomedes y yo era tan amistosa como sensual, una especie de conveniencia que a ambos nos resultaba sumamente agradable. Pero si a cualquiera de nosotros le apetecía una mujer, no había problemas. No representaba ningún desastre ni creaba sentimientos de traición. Patroclo amaba y se había creído a salvo, permanentemente libre de rivales. Mientras que Aquiles, como todos los hombres a quienes apasionan cosas diferentes a la carne, no se había comprometido por completo. Patroclo era exclusivamente un hombre que amaba a los hombres y se creía cruelmente engañado. ¡Pobre individuo, él sí que amaba!

– ¿Qué te trae aquí? -inquirió Aquiles con acritud-. ¡Sírvele vino y comida al rey, Patroclo!

Con un suspiro de agradecimiento me senté en un sillón y aguardé a que Patroclo partiera.

– Parece que las cosas han ido muy mal -dijo entonces Aquiles.

– Como se esperaba, no debes olvidarlo -le respondí-. Héctor ha sido inexorable con sus troyanos, pero Agamenón no ha podido obrar de igual modo con nuestros hombres. La retirada comenzó casi en el mismo momento que las quejas: los auspicios nos eran adversos, el cielo estaba cubierto de águilas que volaban desde la izquierda, una luz de oro bañaba la ciudadela troyana, etcétera. Los comentarios sobre presagios son siempre fatales. De modo que retrocedimos hasta que Agamenón tuvo que meternos en las fortificaciones para pasar la noche.